Carmen Grau, lectora, viajera, escritora y mamá independiente.

sábado, 5 de agosto de 2017

«La pasión de mi padre» -- Mini relato





La pasión de mi padre


A pesar del título en singular, mi padre tenía dos pasiones: la literatura y la pesca. De pequeños, en verano, nos encantaba salir con él al alba para ir a pescar en la barca.
—El mar está lleno de historias —nos decía, y nos entregaba a cada uno nuestra caña de pescar.
Era mal pescador, pues casi nunca llevábamos botín a casa, para gran exasperación de mi madre. En las ocasiones en que un pez —y no una historia— picaba el anzuelo de mi hermano o el mío, nos lo hacía liberar con sumo cuidado, envuelto en un trapo para que no se resbalara, y devolverlo al mar.
Él no usaba su caña, hecho que mi madre desconocía y de ahí que lo llamara mal pescador. Estaba demasiado ocupado hablándonos de las historias que íbamos a pescar. Siempre me pregunté cómo se las sabía tan bien, con tanto detalle, sin estar leyéndolas en el momento que nos las contaba. Claro que entonces yo no sabía que alguien las había escrito antes.
Él nos hizo creer que venían del mar, tesorero de las historias que dejaban a su paso otros pescadores y marineros. Señalaba las olas y exclamaba: ¡Ahí viene una historia! Esta la contó Ismael, un ballenero que, teniendo poco o ningún dinero en el bolsillo...
Y así, con solo cuatro o cinco años, escuchamos las historias que años más tarde descubrí pertenecientes a la literatura universal: El viejo y el mar, Moby Dick, La Odisea, Lord Jim, Cuentos de Terramar... 



«45 segundos» -- Relato en mil palabras



45 segundos



Llevo cinco minutos en la tabla, con las piernas colgando dentro del agua y las manos chapoteando, aburrido. Siento el frío congelarme las manos y los pies desnudos. Los dientes me castañean, tengo la cara pálida y los labios morados. En menos de una hora todo mi cuerpo se teñirá de diferentes tonos pálidos y morados. En menos de una hora estaré muerto.
Mientras espero la próxima ola todavía no sé que este día otoñal es el de mi muerte. Si lo supiera, ahora mismo nadaría hacia la orilla. Pero si alguien o algo un ángel, una voz, un presentimiento me avisara de lo que va a pasar, no escucharía y seguiría donde estoy. No puedo escapar a mi destino: ya está escrito.
A lo lejos distingo los perfiles de otros surfistas escudriñando el horizonte. Si viene una buena ola manotearán el agua como locos para alcanzar la cresta, y el frío que se les cala en el cuerpo se evaporará. Desde aquí aparecen apretados, como si se tocaran unos a otros. Yo necesito espacio, así que estoy solo, alejado. Supongo que por desmarcarme, destaco, y por eso seré el elegido. Seré la foca solitaria que saciará su hambre.
Lo curioso es que esta foca no debería estar hoy en el lugar equivocado a la hora equivocada. Mi presencia aquí se decidió de improviso anoche. Entre cervezas, empezamos a soltar salvajadas incoherentes hasta que alguien propuso por fin algo razonable. El pronóstico del tiempo pintaba bien. Eso puso punto final a la noche. Saldríamos a las cuatro de la mañana para llegar antes del amanecer.
Llamé a Michelle para anular nuestro plan. Estaba celebrando una despedida de soltera con sus amigas. Pareció contenta al oír mi voz, pero no quise alargarme para no distraerla demasiado ni darle oportunidad a un reproche. Lo siento, cariño dije y noté al instante el efecto positivo que causó esa palabra esporádica, tendremos que dejarlo para el próximo fin de semana. Mañana las olas estarán que ni pintadas.
A mis veintinueve años esta es la relación más larga que he tenido: tres meses; para mí, una eternidad. Aun así, mis prioridades no han cambiado. Ella actúa con cautela y acepta que el mar es mi primer amor. No es celosa de él, por eso creo que me quiere. Con esa certeza, tengo libertad de seguir siendo quien soy. Si le molestó el cambio de planes, fue demasiado lista para demostrarlo. Diviértete, te veré la semana que viene esas fueron sus últimas palabras para mí. Vale, nos vemos dije yo. Y resulta que no volveremos a vernos nunca más.
Si lo hubiera sabido le habría dicho que la quiero, incluso sin estar seguro. Cuando uno se va a morir, ¿qué más da la verdad? Mejor que ella creyera que fue de la única mujer que estuve enamorado. Además, habría sido algo bonito para contar a la familia y amigos. Sin embargo, como nunca le he dicho nada parecido antes, se habría extrañado y le habría dado vueltas al porqué dije lo que dije. ¿Es que intuía que iba a morirme?
No, en absoluto.
Así que debería estar con Michelle. O no, porque... ¿no decido todo en el momento, sin planear nada?
Ahora ya no importa: estoy aquí, me guste o no me guste. Ellos también están aquí, acechando bajo la superficie a poca profundidad. Pelearemos durante cuarenta y cinco segundos. Ellos ganarán: son dos contra uno. Yo perderé. Estos son los hechos. No hay nada que nadie pueda hacer, es ya demasiado tarde.
El primer mordisco, en la tabla, me hace tambalear y caer al agua. Mi mente se inunda de mil pensamientos. Primero viene la sorpresa ¿qué puede ser?, ¡una ola no! y entonces, la inmensa, casi incontenible conmoción. La mandíbula se aferra a la tabla y detrás aparece la cabeza. Con el crujido, ensordecedor, la tabla salta por los aires. Ahora solo pienso en una cosa: nadar lo más lejos posible. Pero no puedo: viene a por mí.
Antes del primer empujón logro gritar con todas mis fuerzas. Me agarro a una aleta y golpeo la cabeza una, dos, tres veces. Nunca he pegado con tanta violencia y noto las uñas rasgándome las palmas de las manos y los nudillos cortándome la piel. Sigo voceando y pegando fuerte, pero se me escapa de las manos. Oigo voces que vienen de la playa. ¡Venga, nada, nada, tú puedes! Y entonces veo al otro, rodeándome en círculos.
Un centenar de cuchillos me perforan el abdomen y un regusto amargo de cerveza y pizza me sube a la garganta. La espuma se tiñe del rojo de mi sangre. Los chicos de la playa siguen gritando, animándome. Uno de ellos vendrá a rescatar mi cuerpo ya sin vida, arriesgando la suya propia al meterse en este baño de sangre.
Pienso en los titulares de los periódicos. Si vivo para contar la historia me convertiré en una celebridad. La idea me mantiene fuerte, pero ya no puedo moverme. El segundo bocado me perfora la arteria femoral.
De repente tengo sueño y me vienen a la cabeza los recuerdos más extraños. Me veo con mi madre regañándome a los tres años por comerme unos gusanos de seda, pescando con mi padre, engullendo la tarta de limón y merengue de mi abuela, haciendo surf por primera vez, poniéndome ciego en mi fiesta de cumpleaños, buceando y cazando langostas, surfeando en las playas de todo el mundo, pernoctando en comisaría por violencia callejera, haciendo el amor a Michelle... Retazos de mi vida se repiten ante mis ojos.
No siento miedo, incluso ahora. Ni pesar o tristeza. No me arrepiento de nada. Solo siento el dolor que me va a hacer perder la conciencia. Y de repente, felicidad y gratitud por la vida que he tenido y por morir haciendo lo que más me gusta.
Solo deseo tumbarme aquí en el mar y contemplar el cielo desde mi lecho eterno.


***


En memoria de Brad Smith (1974-2004)


sábado, 1 de julio de 2017

«Vocación de padre», un relato

Vocación de padre


Llamé a la puerta, pero entré sin esperar a que viniera a abrirla. Después de más de veinte años de amistad, había confianza.
—¿Qué haces? —pregunté más que nada para anunciar mi llegada.
Él estaba frente al ordenador, como tantas otras veces. Se giró en la silla y dijo:
—Estoy mirando las fichas de las donantes, para escoger una. Ven a ver.
Me acerqué cauteloso, pero su respuesta ya me había echado atrás un par de pasos. No es que no supiera de sus planes; aun así, la rapidez con la que los ponía en marcha no dejaba de sorprenderme.
Se trataba de algo que yo mismo me había planteado desde siempre, desde que en mi más tierna juventud supiera que no tendría hijos de la manera tradicional y que por esa misma razón no sería fácil tenerlos. Hacia los treinta años, cuando tuve dinero, lo pensé en serio, lo hablé con los amigos y hasta con los compañeros de trabajo. Todos me apoyaron y animaron, aunque yo hablaba de adoptar y seguí hablando sin hacer nada durante varios años más. Entonces me trasladaron a Madrid y conocí a Gustavo, nos enamoramos a toda prisa, y antes de casarnos hace diez años salió el fantasma de los niños, esa conversación que tienen todas las parejas dando por sentado que los futuros seres serán el producto del cincuenta por ciento de cada uno, aportando lo mejor pero quizá también lo peor de cada uno. Nos lo quitamos de la cabeza cuando nos acostumbramos a la comodidad de estar tan bien juntos, de tenernos solo el uno al otro. Ahora sí lo haría, pero la vida me pilla pobre y viejo.
Rafa movía el ratón arriba y abajo.
—Estoy entre estas dos. Tienen un historial médico impecable, sin enfermedades; se alimentan bien, no fuman ni beben o consumen drogas y no tienen antecedentes de problemas mentales o emocionales.
—Y las dos son rubias y con los ojos azules —puntualicé sin salir de mi asombro.
—He escogido a las más guapas, claro. También tengo localizada a la gestante.
Volví a pensar en lo del cincuenta por ciento. En esos momentos me pareció frívolo que mi amigo estuviera eligiendo la mitad de lo que sería su futuro hijo en la pantalla de su ordenador. Y además de comprarlo, iba a alquilar un vientre por más de ochenta mil euros. ¿Pero no es esto el siglo XVI? El futuro ya es el presente.

***

Perseverante como es, escogió a su donante y a otra gestante, viajó a Estados Unidos, proporcionó sus semillas, y nueve óvulos fueron fertilizados: cinco XX y cinco XY. La gestante llevó durante algunos meses a un niño y una niña, el único óvulo fertilizado con gemelos, pero la niña no sobrevivió.
Ahora Rafa es el padre soltero de un niño de casi un año y me cuenta con orgullo que va a por la niña, su hermana, de la misma madre y la misma gestante, y que dentro de ocho meses volverá a viajar a Estados Unidos para recogerla.


«Un poema de amor» -- Relato

Entra un mensaje de Pablo, pero no es solo para mí. Estoy en un grupo con un montonazo de gente. Nos pide colaboración para un proyecto. Va a proponerle matrimonio a Sergio. Ha escogido un poema de Neruda sobre el amor. Nuestra labor: grabarnos con el móvil leyendo el poema entero. Es larguito. Luego él ya lo editará y al final le hará la propuesta.
Pienso dos cosas. Primera: ¿para qué casarse? Y segunda: qué buena idea.
—No todo el mundo es tan reacio al matrimonio como tú —me dice el amor de mi vida actual.
Vaya, así que no estaba solo pensando; la voz me ha traicionado.
—El matrimonio es la prostitución de la mujer. Me cuesta aceptar que dos hombres se metan en él de manera voluntaria.
—También las mujeres se meten de manera voluntaria. —Ríe.
—Mejor lo dejamos. —Eso le digo cuando intuyo que se mofa de mí.

***

Voy a poner mi granito de azúcar, por supuesto. Somos amigos desde mucho antes del fin del siglo pasado y siento un cariño profundo por los dos. A Pablo lo conocí primero. Durante un largo tiempo tuvo novia, y era divina. Así la llamábamos: la Divina. Solo hablaba perfecciones de ella. Nunca la vimos y un día nos contó que se acabó. Entonces apareció Sergio, un amigo. La amistad se alargó durante al menos cuatro años, hasta que el padre de Pablo murió. Y de repente: que somos más que amigos, es que mi padre no lo habría entendido, eso lo habría matado, mejor esperar a que se muriera de otra cosa. Lo miramos atónitas. ¿Y la Divina? Era guapísima, nos dijo, y tan perfecta, tan divina… Nos alegramos por la liberación evidente que sentía, pero con el orgullo un poco herido nos quejamos: a tu padre vale, pero a nosotras ¿por qué nos has tenido tan engañadas? Su respuesta: si nadie conocía nuestro secreto, sentía que traicionaba menos a mis padres, aunque nos costaba creer que nunca nadie nos preguntara o sospechara nada.
Y ahora se casan. Porque Sergio le dirá que sí, ¿no? Le pregunto a Pablo cuando será la pedida de mano y me contesta que eso de la pedida es retrógrado, arcaico, patriarcal. Bueno, pues entonces ¿qué le vas a pedir?, ¿el pie? Que no es una pedida, es una propuesta.

***

Cumplo con mi palabra de buena amiga y a los pocos días me llega el resultado. Estoy en el cuarto de baño pasándome el hilo dental. Ya es tarde pero todavía no he apagado el móvil. El vídeo es de dos minutos y algunos segundos, menos de los que empleé yo en leer el poema después de tres intentos al final de los cuales conseguí no tropezarme en alguna palabra desconocida; sin duda, chilena.
No consigo demorar el momento de verlo. En la cama estaría más cómoda. Sin embargo, me veo, de reojo, reflejada en el espejo del cuarto de baño, de pie, con el aparato en la mano, la boca abierta y el hilo colgándome de un diente.
Yo aparezco hacia el final. Poco agraciada, pero por suerte solo pronuncio una frase: «Tú me responderás hasta el último grito» y enseguida me releva el siguiente participante o grupo de ellos. Admiro la capacidad matemática y técnica de Pablo: en tan poco tiempo ha repartido frases para todo ese montonazo de gente; en más de una ocasión ha demostrado que valieron la pena todos los años que invirtió —o dejó pasar— en el proyecto de final de carrera. Además, hay otro vídeo, de los dos sentados en un banco de un parque, Sergio mirando el primer vídeo y Pablo, al final, arrodillándose ante él —pero bueno, ¿y eso no es retrógrado, patriarcal, etc.?— antes del gran abrazo.
El montonazo de gente son hombres, mujeres, niños; jóvenes, medianos y muy mayores; algunos fuera: en la montaña, la playa, el jardín; otros en casa: en el salón o sentados en una cama hecha; algunos en solitario; otros en pareja o en familia, donde todos participan.
Se me nubla la vista. No son solo lágrimas de emoción las que me saltan sin permiso sino de orgullo por toda esa gente, y hasta por mí. Me apresuro a expresar lo que siento con innumerables emojis de corazones y caras redondas amarillas emitiendo más corazones simuladores de besos internáuticos.
El amor de mi vida actual entra en el cuarto de baño. Llega tarde a nuestro ritual de limpieza bucal conjunta. Se detiene un momento muy cerca de mí y al instante sé que ha visto mi profusión desmesurada de corazones. No es que sea celoso, es que me saca tres palmos. Aun así, seguro que se pregunta a quién más que a él le dedico tanto amor. Le enseño el vídeo y cuando termina digo:
—No sabía que era posible tener tantos amigos.
Él ríe, como siempre.
—¿Podrías hacer algo tú así por mí?
—Creía que no querías casarte.
—Pero eso no quita que tú puedas pedírmelo.
Alza las cejas, a punto de reír de nuevo. Estiro del hilo dental colgante y añado:
—Aunque te diga que no.
            Ahora sí, da rienda suelta a la carcajada contenida.


jueves, 15 de junio de 2017

«Se la llevó el viento», un relato

En el pueblo fúnebre al que llegaron por los años cincuenta, no soplaba la tramontana como en el Ampurdanés de mi infancia. Aun así, cuando la furia fría que hace enloquecer a los que hablan de ella tiñe el cielo de ese azul tan intenso, son los recuerdos de ese pueblo de Tarragona los primeros que evoca mi mente. Allí conocimos al Teo y la Hortensia.

No éramos tan pequeños el día que él se puso a gritar que nos echáramos al suelo. Estábamos ya tumbados en L’Estany, donde tomábamos el sol y saltábamos al mar desde las rocas, y pensé: qué irónico. A pesar de su advertencia, nos incorporamos. Lo miré sorprendida, incapaz de asimilar su alarma; nunca lo había visto tan agitado. Seguí con la mirada su brazo extendido. «¡Que viene un tornado!», gritó de nuevo. En efecto, en lo alto de la colina un torbellino de hojas se precipitaba hacia abajo ganando fuerza y tamaño a medida que descendía. Recogimos las toallas y corrimos a toda prisa hacia la casa. El pelo me azotaba la cara.

Al día siguiente nos acercamos a su casa, esa tan fea, aunque blanca. Ella leía frente a la ventana abierta, sobre unos cojines en posición de loto, como dirían ahora, fumando su purito de siempre como si nada. Antes habría desayunado lo habitual: pa i cosa; es decir, tostadas con sobrasada y queso de Mahón. Nos saludó también como siempre: «Hola, Carasguapas», y volvió la vista al libro. Él, para variar, no estaba con sus barcas y redes. Para entonces pasaba menos tiempo en esos enseres y ya empezábamos a pensar que estaba perdiendo la chaveta. El pelo totalmente blanco y abundantísimo lo había tenido así desde que los conociéramos años atrás, cuando éramos tan catetos y no respondíamos a sus intentos de abrirnos la mente. Pero ahora estaba todo él arrugado, con la piel curtida después de tantos años expuesta al sol. Había sido guapísimo, tan alto y dotado de esos genes de dandi inglés que todavía circulan por Menorca. Era parco en palabras, pero esa mañana nos contó que la Hortensia, por su menudencia —no medía ni metro y medio—, era la víctima perfecta del viento y que desde una vez que la levantara dos metros, él no se fiaba: sabía que un día se la arrebataría. Ella rio a carcajadas y desmintió la historia. Él salió del comedor, despotricando por lo bajo, ahora sí, hacia el cobijo de sus redes.

El pueblo había sido fúnebre porque pintaban las casas y las barcas de negro. Ellos habían recorrido toda la costa catalana en busca de un lugar que se pareciera a la cala donde habían vivido en la isla. Si por ella fuera, se habrían quedado en Barcelona, donde podía satisfacer su afición por las cartas y las apuestas. Durante años, o quizá toda la vida desde que llegaron, se iba al frontón cada día, un lugar que solo frecuentaban hombres. A él lo tuvo siempre engañado, aduciendo que iba a visitar a su hermana. Era un secreto a voces, aunque ella hablaba libremente de cuánto había ganado o perdido, hasta que aparecía él y nos chistaba: «Silencio, que viene el Teo». Habían llegado a un acuerdo conveniente para los dos: entre semana vivían en la ciudad y los fines de semana, empezando en jueves, se trasladaban al pueblo. Era el que más se asemejaba a lo que habían dejado atrás, por la pesca, excepto en lo del color negro. Él pintaba sus barcas de blanco, y eran de fibra de vidrio, no de madera. La primera vez que encargó una e insistió en que fuera blanca, se topó con la incomprensión y resistencia de los que hacen las cosas por tradición, sin cuestionarse el porqué. «¿Pero no sabéis que el negro atrae y absorbe el calor?», les increpaba indignado. Esto nos lo contó ella, concluyendo: «El Teo, mucho criticar al caudillo, pero es muy absoluto», que quería decir mandón. La cuestión es que gracias a él empezaron a pintarse las barcas de blanco y pronto las casas, y el pueblo dejó de ser fúnebre.

Eso fue anterior a nosotros, pero no mucho antes, pues éramos aún muy jóvenes cuando íbamos a su casa a hacer la sobremesa, jugar a cartas y aprender de ellos. Nos encantaba, aunque yo me escandalizaba. El día que murió el papa Pío XII ella quiso abrir una botella de champán para celebrarlo. Yo estaba horrorizada; en mi casa me habían inculcado que la muerte de alguien era siempre motivo de tristeza y más aún si se trataba de un religioso: mi madre era muy devota. Ellos, en cambio, eran ateos convencidos y consecuentes. Nos hablaban de los tiempos de la República. Nosotros no habíamos votado nunca ni habíamos visto a nuestros padres hacerlo, pero vivíamos muy bien, no nos faltaba de nada. Ellos nos decían que España estaba anclada en el atraso, a años luz de Alemania, que se había recuperado del nazismo y de la guerra gracias a la democracia. Contestábamos con los ojos abiertos de incredulidad que qué va, que ahora con Franco había paz, no nos faltaba de nada, íbamos al colegio, teníamos nevera y pagábamos el Seiscientos a plazos. «Estáis equivocados», nos decían, pero no mencionaban su nombre, solo «el cabrón ese». En mi casa hablábamos catalán, pero mis padres eran de derechas. No se mencionaba la guerra, aunque yo recordaba el tiempo de las raciones. No sabíamos nada, éramos unos catetos.

Ahora que lo pienso, después de más de sesenta años, siento vergüenza de la joven ignorante que fui. Un día nos enteramos, tarde, de que ella había muerto y no hubo funeral ni misa ni hostias, como habría dicho ella misma. Cuando se acabó, se acabó y no hay más. Fuimos a verlo a él y volví a pensar que se le había ido la chaveta cuando dijo: «Se la llevó el viento».