Carmen Grau, lectora, viajera, escritora y mamá independiente.

viernes, 15 de agosto de 2014

«El profesor homosexual», un relato

El señor Equis era ayudante de profesor de lengua en una escuela católica de un pueblo de unos tres mil habitantes. Equis no es su nombre verdadero, aunque después de todo lo ocurrido él se ve así, como una equis. Para proteger su identidad, en el periódico local también lo llamaron así: Sr. X. Hay que dar gracias al hecho de vivir en la segunda década del siglo XXI y que los medios de comunicación tengan la delicadeza de no exponer tu nombre y tu vergüenza al escrutinio público. En otro siglo sí lo habrían hecho, y lo habrían señalado por la calle, lo habrían insultado y quizás hasta le habrían tirado piedras. Hoy en día la gente es más educada y comprensiva. Hablan, cotillean, tergiversan, menean la cabeza y murmuran: «No te puedes fiar de nadie, ¡el señor Equis!, ¡quién lo habría dicho!». Pero si lo ven por la calle, solo lo evitan, miran hacia otro lado, agarran más fuerte la mano de su hija y aprietan el paso.
El señor Equis tampoco se ve como un señor. Tiene treinta años, todavía es joven y nunca se ha casado. Habría preferido que sus alumnos usaran su nombre de pila para dirigirse a él, como hacía todo el mundo fuera de los muros del colegio. Pero la escuela tiene ciertas normas y todo el mundo debe respetarlas. Una de ellas es que a los profesores se les llame señor o señorita. Algunas normas están escritas, pero la mayoría son verbales. A los alumnos se las inculcan enseguida: levantar la mano para pedir turno de hablar o permiso para ir al baño, guardar silencio mientras un adulto habla, escuchar… y cientos de más que cumplen y a veces rompen, porque son tantas que es difícil recordarlas además de todo lo que hay que estudiar. En esta escuela lo llaman «conducta social»; antes lo llamaban «urbanidad».
Una de las normas no escritas en el código de la buena conducta social de la escuela es que «los alumnos no deben profesar efusivas muestras de afecto hacia sus compañeros». De acuerdo con esto, se les llama la atención a los que se abrazan o se cogen de la mano. Si se sorprende a alguno dando un beso a otro, el castigo es tan severo como si se tratara de una patada o un golpe. Sobre todo si los implicados son ambos varones. Lo siguiente más grave es que la combinación sea niño-niña. Pero si son dos niñas, la mayoría de profesores decide hacer la vista gorda aun a riesgo de que su negligencia llegue a oídos del director.
No por ser una escuela católica es retrógrada. En realidad es bastante moderna y adaptada a los tiempos. El hecho de que sea católica es solo circunstancial. Las normas de buena conducta social son más severas en muchos otros colegios laicos de los pueblos vecinos. De hecho, algunos padres se han quejado de que no se les inculcan valores católicos a los alumnos, que la religión se enseña muy pasada por agua.

Antes de presentarse para el puesto vacante de ayudante de profesor, el señor Equis investigó el código moral de la escuela. Era consciente de que su orientación sexual podía ser un obstáculo y sabía de muchos como él que, incluso en este siglo, escondían su homosexualidad por miedo a la discriminación. Él, en cambio, decidió no hacerlo. En un pueblo las noticias de sus habitantes siguen corriendo más rápido que en la gran ciudad, y si él no se presentaba de entrada tal como era, el director lo descubriría más pronto que tarde en boca de otros.
La entrevista fue bien. El señor Equis colaboraría en las clases de la señorita Igriega (es necesario llamarla así para no dar pistas sobre el lugar y el colegio del que estamos hablando).
La señorita Igriega también era relativamente joven —unos cuarenta años— y dedicada a su trabajo, pero con clases de más de treinta niños por aula no daba abasto. Ella fue la primera en solicitar esa ayuda, por el bien de los alumnos, sobre todo en los cursos de sexto y séptimo, en los que ya se exigía que redactaran bien, leyeran libros a diario, conocieran las reglas de la sintaxis y la gramática y supieran, por ejemplo, que es una aliteración. Así que ella también estuvo presente en el proceso de selección.
El director se llevó una buena impresión del señor Equis. Después de treinta años de experiencia en la docencia, reconocía enseguida a los maestros con verdadera vocación por la enseñanza. A los cinco minutos decidió que ese joven de pelo corto, bien vestido y ojos inteligentes sería el elegido. A la señorita Igriega también le gustó y se lo comunicó al director con un leve movimiento de cabeza y una sonrisa. El director resolvió contratarlo al instante. Solo entonces el señor Equis puso su última carta sobre la mesa.
—Mi sentido de la integridad me obliga a comunicarles que soy homosexual. Espero que eso no sea un problema.
El director y la señorita Igriega lo miraron en silencio. Ella levantó las cejas en señal de sorpresa, no por la confesión en sí sino por el hecho de que al señor Equis le pareciera necesario hacerla. Ella no tenía ningún problema, pero no estaba en su mano decidir. Permaneció cruzada de brazos y esperó la reacción del director, al que sí le había paralizado la confesión en sí.
—No veo por qué tiene que ser un problema —dijo por fin—. Mientras nuestros empleados cumplan debidamente con su trabajo, la orientación sexual de cada uno es un asunto privado.
—Me alegra mucho oír eso, señor director —contestó el señor Equis con una amplia sonrisa.
—Bien, pues no hay más que hablar. Empezará la semana que viene. Como curiosidad, ¿tiene usted pareja, señor Equis?
—No, soy soltero.
—Está bien —murmuró el director aliviado y anticipando ya los problemas que habría tenido con cierta pareja de padres si vieran al señor Equis acompañado de otro señor.

El señor Equis trabajó en ese colegio durante ocho meses, casi todo el curso escolar. Su aportación fue valiosísima. En las reuniones de padres varios de ellos expresaron su aprobación por él. Era un profesor sumamente atento y paciente, además de muy observador. Había trabajado con varios de los alumnos más atrasados en todos los cursos, a veces sentándose junto a ellos, explicándoles uno a uno un concepto difícil, sin jamás perder la calma o la sonrisa.
A pesar de eso, un día el director lo convocó a su oficina para comunicarle su despido inminente. No solo eso, sino que el señor Equis se marcharía del colegio sin una carta de recomendación ni la posibilidad de volver a trabajar jamás en la enseñanza, que era, por si no se ha dicho ya, su vocación, su verdadera pasión.
—Ha habido quejas sobre usted —le informó el director—. Lo siento mucho, pero la escuela no se puede permitir este tipo de habladurías.
—¿De qué se me acusa? —preguntó el señor Equis sin salir de su asombro.
—Algunos padres se han quejado de trato indebido con sus hijas.


Al día siguiente el señor Equis ya no apareció por la escuela ni lo hizo nunca más. Tampoco por ninguna otra. Se rumorea que jamás conseguirá otro trabajo en la enseñanza ni logrará borrar esa mancha en su currículum. Quién sabe, es difícil predecirlo; después de todo, vivimos en la segunda década del siglo XXI y la gente es más abierta y comprensiva que en siglos pasados. Además, él aún es joven; quizás algún día se reponga de la depresión en la que ha caído desde que perdió su trabajo. Él dice que la humillación no le permite salir de casa. Su psicólogo le ha recomendado que se marche del pueblo, que se vaya lejos un tiempo y confíe en la desmemoria colectiva. De momento no se va. Él nació en el pueblo y adora ese lugar, a pesar de que el rumor se ha extendido y distorsionado: dicen que lo echaron por abuso sexual a niñas.
A niñas. No a niños. ¡Pero si el señor Equis es homosexual!
¿O no lo es? Eso fue lo que pensó el director. Que el muy depravado había usado esa tapadera para llevar a cabo sus viles actos. Pero no lo consiguió: lo detuvieron a tiempo. Gracias a la buena comunicación que tanto los padres como los tutores de hoy en día infunden a los niños y niñas, estos hablan y cuentan abiertamente lo que pasa en la escuela. Los de esta en particular cuentan que tanto la señorita Igriega como el señor Equis son buenos profesores porque ayudan a sus alumnos con apoyo emocional, no solo en palabras sino también con el contacto físico. La señorita Igriega todavía conserva su trabajo y no lo perderá ni nadie le llamará la atención por colocar su mano en el hombro de un niño o una niña que se está esforzando por escribir algo bien.
Ese fue el delito del señor Equis: emular a la señorita Igriega. Ya hemos dicho que es un profesor muy observador y una de sus observaciones fue que los alumnos agradecían esas muestras físicas de ánimo y que gracias a ellas rendían más y prestaban más atención. Pero el señor Equis cometió un fallo: solo lo hacía por las niñas, pequeño detalle que a los pequeños no se les escapa, y en casa todo lo cuentan, hasta los detalles.
Tenía una buena razón para discriminar entre niños y niñas: es homosexual y no lo esconde. En el pueblo ya todo el mundo lo sabe, también los padres de los alumnos de la escuela. Durante los ocho meses que trabajó en ella, nadie se quejó, pero él no es un iluso: sabía que tocar tan siquiera el brazo de un niño (un varón) o revolverle el pelo cariñosamente podría terminar con su carrera.
No hay más. Eso fue todo. El señor Equis creyó que su homosexualidad le otorgaba en parte un derecho reservado solo al personal femenino de la escuela pero se equivocó: no por ser homosexual es menos hombre y por tanto, la sociedad sospecha de él y le hace pagar por los delitos cometidos por otros hombres.

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