Carmen Grau, lectora, viajera, escritora y mamá independiente.

jueves, 13 de junio de 2013

Los médicos no lo saben todo

En Australia, si eres una mujer sana que jamás ha tenido ninguna complicación ginecológica, debes hacerte un pap cada dos años. Recuerdo que en España era anual. Vete a saber por qué esta diferencia. No será por una cuestión de salud, eso seguro.
Yo tuve a mis dos hijos muy seguidos. Durante sus primeros años las circunstancias de la vida me hicieron criarlos completamente sola, sin ningún tipo de ayuda. Cuando quise darme cuenta, habían pasado cuatro años sin que me hiciera la citología. Además, se había muerto Michael Jackson y habían pasado un montón de cosas más de las que no me enteré. Por fin un día conseguí que alguien me vigilara a los pequeños durante una hora y fui a ver a la ginecóloga.
Estaba un poco nerviosa ante la posibilidad de que me pegara la bronca —raro es el médico que resista la tentación de caer en el paternalismo— por haber tardado tanto tiempo en visitarla, pero es que en general, no soy aficionada a las visitas médicas. Aunque razones de agradecimiento hacia ellos no me faltan, por ejemplo, a raíz de la confusión, el miedo y la poca profesionalidad con que llevaron mi primer parto, el segundo decidí que sería totalmente natural, sin epidural ni drogas de ningún tipo, con la única ayuda de una comadrona.
No me metió la bronca. Lo que me metió fue un terror y ansiedad que me duró ¡dos días! (para mí eso es mucho). Repasando mi historial médico, comentó lo que llama la atención de todos los médicos: los casos de cáncer que hay en ambos lados de mi árbol genealógico. ¿Pero hoy en día en qué familia no los hay?
—Perteneces a un grupo de alto riesgo —me dijo sin ningún miramiento—. Todo apunta a que podría ser genético. Podrías hacerte una prueba para determinar si tienes el gen defectuoso, pero antes tendría que hacérsela tu madre. Si el resultado fuera positivo, te enviaría a un psicólogo. Las posibilidades de que no desarrolles el cáncer de mama u ovarios en caso de ser genético son casi nulas. Algunas mujeres optan por hacerse una mastectomía doble e histerectomía cuando aún están sanas…
—Un momento, un momento —la interrumpí—. ¿Me estás diciendo que yo no puedo hacer nada para prevenir el cáncer de mama u ovarios? ¿Comer bien, hacer ejercicio, ser positiva y optimista, cosechar buenas relaciones, trabajar en algo que de veras me apasiona, vivir en el campo, dar de mamar durante casi SIETE AÑOS…? ¿Todo lo que llevo haciendo durante años no va a servir para nada?
—Si es genético, no. No hay nada que tú puedas hacer.
Estaba claro que esta doctora no creía en la Epigenética.
Pero es que yo sí, y esa fue una de las razones por las que antes de tener hijos, investigué sobre la lactancia materna y descubrí que dar el pecho durante seis años reduce en dos terceras partes las posibilidades de desarrollar el cáncer de mama (y muchas otras enfermedades). ¡Qué mejor medida preventiva! No solo es gratis sino que además, los bebés estaban contentos y me ahorré miles de dólares en las medicinas infantiles y biberones que nunca compré.

Cuando salí de la consulta me flaqueaban las piernas. Me senté en el coche un rato sin encenderlo. Estaba tan aturdida que no podría haberme concentrado en la conducción del vehículo. Una hora antes había sido una mujer sana y joven —lo único halagüeño que me dijo la doctora fue que era demasiado joven para hacerme la prueba y tendríamos que esperar un par de años— y ahora me sentía como si me hubieran leído mi sentencia de muerte.
Al llegar a casa llamé a mi madre. Ella se había recuperado de un cáncer, o al menos eso creíamos entonces. Le hablé del gen maldito y le pedí que lo consultara con su oncóloga. Lo hizo, pero esa no le dio la importancia que le dio mi doctora, para no decir ninguna. A eso estábamos acostumbradas: mientras viví en Singapur, otro doctor me dijo que debería vacunarme contra el virus del papiloma humano; mi madre lo consultó con sus médicos de Barcelona y estos le dijeron que eso era una tontería, el virus está altamente extendido en la población y si ya has tenido relaciones sexuales seguro que lo has contraído en algún momento y luego tu sistema inmunológico se ha deshecho de él.
Al final, como en todo, hay más opiniones e intereses ocultos y gente dando palos de ciego en busca de la verdad, que la certeza absoluta. Pero aparte de eso, el cáncer es un negocio que mueve millones, y es muy rentable. Por supuesto que hay gente investigando continuamente y tratando de encontrar curas y causas. Pero también hay muchos productos cancerígenos que la sociedad materialista en la que vivimos nos empuja a consumir desmesuradamente. Uno de ellos es el azúcar, que se encuentra en casi todos los productos alimenticios procesados, y es puro veneno; no solo conduce a la obesidad, enfermedades cardiovasculares, hipertensión, y problemas dentales entre otros, sino también a muchos tipos de cáncer. Es tan malo como el alcohol o el tabaco. Y luego está la industria farmacéutica, otra de las causantes principales de que el cáncer se haya convertido en la plaga del siglo XXI.

Yo pertenezco a una generación en la que nos enseñaron que el dolor se quita rápidamente con una pastilla. Cuando era pequeña eran las aspirinas infantiles de color rosa las que nos daban al menor síntoma de malestar. Mis hermanos y yo nos las tomábamos con mucho gusto, claro, tenían un sabor muy apetecible para el paladar de los más pequeños. Su color rosa, además, era muy atractivo y es el preferido de todos los niños y niñas porque tiene efectos calmantes. Incluso a veces hacíamos cuento, sin malicia, hasta nosotros mismos nos llegábamos a creer que estábamos pachuchos, «pero una aspirinita rosa me hará sentir mejor, mami».
Muchos años más tarde, cuando mi querida sobrina Mar tendría unos seis o siete años (ahora tiene diez y medio), la vi representar con mi madre esa escena que yo había protagonizado tantas veces de niña.
—No me encuentro muy bien, Yaya. Me duele la cabeza y la garganta. Creo que me estoy poniendo mala, necesito un poco de Dalsy.
Cuando se quedaba a dormir en casa de sus abuelos y sobre todo siendo muy pequeña, siempre llevaba en la bolsa el socorrido Dalsy, que yo conocía gracias a mis amigas españolas también con hijos pequeños. Se ve que ahora es lo que está de moda. Pero ese día no se había traído la bolsa y mi madre le dijo:
—Pero yo no tengo Dalsy… A ver —le tocó la frente—, no tienes fiebre.
Mar insistió en que no estaba bien y se alarmó: si no había Dalsy en la casa, ¿cómo iba a curarse? Pero enseguida se animó.
—No pasa nada. Puedo tomar el Dalsy de Dave y Alex.
Se quedó boquiabierta cuando le dije que Dave y Alex no han tomado nunca Dalsy ni nada parecido, que de hecho habíamos venido desde Australia sin botiquín.

Mis hijos tienen ahora cinco y siete años y no han tomado nunca paracetamol o ibuprofeno, ni ningún otro derivado. Dave tuvo anginas cuando tenía un año y vivíamos en Malasia. En un momento de flaqueza hice caso a un médico, que le recetó antibióticos que no necesitaba y le provocaron una reacción alérgica a varios compuestos del fármaco. Todavía no sé si Alex es también alérgico a la penicilina y sus derivados, como lo es su padre, porque Alex no ha tomado nunca nada. Los dos han vomitado o tenido fiebre alguna vez, pero en vez de correr a tapar los síntomas, yo he preferido siempre dar una oportunidad a su cuerpo para defenderse y fortalecer así su sistema inmunológico. Como los dos tomaron el pecho durante años, siempre he tenido la confianza de saber que sus defensas son fuertes. Solo una vez estuve tentada de recurrir a las medicinas cuando Dave alcanzó durante un par de horas los 40º de fiebre. A ellos mismos les explico que esa temperatura es la reacción de su cuerpo para combatir a las bacterias que les han provocado una infeccción. El calor las matará, pero si eliminamos ese calor con medicinas, les estamos quitando a nuestros hijos la oportunidad de crecer sanos y fuertes. Como siempre lo he hecho así, en las contadas ocasiones en que se han sentido indispuestos (la más reciente hace solo tres semanas, en Indonesia), ellos se tumban, duermen, y a las pocas horas se levantan como si nada.
Yo también tengo el sistema inmunológico fuerte. Odio ponerme enferma, así que llevo años sin hacerlo. Me alimento bien, no consumo fármacos y limito al mínimo el contacto con productos químicos cotidianos como los detergentes, champús, perfumes y cosméticos varios. Hace unos años me hice un análisis de sangre para averiguar a qué alimentos era intolerante. Los principales fueron la leche y la harina de trigo. Dejé de tomarlos y desde entonces no he vuelto a sufrir un catarro o nada parecido. Las únicas visitas que hago a los profesionales de la salud son la periódica a la ginecóloga, y al dentista. No tengo ni he tenido jamás grandes problemas dentales, pero a los niños siempre los he llevado a ver al amigo Ben, como lo llamamos. Y ya que le visita a ellos, desde hace un par de años yo también me dejo hacer. Antes de empezar a verle no tenía ninguna queja, pero ahora él insiste en que las muelas del juicio me van a causar muchas molestias.
—Hay una que te está creciendo de lado. Esa te va a provocar un dolor insoportable. Voy a recetarte unos antibióticos para el viaje, porque cuando viajas es cuando tus defensas están más bajas y en esos países a los que vas, vete a saber lo difícil que puede ser curar un dolor de muelas.
Esas palabras exactas me dijo otro dentista en España hace catorce años. Todavía tengo el juicio creciéndome de lado y las dos recetas que nunca usé.

Los niños llevan cuatro años (desde que eran bebés) sin padecer siquiera un resfriado. Esto es algo que ha notado mucha gente, que me pregunta alarmada:
—¿Cómo es que tus niños no se ponen enfermos?
No es porque no vayan al colegio, como algunos tienen la tentación de argumentar. Al contrario, siempre que una amiga me advierte de que sus hijos están pasando alguna enfermedad que podría ser contagiosa, le respondo que eso a nosotros no nos preocupa y no es razón para que dejemos de relacionarnos durante unos días.
Con todo esto, no quiero dar la impresión de que desestimo la opinión de todos los médicos. La verdad es que tengo muy poco contacto con ellos, pero cuando ha sido realmente necesario acudir en su ayuda, lo he hecho. Como la vez que Alex, con solo un añito, se quemó las manos. Pasé con él una de las peores noches de mi vida, en un hospital de niños rodeada de criaturas que maldormían, lloraban, gemían de dolor y llamaban a sus mamás. Alex estuvo inconsciente durante veinticuatro horas.
—Tendría que haberse despertado hace horas —me dijeron los médicos, perplejos—. La morfina es una droga muy segura, le hemos dado la dosis adecuada para su edad y constitución, pero parece que fue excesiva. Es la primera vez que pasa.
—Es que es la primera vez que se droga —dije entre lágrimas—, nunca antes había tomado absolutamente nada medicinal aparte de mi leche.

Más que a los médicos, le tengo declarada la guerra a la industria farmacéutica. Nos hemos convertido en una sociedad que consume fármacos cuando en la gran mayoría de los casos no solo no son necesarios sino que a la larga son muy perjudiciales para la salud. Sí, creo que a lo largo de una vida, los miles de pastillas que una persona llega a consumir para paliar el dolor y tapar los síntomas contribuyen a la proliferación de cánceres. Y no voy a entrar hoy en el tema de los tranquilizantes, antidepresivos, antiansiolíticos y demás drogas legales que consumen a diario una gran parte de la gente que conozco, porque para eso tengo pensado otro artículo, que se titulará Un mundo feliz. No me parece casualidad que los diez países con más casos de cáncer del mundo sean también los más ricos, entre ellos Dinamarca (el primero), Australia (el tercero), Nueva Zelanda, Noruega, Francia, Estados Unidos y Canadá (España está en el puesto 31 y los casos son mucho más numerosos en los hombres que en las mujeres—los datos los he sacado del World Cancer Research Fund). Dicen los expertos que esto se debe a que en los países más ricos hay más investigación y es más fácil llevar un control de los casos de cáncer, pero además, en estos países también hay más obesidad y consumo de alcohol. Y yo añado que la gente que tiene más dinero también gasta más en medicamentos.

Después de esa visita a la ginecóloga hace tres o cuatro años, pasé unos días de incertidumbre. Hablé con mi madre y con una amiga que se había hecho una prueba genética similar y que me dijo: «Antes de tomar la decisión de ir por ese camino, tienes que planear ya todo el recorrido. Si te haces el análisis, sale positivo y te quedas ahí, no solo te habrás gastado un montón de dinero sino que a partir de entonces tu miedo alimentará al gen maligno y tendrás más posibilidades de contraer el cáncer». Opté por no querer saber y seguir viviendo la vida de la manera sencilla y natural que me hace sentir bien ahora y además contribuye a fortalecer mi sistema inmunológico para no dejar que los cánceres potenciales que llevamos todos dentro me ataquen. Es más, cambié de doctora, y la siguiente jamás me ha vuelto a mencionar la prueba.

Mi madre acaba de terminar otra fase de quimioterapia. Hasta que Angelina Jolie no dio a conocer su caso, su oncóloga no le mencionó nada del gen. Ahora sí lo han hablado, claro, y la oncóloga coincide con mi ginecóloga de hace años en que pertenecemos al grupo de alto riesgo. Así que por el bien de mi hermana y el mío, mi madre ha decidido hacerse el análisis. Tenemos la fe ciega de que saldrá negativo, pues solo un 1% de los cánceres de mama y ovarios son genéticos. Sigo aferrándome a la certidumbre de que el entorno, los hábitos y la disposición mental de cada una tienen mucho más que decir. Pero en el caso de que mi madre fuera portadora del gen y también lo fuéramos mi hermana y yo, la oncóloga de mi madre le ha asegurado que existe medicina preventiva y no es necesario tomar la misma drástica decisión que la famosa actriz. Le pregunté qué tipo de medicina, porque, como quizás habréis ya adivinado, yo antes me gasto el dinero en una mastectomía doble que en un pastillero, pero hasta allí no habían llegado en sus conversaciones. Seguiré informando... Mientras tanto, si alguien se encuentra en una situación similar, me interesará saber vuestra opinión. Gracias.

sábado, 11 de mayo de 2013

Oda a los abuelos


Hay algo muy especial en la relación entre abuelos y nietos, una complicidad que no existe entre padres e hijos. Una de las grandes suertes que yo he tenido en la vida ha sido la de conocer no solo a todos los míos, sino también a tres de mis bisabuelos.
Tengo recuerdos de todos, aunque de cuatro de ellos muy pocos, porque nos fueron dejando uno tras otro cuando yo aún era pequeña. Por el lado de mi padre fallecieron tres: primero mi bisabuelo, al que llamábamos Papi y él a nosotros —la bandada formada por un nieto aún niño y muchos biznietos que le gastábamos bromas pesadas— nos gritaba «¡bordes!»; siempre sospeché que no sabía nuestros nombres verdaderos. Siguió mi abuelo y poco más tarde mi bisabuela, que era ciega y lamentaba la muerte de su único hijo sollozando: «¡Mi hijo, mi hijo, ¡solo tenía cuatro años!». Por el lado de mi madre nos dejó la suya, que era sorda y desde muy pequeña me animó a que me comunicara con ella a través de la escritura en forma de pequeñas notas de papel.
Cada año visitábamos el cementerio para enterrar a alguien. Con nueve o diez años llegué a creer que la muerte era algo cotidiano, que pasaba en todas las familias al menos una vez al año, como en la mía. Me acostumbré a ver a mis padres llorar; siempre lo hacían en los entierros, aunque en esa época, cuando aún no habían tenido su crisis existencialista-religiosa común, me decían que los muertos que nos miraban desde el cielo preferían que no lloráramos su ausencia. Mis abuelos, además, perdieron a tres hijas al nacer, y cuando murió mi abuelo, el enterrador tuvo que sacar los diminutos ataúdes para hacer sitio. Mi abuela gritó: «¡Mis niñas!» y se abrazó a alguien, hecha un mar de lágrimas. Ver a los adultos sollozar tanto me provocaba mucha inseguridad, porque ellos eran los que nos decían siempre que no teníamos que hacerlo. En otra ocasión fue el féretro de la madre de mi abuela el que retiraron para hacer sitio. Mi abuela sabía que estaría en avanzado estado de descomposición y nos obligó a todos los niños a ponernos de espaldas, para no verlo. No sé si mis primos, hermanos y tío pequeño acataron la orden, pero yo no; me giré como buena pecadora, justo a tiempo para ver, con mis ojos abiertos como platos, un cráneo negro entre la madera carcomida.
De repente un año no hubo ninguna muerte en la familia. Fue raro, como si hubiéramos estado afectados por la peste bubónica y por fin se hubiera terminado. Hasta años más tarde no me di cuenta de cómo esa presencia tan persistente de la muerte en mi niñez condicionó mi manera de asimilar las que llegaron después y la consciencia de mi propio paso efímero por esta vida. Algo, dicho sea de paso, que considero saludable para el alma, al menos para la mía: el de saber que tenemos una vida, que es esta y que el momento de vivirla es ahora porque mañana puede que no llegue nunca.
Durante años no se murió ningún abuelo más y después dos de ellos lo hicieron con muchos años de diferencia. Fueron la Pina y el Avi, a los dos que más quise, porque fue con los que más relación tuve, y a los que más recuerdo y sigo llorando. La Pina era mi bisabuela; murió a los noventa y siete años. Preparaba el café con leche y galletas más delicioso que he probado en mi vida y tenía siempre pegada a los labios una frase que a mis primas y a mí nos hacía partirnos de risa, porque ella estaba tan sana y lúcida de mente, que yo llegué a pensar que era inmortal: «Més valdria morir-se», le oía decir al menos cuatro veces al día durante los diecinueve años que tuve el gusto de compartir la vida con ella. Como mi otra bisabuela, tuvo la desgracia de haber sobrevivido a sus hijos. Me costó años acostumbrarme a su ausencia; cada vez que iba a casa del Avi, me sorprendía esperando que fuera ella quien me abriera la puerta.
Mis dos abuelos —el Yayo y el Avi— tuvieron en común tener dieciséis años cuando estalló la Guerra Civil Española y morir los dos en el mes de mayo, el mismo día con veintidós años de diferencia. Mi abuelo paterno, el Yayo, era hijo único. En 1937 se lo llevaron al frente como a muchos otros y sus padres no supieron nada de él durante siete años. Les dijeron que estaba «desaparecido en combate» y lo dieron por muerto. En realidad, estaba cumpliendo el servicio militar, que le obligaron a hacer después de la guerra, pues antes había sido demasiado joven. Uno de los pocos recuerdos que conservo de él es el del tatuaje que tenía en el brazo. Era de una serpiente y tenía escrito el nombre de una mujer que no era mi abuela. Esa serpiente me fascinaba, más que nada porque él me aseguraba que le salió así sin más, como un sarpullido, después de que le picara una exactamente igual en África. También me contó que a veces, después de haber estado pegándose tiros, hacían un alto el fuego y compartían cigarrillos con el enemigo; luego, seguían matándose. De él sé más cosas por lo que me contaron mis padres y mi abuela después que por lo que recuerdo. Como murió tan pronto, lo mitifiqué o me quedé solo con lo bueno de él. No me importaba que fuera mujeriego y adúltero, despilfarrador, bebedor y fumador. Hasta me reía cuando mi padre me contaba que el suyo le usaba como tapadera para liarse a la sirvienta. Su nivel de estudios era mínimo, pero era cultísimo porque su mayor afición, por encima de las mujeres y de todo lo demás, era leer. De pequeña mi madre siempre me decía que había sido autodidacta, algo que yo envidiaba. Ella me lo contaba como ejemplo de persona que a pesar de no haber tenido acceso a la educación, llegó a hacerse a sí mismo y adquirir un nivel cultural superior. Pero yo pienso que fue así precisamente porque vivió la vida en primer plano. Era un bon vivant que, como muchos otros hombres que he conocido, despertaba admiración y cariño en mucha gente y sin embargo, no siempre trataba bien a sus más allegados: sus padres, su esposa y sus hijos. Es una paradoja que he visto en muchos hombres, tanto en la Historia como en mi propia vida. Hombres encantadores y a menudo muy atractivos, que me estimulan intelectualmente y de los que atesoro su amistad, siempre mezclada con el gran alivio de no ser yo pareja suya.
Mi abuelo materno, el Avi, no murió hasta hace poco. Bueno, hace ocho años ya; ayer, como quien dice. Mi madre me había contado que durante la guerra estuvo escondido, así que oficialmente fue un desertor. A mí me enorgullecía mucho tener un abuelo que no quiso hacer la guerra y desde siempre quise saber más de ese episodio de su vida. Durante un tiempo iba cada jueves a comer a su casa, en el barrio de l’Eixample, cercano al edificio histórico de la Universidad de Barcelona donde estudiaba. Me preparaba siempre una paella exquisita. Después de comer seguíamos una especie de ritual. Yo le pedía que me contara su vida y sobre todo los años de la guerra y él, siempre sonriendo, me contestaba «poc que me’n recordo —literalmente: poco que me acuerdo». Entonces se sentaba en su sillón para ver las noticias y se quedaba dormido. Algo saqué, pero muy poco, y con los meses dejé de insistir. Nunca creí que realmente no se acordara. Me debatía entre no dejar pasar la oportunidad de conocer de primera mano pedazos de historia vividos en la familia o respetar su decisión de rendir al olvido una época de pocas alegrías. Antes de irme, me ponía a hurgar en las cajas llenas de postales de muchos años atrás que se enviaban en la familia, algunas de mi madre. Me chocaban mucho porque estaban todas escritas en castellano, cuando en casa de mis abuelos solo se hablaba el catalán.
Mucho tiempo más tarde, pocos meses antes de que él muriera pero sin nadie sospechar que pronto lo haría, tuve la inmensa suerte de convivir con él durante cuatro meses, después de haber estado yo años dando vueltas por el mundo. Una de las cosas que hicimos juntos fue visitar al sacerdote —entonces seminarista— que se había escondido con él durante la guerra. Su hija pequeña —mi tía Anna— había conseguido localizarlo después de varios meses de investigación. Ella y yo orquestamos el encuentro sin poner en antecedentes a ninguno de los dos, y esperamos su reacción. Después de más de sesenta años de no verse, no se reconocieron. Así que los presentamos. La sorpresa, incredulidad y alegría de ambos fue digna de ver; un momento muy emocionante. Al contrario que el Avi, el sacerdote tenía la mente muy clara y despierta, y recordaba muchas cosas de la guerra, que nos contó encantado. Yo fui con una libreta y un bolígrafo, y lo anoté todo.
Estuvieron los dos escondidos en un cuarto de cuatro metros cuadrados de una casa particular durante trece meses, después de que el Avi consiguiera escaparse de recibir instrucción en el Collell por parte de los republicanos; lo que le tocó. Pasaban los días jugando al ajedrez, haciendo punto de malla, garlitos de cañas de pescar o zuecos con piñones de olivas; no tenían suficiente espacio para hacer ejercicio. También dibujaban y escuchaban la radio de galena. Conocieron la noticia de la batalla del Ebro gracias a Queipo de Llano, que emitía desde Sevilla.  Durante ese tiempo, solo salieron una vez a la calle, una noche a buscar leña, y pasaron muchísimo miedo. Otra vez fue la policía a inspeccionar el piso. La señora de la casa cerró la puerta de su cuarto, el único que daba a la cocina y no a un patio central, y la policía no se dio cuenta. Ellos se escondieron detrás de un montón de leña pero de haberse percatado de la existencia de ese cuarto, seguro que los habrían pillado porque se notaba mucho que ahí había alguien «que mataba moscas».
—Nos habrían enviado al frente. De una buena nos libramos, ¿eh, Josep? —dijo el cura dándole una palmada en el hombro.
El Avi rió como hacía años que no le veía hacerlo. Siempre había sido taciturno; ahora ya llevaba muchos años que lo único que decía era «bueno, bueno». Esta vez, sin embargo, parecía que los recuerdos estaban muy vivos en su memoria, y quiso añadir algo. Anna y yo abrimos mucho los ojos y afinamos los oídos, pero las palabras se le enredaron en la boca y no consiguieron salir.
Cuando terminó la guerra, se presentaron a los nacionales, que los hicieron caminar desde Girona hasta Barcelona junto a otros prisioneros que no se habían presentado a filas. De ahí los llevaron a un campo de concentración y de ahí a hacer la mili. El Avi estuvo dos años en Melilla, donde aprendió a conducir camiones.
Años más tarde fue conductor de autocares. Una de las imágenes más vívidas que tengo de mi niñez es la de subir las escaleras del autocar y allá arriba, detrás de aquel volante horizontal tan enorme, ver al Avi, siempre sonriente y fumando un puro. Un día subí con mi hermana, que lloraba. «Plora, plora, m’encanta la música de les nenes quan ploren», dijo el Avi. Mi hermana, tan sorprendida como yo, dejó de llorar. A mí esa frase no se me olvidó nunca. Volví a tenerla muy presente el día que él murió, y le hice caso, lloré mucho. Él se fue sin hacer ruido, nunca lo hacía. Dejó todo dispuesto para que nadie más tuviera que preocuparse de los trámites posteriores a su muerte, pero no dejó escrito en ningún sitio que no le lloráramos.
A mí también me gustaría ser abuela algún día y ya dejo escrito que no me iré al cielo y que sí me gustaría que me lloren.
            Amén.

domingo, 14 de abril de 2013

Aquí se habla Espanglish


Un montón de años después de haberme ido de España y cuando ya llevaba cuatro o cinco con base en Australia, ocurrió algo maravilloso, de hecho, lo mejor que me ha pasado en la vida: un nuevo ser, que había crecido en mis mismísimas entrañas, ¡por fin alguien con quien comunicarme en castellano!
Antes había conocido a algunos latinoamericanos en la ciudad donde vivía por entonces, pero esos encuentros no acababan de cuajar en amistad porque yo, lo admito, solo me acercaba a ellos por ganas de conversar en nuestra lengua común. Me desanimaba cuando después del saludo inicial e intercambio de información sobre nuestros lugares de origen, la otra persona procedía a mantener la charla en inglés. Todas mis amistades eran ya en su mayoría australianas; también alemanas, inglesas y japonesas. Si mi nueva amiga chilena no era capaz de contestarme en español, se me iban las ganas de hablar con ella. Además, ella no creo, pero yo me sentía ridícula.
—¿No sería más fácil para las dos que habláramos en nuestro propio idioma? —le imploraba, casi.
—¡Ah, sí, claro! Es que no estoy acostumbrada.
—Pero tú con tu marido sí que hablas español en la intimidad, ¿no? ¡Es que yo no! ¡No tengo a nadie con quién practicar!
No había manera. A las dos frases volvía a cambiar el chip y me estaba hablando en su machacado inglés. Yo ya no insistía. Comprendía que ella y su marido acababan de llegar al país y querían integrarse; ella quería perfeccionar su inglés y no perdía oportunidad de hacerlo.
Entonces se me ocurrió apuntarme a un grupo de gente a los que les uniera el amor por la lengua española. De esa experiencia saqué buenos amigos, que aún conservo después de tantos años, pero oh, ¡todos australianos! Muy jóvenes, muy guapos y muy trotamundos. Alguno se fue a vivir a Sudamérica y lo veo menos de lo que me gustaría. Lo genial es que querían darme dinero por pasar una hora a la semana con ellos ¡conversando en español! Justo cuando me encontraba al límite de pagar yo a alguien para que me dijera: «Hola, ¿cómo estás? Me llamo Kate». Eso me animó a convertirme en más profesional y me saqué el título oficial de profesora de español para extranjeros.
Entonces ocurrió el milagro, pero continué con las clases y mis otros trabajos porque resultó que, a pesar de que yo le hablaba a todas horas, el bebé no empezó a contestarme en la lengua de Cervantes hasta ¡casi un año y medio después! Pero cuando empezó, ya no paró, hablaba a todas horas. Su padre y yo estábamos asombrados. Lo que él no había aprendido en siete años de matrimonio, el pequeñajo que habíamos creado lo soltaba con toda naturalidad, sin pensárselo. Y lo mejor de lo mejor es que antes de que cumpliera dos años ya habíamos traído al mundo a otro australianito que también me hablaría en español.
 Yo había tomado una firme decisión: no les hablaría nunca en inglés. Había hecho mis investigaciones y sabía que esa sería la única manera de que crecieran siendo verdaderamente bilingües. En un país tan abierto y liberal como es hoy en día Australia, nadie tuvo problemas con eso excepto una persona, que me pidió que en su presencia les hablara inglés. Mi no fue tajante, aunque me ofrecí amablemente a traducirle mis conversaciones con los niños, si es que tanto le interesaban. Paradójicamente, esa persona vino como refugiada a este país y su primera lengua no fue el inglés, que de hecho no empezó a hablar hasta los cuatro años. Pero de eso hacía ya lustros, eran otros tiempos y ella pertenece a otra generación. Yo no llegué a Australia buscando una vida mejor —ya estaba contenta con la que tenía— y no sentía el agradecimiento exacerbado de los emigrados políticos hacia el país que los acoge. Una característica común en ellos es no transmitir su propia lengua a los hijos, o no ser rigurosos en ello. Incluso a los que no han emigrado por razones políticas, religiosas o económicas, sino por amor, que es el caso de todas mis amigas y amigos extranjeros en Australia, les cuesta hablarles a sus hijos en su propia lengua porque la presión social es demasiado fuerte.
—¿Les estás enseñando español? —me preguntan con admiración y cierta envidia los australianos.
—No les enseño. Solo les hablo, así de fácil. El resultado es fascinante: les hablas en español y te contestan en español, aunque estemos en Australia.
—Es que a mí siempre me contestan en inglés, aunque yo les hable en swahili —me dicen mis amigos extranjeros—. ¿Tú cómo lo haces?
—Solo les hablo —insisto—. Pero siempre. Sin excepciones. Si a la que hay una tercera persona que no habla vuestro idioma, hablas a tu hijo en inglés para que ella no se sienta desplazada, ya la has cagado. Quedarás bien con los demás, pero a tus hijos les estás robando la oportunidad de ser más inteligentes y exitosos, porque ellos perciben tu empequeñecimiento ante la presión social y la imitarán, negándose enseguida a corresponderte en tu idioma.
Durante los doce primeros años esos cerebritos son increíblemente adaptables o «plásticos», como dicen los expertos, y si están expuestos a más de un sistema de reglas de gramática y pronunciación, se desarrollarán de manera superior a los monolingües, en campos como la resolución de problemas, la creatividad y la memoria. El lenguaje y las matemáticas están estrechamente ligados en este sentido, y los niños bilingües suelen tener también más facilidad para los números. Además, son capaces de distinguir entre las dos lenguas a muy temprana edad. Algunos lingüistas afirman que pueden aprender sin confundirse hasta siete idiomas a la vez.
En sus primeros meses de chapurreo, era evidente que la lengua dominante de mi primer bebé era el castellano ya que pasaba prácticamente todo el tiempo conmigo. Pero cuando empezó a soltarse también en inglés, con unos tres años más o menos, pasó una cosa rara: la criatura se pensaba que yo solo hablaba castellano y el resto del mundo inglés y él se creyó con la misión de traducir las conversaciones que tenían lugar en la mesa cuando sus abuelos paternos venían de visita.
—Tú no sabes ingués, mami, po no te pocupes poque yo tenseñaré —me decía poniéndome una mano protectora en el brazo.
Lejos de desengañarle, me quedé encantada con el trabajo que me quitaba de encima. A veces incluso me hacía de intérprete entre su padre y yo, como el día que me dijo:
—Daddy dise que hay un serdo en la nevera.
—¿Seguro que está en la nevera? —le pregunté riendo, antes de darme cuenta de que él realmente había creído lo que decía y no se atrevía a sacar las costillas de pork de la nevera, como le había pedido su padre.
Cuando su hermano se soltó también a hablar, nos convertimos en tres ya los castellanoparlantes en casa. Al principio, como le había pasado a Dave, Alex se enfadaba cuando quería decirnos algo y a veces no le entendíamos. En los últimos años, la que a veces tiene que preguntarles de qué demonios están hablando, porque no entiendo nada, soy yo. Como la vez que Dave me dijo:
—Estoy estacado.

—¿Qué quieres decir?
—Que no puedo continuar.
Eso es lo que hacen. Si no conocen la palabra en castellano, la cogen en inglés, «stuck», la españolizan un poco y se quedan tan anchos.
Un día los oí a los dos debatiendo sobre si la ardilla conseguiría la nata o no. Estaban mirando la película Ice Age y estuve un buen rato escuchándoles e intentando adivinar a qué se referían. Pensé: «qué imaginativos, a la nieve la llaman nata». Pero lo que comentaban no concordaba y ya no pude aguantar más.
—¿De qué nata estáis hablando?
—¡La nata! —exclamaron a la vez, como diciendo, está claro, la nata, si solo hay una, qué va a ser si no—. Ahora sale, mira, mami.
—Eso es una bellota.
De eso hace al menos un año, quizás más, pero ellos insisten en llamarla «nata», del inglés «nut» y se parten de risa.
Aparte del vocabulario, también hacen estropicios con la gramática y la sintaxis, con frases como «me pregunto dónde mi caja está», «yo soy cinco años», «me gustan animales» (pasando de los artículos), y «para saltando» (en vez de «para de saltar», gerundeando a saco). Si a esto le añadimos la ultracorrección a la que son propensos los niños, el resultado es de lo más divertido.
Desde siempre, cuando están conmigo se comunican en castellano entre ellos, pero a la que hay una tercera persona que hable inglés, cambian de idioma como si nada. Esto es una hazaña que realizan varias veces al día sin aparente esfuerzo. Últimamente, sin embargo, hablan mucho en esta nueva lengua que se han inventado, el Espanglish. Incluso a veces conmigo, como cuando Alex me dijo:
—Mami, tengo un serious problem.
—¿Tienes un grave problema?
—Sí, no mi nusta el Dave. ¿Por qué no vendemos este niño a otra mamá y que nos deyen otro nuevo? Este ya es muy viejo, pero cada vez que me despierto me parese más pequenito.
—Lo siento, guys, pero esto está cancelled —intervino Dave—. Es vuestro sleep time, pero mañana estaréis restored.
Al cabo de un rato estaban jugando a un juego en el ordenador y esto era lo que decían:
—¡Venga, estúpido, que vas a estar dead!
—Para tú, ¡así vamos a ranear fuera de tiempo!
«Ranear fuera», para los que no sepáis Espanglish, significa «terminar». Como veis, es muy divertido convivir con dos pequeñuelos bilingües, y nada preocupante, porque ya sé que a pesar de todos estos destrozos a la lengua española (sospecho que con la inglesa hacen lo mismo), un día las sabrán separar y distinguir perfectamente y serán totalmente competentes en ambas.
Bueno, a veces dicen cosas que sí que me alarman, como esta mañana Dave, cuando me ha preguntado:
—¿Cuánto falta para que estayamos en Corea?
            —Cuarenta días, y esperemos que no estallemos.

domingo, 17 de marzo de 2013

La delgada línea entre realidad y ficción

A veces se debate sobre qué se vende o qué interesa más, la ficción o la no ficción. Casi todo el mundo estará de acuerdo en que la ficción vende más, y por tanto interesa más. Algunos llegan a decir que escribir sobre cosas que han ocurrido en la vida real no requiere creación literaria, y por eso ya pierde aliciente. La mayoría de lectores quieren leer una historia que les atrape, les evada de su propia realidad y que contenga calidad literaria. Según esto, muchas veces me he preguntado qué es más fácil escribir, ficción o no ficción. Los detractores de la no ficción dirán una vez más que la ficción es más difícil, porque requiere imaginación, mientras que en la no ficción no tienes que inventarte nada, simplemente narrar los hechos tal como sucedieron. O sea, que las novelas son lo que más mérito tienen.

Si es verdad que la mayoría de gente quiere que le cuenten historias que nunca ocurrieron en realidad, ¿por qué impresionan tanto esas palabras al principio de una novela o al final de una película: «basado en una historia real»? Pues porque interesan, claro que interesan. Hay algo mágico en saber que una historia asombrosa ocurrió de verdad. ¿Y si no por qué a todos los escritores se les pregunta siempre qué hay de biográfico en sus novelas? Muchos contestan que nada, pero otros hacen justo lo contrario y se meten en su propia novela, como un personaje más, para decir al lector que la increíble historia que le va a contar se la contó a él o ella el mismísimo protagonista. Muchos lectores caen en la trampa de creer ese recurso literario y se meten en la historia convencidos de que es real. A mí me ha pasado varias veces, por ejemplo, con Memorias de una Geisha y La vida de Pi. En esta última, que leí hace años cuando se publicó la versión original en inglés y que ahora se ha hecho más popular gracias a la película, el autor no incluye el consabido «esto es una obra de ficción y cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia», así que yo me lo creí todo. La recomendé a diestro y siniestro, con el entusiasmo que suelo emplear siempre que me gusta mucho un libro, y a todos les decía: ¡y es real! Hasta que un amigo me dio unas palmaditas en la espalda y me dijo que no, que no podía ser verdad. Me sentí como cuando a los ocho años mi hermano me dijo que los Reyes Magos son los padres. Solo entonces se me ocurrió echarle un vistazo a la contraportada del libro hasta encontrar la palabra fiction. Con las memorias de la Geisha me llevé una decepción similar; es una novela en toda regla, de memorias nada.

Pero ni Yann Martel ni Arthur Golden, autores de estas novelas, se metieron en líos, porque aunque fuera en pequeñito, vendieron sus libros como lo que son, novelas. Los autores que sí se meten en problemas son los osados que publican autobiografías y se inventan hechos que tienen repercusiones en terceras personas. Por experiencia sé que a la hora de escribir no ficción la tentación de inventar hechos para hacer la historia más interesante o atractiva es muy difícil de resistir. Son muchos los que se dejan llevar por la convicción de que esto podría perfectamente haber pasado o él habría actuado exactamente de esta manera, así que... ¡lo pongo! Inventarse algo en una biografía es una gran temeridad, y el autor puede dar por seguro que va a enfurecer a las personas implicadas en esa mentira, sobre todo si se trata de un gran colectivo. Aun cuando se trate de algo verdadero, es fácil que los implicados en la historia se enfaden si se les menciona sin su previo consentimiento.

Algo así me pasó hace unos días cuando se me ocurrió que en el segundo libro de viajes que estoy escribiendo sería interesante incluir un episodio de la vida de mi suegra y sus padres, que fueron refugiados políticos después de la Segunda Guerra Mundial. Es una historia que yo oí después de hacer el viaje, pero quedaba bien como anécdota en la parte donde hablo de mi visita al campo de concentración de Dachau. Después de escribirla y estar satisfecha con el resultado telefoneé a mi suegra para consultarle un par de datos que no recordaba a pesar de haber oído el relato muchas veces. Me tuvo más de una hora al teléfono, pero al final todo mi gozo cayó en un pozo con estas palabras: «No queremos que nada de esto salga jamás publicado, tiene que quedar en familia; fue demasiado doloroso». Tengo que confesar que estuve tentada de ignorar sus palabras, suponiendo que ella nunca leerá mi libro porque lo estoy escribiendo en castellano y nunca lo traduciré al inglés... pero al final mi sentido de la lealtad me pudo. Y lo borré todo, claro, ¡con lo bien que había quedado!

Quizás Marlo Morgan pensó lo mismo que yo, que ningún australiano leería su libro autopublicado en 1990, Las voces del desierto, en el que narra su propio viaje, el de una estadounidense blanca de mediana edad con una tribu aborigen por el continente australiano. A través de ella, los aborígenes intentan enviar un mensaje al mundo occidental con el objetivo de que no destruyan el planeta y modifiquen su modo de vida, tan materialista y alejado de la espiritualidad y la naturaleza. Durante su iniciación, la mujer es testigo de curaciones rituales mediante el canto y la música, y otros actos bastante inverosímiles, que ella, sin embargo, aseguró que ocurrieron de verdad. El libro obtuvo un gran éxito en Estados Unidos y después de vender unos 250.000 ejemplares, Morgan vendió los derechos a una de las grandes editoriales americanas, que lo convirtió en un súper ventas en casi todo el mundo. Ella dio conferencias en Estados Unidos, Europa y Japón sobre sus experiencias sobrenaturales con los aborígenes, que todo el mundo creyó.

Bueno, todo el mundo no. En Australia la «autobiografía» no solo no tuvo éxito, sino que hizo daño, mucho daño. Por lo visto, la autora aprovechó el boom del movimiento New Age en Estados Unidos a finales de los años 90 para inventarse a ese grupo de aborígenes que poco tienen que ver con la verdadera cultura australiana, que ella desconocía totalmente. Porque resulta que no existe indicio alguno de que esta señora se diera ningún paseo por Australia a no ser que fuera con un tour-operador, ni de la existencia de la tribu de la que habla. Se lo inventó todo y tuvo la desvergüenza de decirle al mundo entero que era verdad. A principios de 1996 un grupo de ocho aborígenes subvencionados por el gobierno australiano viajaron a Estados Unidos para defender su cultura y religión, enfrentándose a Morgan y consiguiendo abortar la producción de la película de Hollywood. Solo entonces ella admitió que había hecho uso de «licencia literaria» y pidió perdón públicamente en un programa de radio que solo se transmitió aquí, en Australia. En el resto del mundo todavía hay mucha gente que no se ha enterado de que es una novela. Sin ir más lejos, en Amazon España aparece en la categoría de literatura de viajes, aquí.

En Australia hubo un gran escándalo por algo parecido en 2004. Un año antes Norma Khouri publicó su autobiografía Forbidden Love (en castellano sería Amor prohibido, pero creo que no llegó a traducirse), en la que hablaba de su amistad en Jordania con una chica a la que su padre apuñaló doce veces hasta matarla por haberse enamorado de un cristiano, cometiendo lo que se conoce como un crimen de honor. Khouri huyó de Jordania y escribió su libro en cafés-internet de Atenas, antes de llegar a Australia, donde consiguió un visado de residencia temporal gracias al apoyo de su editorial, Random House. Apareció en televisión en Estados Unidos y Australia, recorrió el mundo promocionando su libro, hizo saltar lágrimas de emoción y rabia a miles de personas que la escucharon y leyeron, y se convirtió en una abanderada de las mujeres árabes oprimidas por el sistema patriarcal de Jordania; además, inició una tendencia de libros similares. Y mientras, vivió escondida en Australia, temiendo por su vida. Al año siguiente, Malcolm Knox, un periodista y escritor de Sídney desveló en este artículo que todo en el libro de Khouri era mentira. De hecho, toda la vida de Khouri resultó ser un fraude. Ella siguió negando la evidencia de haberse criado desde los tres años en Estados Unidos y haberse casado allí y tener dos hijos. El libro se retiró inmediatamente de la venta y su autora abandonó Australia antes de que el servicio de inmigración australiano tuviera tiempo de deportarla. De Khouri, a la que se ha acusado de otros fraudes aparte del literario, se ha dicho que es una sociópata, incapaz de discernir entre la sarta de mentiras que ella misma se cree y la realidad.

Con todo esto quiero decir que las biografías sí venden, y además están en auge, al menos en lengua inglesa, pero son mucho más difíciles de escribir que las novelas, porque todo el que escribe está creando algo y aunque esté basado en hechos reales, la imaginación siempre quiere colarse en el proceso. Creo que por eso la mayoría de escritores escogen escribir novelas con un trasfondo histórico o real, porque quieren que sea verosímil, pero en caso de que alguien les eche en cara que eso no es así, ellos se lavan las manos y dicen: fue producto de esa señora tan liante: la Imaginación. Por eso he decidido que después de este libro de viajes voy a escribir una novela, a pesar de que a mí personalmente me gusta más leer biografías que novelas, y más novelas basadas en hechos reales que las que no lo son. Además, creo que para escribir una novela tardaré como mucho la mitad de tiempo de lo que me está llevando este segundo libro de viajes.

martes, 19 de febrero de 2013

Yo también soy berlinesa. Y antipatriota

Desde que a los quince años salí por primera vez del país en el que me tocó nacer y lo hiciera sola —bueno, me llevé a mis hermanos, pero a los padres los dejamos en casa— empecé a pensar en mí misma como en una ciudadana del mundo. Me gustó tanto descubrir una nueva cultura, tan diferente a la mía, que en esos días en los que todavía existían las fronteras en Europa, de buen grado habría trocado mi nacionalidad española por la británica. A partir de entonces empecé a viajar y ya nunca dejé de hacerlo, pero yo lo que realmente quería era vivir en otros países, experimentar de verdad otras culturas, entender otras maneras de pensar, descubrir que el dios omnisciente y todopoderoso de mi formación católica no es único en el mundo. Poco después tuve la gran suerte de visitar Praga, y aunque más tarde he vuelto a estar en Eslovaquia, a la República Checa, y en especial a la capital bohemia, he preferido no volver, para guardar para siempre en mi recuerdo la fuerte impresión que me causó una ciudad bellísima, sin turistas, y su gente, que me pareció triste aún después de su reciente abandono del socialismo soviético.

También por esas mismas fechas mis padres y amigos se llevaron las manos a la cabeza cuando un buen día me fui a la estación de Sants a comprar un billete de tren —en aquella época a los adolescentes no nos llegaba el dinero para uno de avión— a Génova, y luego hasta Trieste, donde me encontraría con Nick para pasar juntos la frontera a Croacia. Nick era un amigo que había conocido en Inglaterra y acababa de localizar después de dos años de silencio. Cuando lo conocí me dijo que era de Yugoslavia, pero ahora su país estaba en guerra y me confesó que en realidad era croata. En las cartas que me enviaba usando aún el bolígrafo, papel y sobres hechos por él mismo con papeles de revistas, me hablaba de las explosiones, el miedo y la incertidumbre de su familia. No se me ocurrió una manera mejor de apoyarle y entenderle que ir a verle, porque yo también quería vivirlo, también quería ser croata. Y además tenía mucha curiosidad por ver a los cascos azules de cerca.

A lo largo de los años y después de tantos viajes he logrado sentirme parte de cada lugar, aunque unos me han gustado más que otros. Por ejemplo, cuando visité el País Vasco por primera vez y a pesar de ser en una época de máxima tensión entre el gobierno central y ETA, estuve a punto de abandonarlo todo y adoptar el euskera como mi primera lengua; en Egipto, en cambio, no conseguí adaptarme después de que un muchacho de veintitrés años intentara convencerme de que en los casos en que las mujeres muestran una admiración excesiva por un hombre que no sea su marido, está justificada la ablación femenina.

Ver el mundo me hizo por fin entender las cuatro palabras que pronunció John F. Kennedy en su famoso discurso de junio de 1963 en Berlín. Yo nací muchos años después, pero cuando tenía doce años y creía que lo sabía todo y mi madre me habló de ese discurso, repliqué: ¿Cómo se atreve un presidente americano a decir que él es berlinés? ¿Y cómo no ofendió primero a sus compatriotas y luego a los alemanes, si ni siquiera sabía hablar alemán? Mi madre me lo explicó pero tardé años en comprender de verdad el significado de las palabras: Ich bin ein Berliner. Kennedy estaba mostrando su solidaridad con los ciudadanos de Berlín menos de un año después del levantamiento del Antifaschistischer Schutzwall —el muro de protección antifascista— por parte de los soviéticos. Al decir que él era berlinés, estaba hablando de eso que se siente cuando una visita Zagreb o Birmania y se mete en la piel de los que reclaman libertad. Como dijo ese día: «All free men, wherever they may live, are citizens of Berlin, and, therefore, as a free man, I take pride in the words "Ich bin ein Berliner!" — Todos los hombres libres, donde quiera que vivan, son ciudadanos de Berlín, y por tanto, como hombre libre, me enorgullezco de decir que '¡soy berlinés!'» Ojalá hubiera dicho «hombres, mujeres, niños y niñas», pero nadie es perfecto.

Me enamoré de la figura de John F. Kennedy, aunque sin romanticismos —no me habría gustado ser ni Marilyn Monroe ni Jackeline. Leí varias biografías sobre él y me interesé por Estados Unidos. Primero fui a Boston a pasar un verano, luego volví para trabajar y como tenía tiempo estudié una carrera, incluso empecé un máster en historia de los Estados Unidos de América. Pero allí me topé con el Patriotismo.

Descubrí que pocos años después del final de la guerra fría no se hablaba tanto de libertad y sí mucho de que América es el mejor país del mundo y de que Dios bendiga a América, como si fuera de esas fronteras no existiera nada más. Me moría de vergüenza ajena cada vez que al inicio de una competitición deportiva todos los asistentes teníamos que ponernos en pie, algunos con la mano en el pecho, los labios apretados y la mirada solemne, mientras sonaba el himno nacional o la patriótica canción God Bless America. Hasta en los colegios donde trabajé como intérprete entre padres hispanos y los profesores, a los niños se les obligaba cada mañana a escuchar el himno nacional. Estuve cuatro años allí y entre la familia y amigos que dejé en Barcelona me gané el apodo de «la americana», sin embargo, no me sentía como tal, no era capaz de contagiarme de su ombliguismo.

A lo largo de los años no ha dejado de sorprenderme que personas de otras nacionalidades admiren este sentido patriótico de los americanos e incluso se lamenten de que falte en sus países. Estas personas me han dicho que encuentran bonito y hasta majestuoso esta devoción por la patria y el sacrificar la vida por tu país en la guerra. A mí eso me pone los pelos de punta. No siento admiración, sino una profunda lástima por los millones de soldados de todo el mundo, muchos ni siquiera hombres todavía, que dieron la vida por defender su patria. Porque yo soy antipatriota. No le debo más lealtad a España o a Cataluña que a Australia, sin embargo me siento española, catalana y australiana —y de muchos otros países, pero estos son los que mejor conozco— porque su cultura, su gastronomía, sus lenguas, su historia son parte de mi identidad. Pero no sacrificaría ni una gota de mi sangre por ningún país, antes lo haría por un ser humano, sin que su nacionalidad pesara más o menos en mi decisión. Me opongo al patriotismo por su autoritarismo, y porque es propenso a la guerra y la xenofobia.

Pero este amor a la patria que sienten tantos tiene su lado bueno. Principalmente, lo que he observado en muchos lugares es la creencia absoluta de muchos de sus habitantes de que su país es el mejor del mundo, o que como en su país no se vive de bien en ningún otro sitio. Esta afirmación se la he oído decir tanto a gente que ha viajado como a los pocos que no han salido jamás de su pueblo. Y es que la mayoría de humanos tenemos esa necesidad de «volver a casa», que aunque no sea perfecta, es la nuestra y es la mejor. Como yo ahora vivo en Australia, lo que más oigo decir es: «Australia es el mejor país del mundo» y «qué suerte tenemos de vivir aquí» pero recuerdo también haber oído muchas veces (antes de la crisis) que «como en España no se vive en ninguna parte, hasta los extranjeros que vienen de vacaciones se quedan». Menos mal que en Estados Unidos opinan lo mismo, si no tendríamos a más de trescientos millones de americanos aquí y ya no habría manera de encontrar un hueco en la playa. 



viernes, 18 de enero de 2013

«El hado de los juguetes», un cuento para niños, mamás y papás


Me llamo Guillermo, tengo siete años y soy hijo único. Ser hijo único no quiere decir que mis padres crean que soy único o genial, sino que no tengo hermanos. Mi mamá es periodista y cuando me tuvo a mí tuvo que dejar de hacer periodos durante cuatro meses. Cuando digo esto ella se ríe y dice que los periodistas no hacen periodos, sino que escriben en periódicos, pero es verdad que además no tuvo el periodo durante el mismo tiempo que no trabajó. A veces me cuesta entenderla, pero desde que le pedí al hado de los juguetes que obrara un hechizo sobre ella, está mucho más por mí y me explica las cosas con paciencia. Resulta que mientras estaba en casa conmigo me daba de mamar, pero cuando volvió al trabajo, tuvo que ponerme en la guardería y encargó que me dieran leche del biberón. Entonces es cuando volvió a visitarle el periodo ese, que no es mi papá, y si hubiera querido podría haber tenido más niños, pero no los tuvo para no tener que sacrificar más su carrera.

Es verdad que antes siempre estaba corriendo, como si hiciera una carrera, aunque era ella sola la que corría por casa, haciendo siempre un montón de cosas. A veces se paraba a descansar delante de su ordenador, que la hipnotizaba. Si yo le hablaba, ni me oía. Otras veces se ponía a apretar botoncitos en su móvil o a hablar por teléfono. El año pasado, por mi cumpleaños, me regaló un Ipad, que es muy parecido al ordenador pero mejor, porque yo lo uso para jugar. Mamá, el ordenador lo usa para trabajar. Dice que nos da de comer, aunque yo nunca he visto que salga nada de comida de él. Alguna vez, aprovechando que ella ha ido al baño, me he puesto delante y le he pedido chocolate o helado, pero ni siquiera me ha contestado.

Al Ipad me enganché enseguida, como le decía ella a papá. A mí también me lo decía: «estás enganchado, igual que con la tele». El Ipad lo cojo con las manos y lo tengo durante tanto rato que ella se cree que se me ha quedado pegado con superglú, pero la tele no la toco, solo la miro.

—Estás embobado —decía ella—, ¿y tus juguetes? Ya no les haces ningún caso. Si no juegas más con los bloques, el Lego, los puzzles y los coches, vendrá el hada de los juguetes y se los llevará a otros niños.
—¿Dónde vive el hada de los juguetes? —le preguntaba yo a mamá, porque siempre me estaba hablando de ella—. ¿Es de Oriente, como los Reyes Magos?
—El hada de los juguetes está en todas partes —decía ella—. Aparece y desaparece, pero está siempre presente, vigilando a los niños que tienen un montón de juguetes y no juegan con ellos, para llevárselos a los que no están todo el día delante de la tele y el Ipad y sí juegan con sus juguetes.
—¿Y cuando aparece, se puede ver? ¿Puedo hablar con ella?
—Sí, pero cuando aparezca será para decirte que se lleva tus juguetes, y te quedarás sin.
—¿Tú la has visto alguna vez? ¿Tiene alas?
—Yo no la he visto nunca porque cuando yo era niña sí que jugaba con mis muñecas, en esa época no teníamos Ipad.

Mamá no paraba de hablarme del hada, asegurándome que un día me despertaría por la mañana y me encontraría sin juguetes. Yo no tenía a nadie con quien jugar, así que cada día, al volver del colegio y los fines de semana, me ponía a ver la tele o jugar con el Ipad esperando la llegada del hada. Y por fin un día llegó. Estaba mirando una película de dibujos y de repente uno de los personajes salió de dentro de la televisión. No tenía alas, así que tuvo que agarrarse con las manos para salir de la tele y saltar al salón de casa.


—Ya estoy aquí —dijo—. He venido a llevarme tus juguetes.
—¿Tú eres el hada de los juguetes? —No me lo podía creer. No solo no tenía alas sino que parecía un monstruito; era redondo con las piernas y los brazos muy cortos y la nariz muy grande y tenía voz de chico, no de hada.
—Sí, ¿qué esperabas?
—Pues pensaba que tendrías una varita mágica, como mínimo.
—No la necesito, tengo los dedos —dijo chasqueándolos—. ¿Ves? Así hago que aparezcan y desaparezcan los juguetes. Por cierto, tú tienes muchos. ¿No tienes algún saco por aquí donde pueda meterlos? Además, están casi nuevos… ¿Por qué no juegas con ellos?
—No me gusta jugar solo. Es muy aburrido. ¿Y tú cómo te llamas, hado o hada?
—Me llamo Willie y soy tu hado particular. Y eso de que no te gusta jugar solo, ¿es que no juegas con tu mamá o tu papá? Recuerdo cuando te regalaron este puzzle, hace dos años; lo completasteis los tres juntos.
—Hace ya mucho que no lo hacemos. Ni jugamos al Parchís. Ni me leen cuentos, porque ahora ya sé leer y puedo hacerlo solo. Ahora ya soy mayor. Puedo hacer tantas cosas solo que siempre estoy solo. A veces pienso que mis padres no me ven.
—Igual que tú ya no ves a tus juguetes.
—Exacto.
—Mmm…
—Oye, Willie, ¿tú no podrías aparecerte a mi mamá y decirle que si no juega más conmigo me harás desaparecer y me llevarás a otras mamás que sí jueguen con sus niños?
—¿Crees que así ella volvería a jugar contigo?
—No lo sé, pero lo podíamos probar. A mí siempre que ella me dice que te vas a llevar mis juguetes me entra mucho miedo de perderlos. No quiero que los tengan otros niños, aunque yo no les haga caso. Creo que si de repente no los tuviera me daría cuenta de lo mucho que los quería. A lo mejor a mamá le pasa lo mismo conmigo.
—Tienes razón, podemos intentarlo.
—Pero tendrás que pensar en algo ingenioso, porque ella no cree en las hadas y menos en los hados. Tú, por ejemplo, eres su invención; ella no cree que existas de verdad, solo me habla de ti porque le molesta verme embobado delante de la tele o enganchado al Ipad.
—Ya veo… ¡Vaya con tu mami! Tendré que meterme en sus sueños, no hay más remedio. Bueno, pues te dejo, ¡tengo trabajo que hacer!
—¡Espera, espera!

Quise detenerlo para hablar un poquito más con él, preguntarle de dónde venía, si había un mundo mágico detrás de la pantalla de la tele, si me podía llevar a él… pero Willie desapareció tan rápido como había aparecido, apoyando las manos en el margen de la tele y dando un salto. Una vez dentro, se giró un momento y me saludó con una mano, sonriendo. Me quedé un rato mirando la pantalla y de repente volví a oír las voces y ver las imágenes de los dibujos, pero no atendía a nada. Desperté de mi ensoñación con la voz de mamá, que entró en el salón y dijo:

—Ya estás otra vez con esa cara de bobo que te pone la tele.
—Creo que tienes razón, mami, la tele me está poniendo tonto, me hace imaginar tonterías. Me voy a la cama.

Mamá me miró sorprendida y me dio un fuerte abrazo y muchos besos. Normalmente no quiero irme a la cama y es ella la que me lo tiene que repetir un montón de veces y recordarme que me tengo que lavar los dientes. Bueno, creo que es eso lo que dice, porque la verdad es que no la escucho, igual que ella a mí, solo oigo el murmullo de su voz, que no cesa y suena muy enfadada e insistente, hasta que para de repente, igual que la televisión, porque ella la apaga y se mete delante y con los brazos en jarras grita: «¡Que se acabó la tele, he dicho!»

Así que ese día me fui a la cama sin pelearme con mamá. Ella contenta y yo pensando en Willie, mi nuevo amigo imaginario. Al día siguiente tenía que ir al colegio, pero no oí los gritos de mamá desde la cocina apremiándome para que me levantara. No, en vez de eso, estaba sentada al borde de mi cama y me acariciaba el pelo. Abrí un ojo para asegurarme de que no soñaba, y ella me sonrió. Se pasó todo el rato hasta que me dejó en las puertas del colegio mirándome de una manera muy rara, mientras yo me tomaba el chocolate y luego me preparaba la cartera, y lo más alucinante es que no me gritó ni una sola vez.

—¿Qué te parece si montamos algo juntos de Lego? —me propuso por la tarde cuando llegamos a casa.
—Pero tengo que hacer los deberes —dije sin poder creer que ella no estuviera ya insistiendo en que los hiciera.
—Lo de los deberes nunca lo he entendido. ¿No te pasas todo el día trabajando en el colegio?
—Sí, pero… es que si no los hago me castigarán, ya lo sabes.
—Pues ya hablaré yo mañana con la señorita. Hoy vamos a jugar, no hay deberes.
—¿Y tú no tienes que trabajar? —le pregunté con cautela—. ¿No te encuentras bien?
—Claro que me encuentro bien, estupendamente —rió mamá—. Hoy tú no haces los deberes y yo no trabajo.
—¿Así que hoy no cenamos?
—¡Qué cosas tienes! ¿Por qué no vamos a cenar?
—Porque si no le haces caso al ordenador, ¿quién nos va a dar de comer?

Mamá se rió y me abrazó muy fuerte otra vez, y sacamos el Lego y montamos algo juntos. Era muy raro, porque ella nunca antes había montado nada conmigo; siempre decía que no tenía imaginación para eso y que yo podía hacerlo solo. Y mientras buscábamos piezas y hablábamos del super dragón de ninjas que estábamos construyendo, dijo:

—¿Sabes el hada de los juguetes de la que siempre te estoy hablando?
—Sí, claro. Hoy no creo que venga a llevárselos porque sí que estoy jugando con ellos.
—No, no se los llevará nunca, ¿cómo va un hada a llevarse los juguetes de los niños? Eso sería muy cruel y las hadas son buenas. Yo no debería habértelo dicho; te pido perdón.
—Pero mami, si ya no juego con los juguetes no me importa que el hada se los lleve a otros niños. Eso no es cruel, a otros niños les hará felices.
—Yo no juego siempre contigo, pero no soportaría que un hada te llevara a otra mamá.
—No es lo mismo, mami. Yo estoy vivo pero los juguetes no. Toy Story es solo una película, no te creas que eso pasa de verdad.

Mamá volvió a darme un achuchón, me dijo cuánto me quería, y después de un ratito añadió:
—Además, el hada de los juguetes no es una hada sino un hado, se llama Willie y no tiene alas.

jueves, 20 de diciembre de 2012

«45 segundos», un relato

 
Llevo al menos cinco minutos sentado en la tabla, con las piernas a cada lado colgando dentro del agua y las manos chapoteando, de puro aburrimiento. Empiezo a sentir el frío congelarme las manos y los pies desnudos. Los dientes me castañean sin control, tengo la cara pálida y los labios morados. Dentro de menos de una hora todo mi cuerpo se teñirá de diferentes tonos pálidos y morados. Dentro de menos de una hora estaré muerto.

Pero mientras espero a que llegue la próxima ola todavía no sé que este día de frío otoño es el de mi muerte. Si lo supiera, ahora mismo nadaría hacia la orilla y daría el día por terminado. Por otro lado, si alguien o algo —un ángel, una voz, un presentimiento— me avisara de lo que va a pasar, no les creería y me quedaría donde estoy. El significado de eso debe de ser que no puedo escapar a mi destino, que ya está escrito.
       
No estoy cansado y quiero más. Hace más de una hora que estamos aquí, David, Tony y yo, y hemos pillado buenas olas. Y cuanto más buenas son más queremos. Ahora miro a mi derecha y a lo lejos puedo discernir sus perfiles entre las figuras de otros surfistas, todos escudriñando el horizonte. Si viene una buena ola se pondrán a manotear el agua como locos para alcanzar la cresta, y el frío que se les cala en el cuerpo se evaporará. Desde aquí se ven demasiado apretados, como si se tocaran unos a otros. Yo necesito mi espacio, así que estoy aquí solo, alejado. Supongo que por estar desmarcado, destaco y por eso me elegirán a mí. Elegirán a lo que parece una foca solitaria para saciar su hambre.

Lo curioso es —¿o debería decir irónico?— que esta foca no debería estar hoy en el lugar equivocado a la hora equivocada. Mi presencia aquí se decidió de improviso anoche, en el pub. Entre cervezas —creo que yo iba por la quinta o quizás la sexta, no sé, es difícil seguir la cuenta— empezamos a soltar salvajadas incoherentes hasta que uno de nosotros dijo por fin algo razonable: ¿Por qué no vamos a Santa Margarita el fin de semana? El pronóstico del tiempo pinta bien. Eso dio la noche por finalizada y dejamos de beber. (Ahora que caigo, se me hace extraño pensar que nunca más volveré a tomarme una cerveza). Saldríamos a las cuatro de la mañana para llegar justo antes del amanecer. Eso quería decir que me quedaban seis horas de sueño a partir de cuando llegara a casa. No era muy tarde así que llamé a Michelle para anular el plan de pasar el fin de semana juntos. Ella había salido con sus amigas para celebrar una despedida de soltera. Pareció contenta al oír mi voz, sin duda estaba ya más que achispada. No quise alargarme para no distraerla demasiado ni darle oportunidad a un reproche. Lo siento, cariño —le dije y noté al instante el efecto positivo que la esporádica palabra «cariño» causó—, tendremos que dejarlo para el próximo fin de semana. Mañana las olas estarán que ni pintadas y no nos las podemos perder, bajamos a Marga.

Tengo veintinueve años y esta es la relación más larga que he tenido: tres meses, para mí, una eternidad. Aun así, mis prioridades no han cambiado. Ella se mueve con cautela y acepta que el mar es mi primer amor. Aunque no hace surf, comparte este amor y no es celosa de él, y eso me hace pensar que me quiere. Sabiendo que me adora, yo tengo más libertad de seguir siendo quien soy, con lo bueno y sobre todo lo malo que eso conlleva. Podríamos decir que la figura dominante en esta relación soy yo. Quizás por eso haya durado tanto. No sé si la quiero, pero sé que es maravillosa, loca y atrevida. Puede que eso nos haga almas gemelas. Si le molestó el cambio de planes de anoche, es demasiado lista para haberlo demostrado. Divertios, te veré la semana que viene —esas fueron sus últimas palabras dirigidas a mí. Vale, nos vemos —dije yo. Y resulta que los dos mentíamos. No volveremos a vernos nunca más.

Si hubiera sabido que no iba a  volver a verla le habría dicho que la quiero, incluso sin estar seguro de ello. Cuando uno se va a morir, ¿qué más da que no sea verdad?, mejor que ella creyera que fue de la única mujer que estuve enamorado. Además, habría recordado mis últimas palabras durante años y años y habría sido algo bonito para contar a la familia y los amigos. Por otro lado, como nunca le he dicho nada parecido antes, se habría extrañado y después de mi muerte le habría dado vueltas al porqué dije lo que dije, ¿es que sabía de alguna manera que iba a morirme? No, no lo sabía. Si lo hubiera sabido, tal como he dicho, habría intentado evitarlo. Mirado de esta manera, es muy poco realista que le hubiera dicho que la quiero anoche por primera vez y por el móvil, con la música y los sonidos de gente en proceso de embriaguez como telón de fondo a ambos lados de la línea.

De cualquier manera, yo no debería estar aquí. Debería estar pasando el fin de semana con Michelle. O no, porque... ¿no decido siempre todo en el momento, sin planear nada? No importa, no puedo seguir comiéndome el coco con «y si hubiera hecho esto y si hubiera hecho lo otro». Estoy aquí, me guste o no me guste. Ellos están aquí —y eso sí que no me gusta, aunque todavía no lo sé—, acechando bajo la superficie desde poca profundidad. Pelearemos durante cuarenta y cinco segundos. Ellos ganarán; son dos contra uno. Yo perderé. Moriré. Y estos son los hechos. No hay nada que nadie pueda hacer, es ya demasiado tarde.

Mientras siento el primer mordisco, que es en la tabla y es el que me hace tambalear y caer al agua, mi mente se inunda con mil pensamientos a la vez. Primero viene la sorpresa —¿qué puede ser?, ¡una ola no!— y entonces, al ver qué es, la inmensa, casi incontenible conmoción. La mandíbula se aferra a la tabla y detrás de ella aparece la cabeza. Con el crujido, que me parece ensordecedor, yo caigo al agua y la tabla salta por los aires. Ahora solo pienso en una cosa: nadar lo más lejos posible. Pero no puedo: viene a por mí.

Antes de sentir el primer empujón logro gritar con toda la fuerza de mis pulmones. Me agarro a una aleta y le golpeo la cabeza una, dos, tres veces. Nunca he pegado a nada o a nadie con tanta violencia y empiezo a sentir las uñas rasgándome las palmas de las manos y los nudillos cortándome la piel. Sigo voceando y pegando fuerte, esperando asustarle, pero se me escapa de las manos. Oigo voces que no son la mía, vienen de la playa. ¡Venga, amigo, nada, nada, tú puedes! Y entonces veo al otro, moviéndose en círculos alrededor de mí.

Un centenar de cuchillos me perforan el abdomen y un regusto amargo de cerveza y pizza me sube a la garganta. La espuma está teñida del rojo de mi sangre. Los chicos de la playa siguen gritando, animándome. Uno de ellos vendrá a rescatar mi cuerpo ya sin vida, arriesgando la suya propia al meterse en este baño de sangre. Pero de momento todavía no sé que me voy a morir. De hecho, estoy pensando en los titulares de los periódicos si escapo de esta. Si vivo para contar la historia me convertiré en una especie de héroe. Esta idea me mantiene fuerte, pero ya no puedo moverme. El segundo bocado me perfora la arteria femoral.

De repente tengo sueño y me vienen a la cabeza los recuerdos más extraños. Me veo comiendo gusanos de seda a los tres años y a mamá riñéndome por eso, saliendo a pescar con papá, comiendo la tarta de limón y merengue de la abuela, haciendo surf por primera vez en la playa de la Golondrina a los doce años, poniéndome ciego en mi fiesta de cumpleaños a los veintiuno, buceando y cazando langostas con Mick, haciendo surf por las playas de todo el mundo, mandando a Gabi a la mierda, pasando la noche en comisaría por «violencia callejera» en San Fernando, haciendo el amor a Michelle... Pequeños pedazos de mi vida se repiten delante de mis ojos. Así que ha llegado el momento: me estoy muriendo. ¿No es esto lo que dicen que pasa cuando uno se muere?

Pero no tengo miedo, incluso ahora. No siento pesar ni tristeza y no me arrepiento de nada. Solo siento el dolor que me va a hacer perder la conciencia. Y de repente: felicidad y gratitud por la vida que he tenido y por estar aquí ahora, haciendo lo que más me gusta. Si el tiempo se pudiera parar cuando todavía me queda un segundo de vida y algo o alguien —un ángel, una voz, un presentimiento— me dijera que tengo una última oportunidad de volver atrás, de evitar mi destino, seguiría sin escuchar. Solo quiero tumbarme aquí en el mar y mirar el cielo desde mi lecho eterno. Estoy muy cansado. Luego me levantaré y seguiré haciendo surf.




Este relato lo escribí en memoria de mi querido amigo Brad Smith, que murió en las circunstancias exactas que se relatan aquí, atacado por dos tiburones blancos el 10 de julio de 2004 en Gracetown, Western Australia. Los nombres de las personas y lugares del relato y su última noche son ficticios. Michelle no existió. Smithy, como le llamábamos cariñosamente, no tenía novia, ni coche, ni casa. Trabajaba a temporadas para poder viajar en busca de las mejores olas del mundo. Cuando estaba «en casa» vivía con sus padres, aunque pasaba más tiempo en el mar, haciendo submarinismo, surfeando, pescando o navegando en barco. Tomó su última ola muy cerca del lugar que le vio nacer.

                          Brad Smith, 23 de septiembre 1974 - 10 de julio 2004