Carmen Grau, lectora, viajera, escritora y mamá independiente.
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domingo, 16 de marzo de 2014

Historia de una librera

A los veintidós años escribí mi primera novela. Nunca intenté publicarla, pero hace mucho tiempo que está reposando y algún día volveré a leerla, quizás reescribirla. Apenas recuerdo nada sobre ella, pero sí que la protagonista trabaja de dependienta en una librería de Barcelona. Era un trabajo que a mí me habría gustado tener y decidí vivirlo a través de un personaje de ficción.
Muchos años más tarde encontré una librería de segunda mano cerca de donde vivía entonces, en una pequeña ciudad de Australia. Era la mejor librería «de viejo» que había visto jamás porque allí lo único viejo era el precio de los libros. Eran de segunda (o tercera o cuarta) mano, pero estaban en perfectas condiciones. El dueño empleaba horas cada día en su casa puliendo los que tenían las hojas demasiado marrones, forrándolos, o quitándoles las manchas de café de las cubiertas. Aprendí eso y muchísimas cosas más durante los más de dos años que tuve el placer de trabajar allí.
Me presenté con las manos vacías, solo yo y mis palabras:
—Me encantan los libros y me gustaría trabajar aquí.
Al jefe le gustó mi actitud, pero cuando al día siguiente sí le llevé el currículum, me dijo:
—Me temo que estás sobrecualificada. Yo te contrataría solo de dependienta y no podría pagarte mucho.
No se lo dije entonces ni nunca, pero la verdad era que habría trabajado allí aun sin cobrar nada. Así que los $14 la hora (menos de la mitad de lo que cobraba dando clases de español e inglés en una academia de Perth) fueron como un regalo.
Con plena confianza le aseguré al jefe que yo sabía mucho de libros, porque leía mucho. Al cabo de unos días me dijo que él apenas leía porque no tenía tiempo, pero sabía mucho más de libros que yo.
—Pero ya aprenderás. Lo que tienes es muy buen customer service y eso me gusta.
En cuanto entraba alguien en la tienda yo enseguida entablaba conversación. La mayoría sabía lo que quería pues se trataba de clientes asiduos, pero algunos llegaban en busca de una recomendación. Entonces yo me sentía en mi elemento, pero tenía razón el jefe: tuve que aprender mucho, por ejemplo, los nombres de las autoras de novela romántica que en inglés abundan y se venden como pipas. También tuve que estudiar las obras de muchos autores a los que hasta entonces no había prestado atención, y cómo escriben, como quién escriben, qué acaban de publicar… Lo más importante no era que hubieran ganado el Man Booker o el Pulitzer, sino que fueran superventas (la sección de literary fiction era una de las más pequeñas y menos visitadas de la librería).
Pocos meses después ya era capaz de hablar de la obra de cualquier autor aun sin haberlo leído, y venderlo de manera que el cliente no volviera al cabo de dos días y me tirara el libro a la cabeza. La clave estaba en averiguar qué tipo de lector era, por ejemplo, preguntando qué novela acababa de leer o cuál le había gustado mucho. Cuando quien pedía sugerencias era alguien con gustos parecidos a los míos, le recomendaba algunos de los mejores libros que he leído en mi vida. Una de las satisfacciones más grandes de ese trabajo era (y sigue siendo) que un cliente regresara para decirme que le encantó el libro que le recomendé.
Aparte del trabajo de dependienta, yo aspiraba a saber todo lo que hay que saber para llevar una librería. El jefe respondía a todas mis preguntas y enseguida empezó a adjudicarme más responsabilidades. La tienda abría todos los días; los fines de semana había más trabajo y los domingos me encargaba de todo yo sola. El jefe no tenía vacaciones desde hacía más de dos años y un día me preguntó si me veía capaz de quedarme al mando durante dos semanas mientras él se iba a Bali con su familia. Le aseguré que podía marcharse tranquilo. Fueron dos semanas de trabajo muy intenso —apenas tenía tiempo para comer— pero valió la pena: vendí muchísimo y el jefe se quedó encantado. Entonces me dijo algo que guardo en la memoria para rescatar en momentos de pérdida de entusiasmo:
—Nunca he tenido a nadie como tú. Desde el principio supe que tenías algo especial, pero no sabía qué. Ahora lo sé: pasión, tú trabajas con pasión.
—Es verdad: yo, o disfruto con lo que hago, o no lo hago; antes prefiero vivir bajo un puente.
—Pero no me pareces el tipo de persona que trabaje así de a gusto para otros. ¿Has pensado en montar tu propio negocio?
—Por supuesto. I’m just picking your brain.
No sabría cómo traducir esa expresión: mi intención era aprender lo máximo del jefe para quizás algún día fundar mi propia librería.
Después de esas dos semanas quien se tuvo que tomar un descanso fui yo, porque aparte del tute que me pegué, estaba embarazada y sufriendo las molestas náuseas de los primeros meses. A medida que avanzaba mi embarazo, tuvimos que dejar claro cómo quedaba mi situación laboral. Yo no quería perder el trabajo, pero siempre había tenido muy claro que el día que tuviera un bebé, todo lo demás sería secundario. El jefe tampoco quería perderme, así que llegamos a un feliz acuerdo y a las dos semanas de haber dado a luz, regresé al trabajo. Metí al bebé en una bandolera como había visto hacer a tantas mujeres trabajadoras lejos del mundo occidental, y me lo llevé a la librería. Solo que yo no lo llevaba a la espalda, sino delante porque me era más cómodo y me sentía más cerca de él. El primer día el jefe me dijo:
—Creía que ya habías parido.
—Mi adaptación a este país es total: soy marsupial.
Fui mamá canguro y librera durante casi un año más, en el que el jefe volvió a dejarnos al mando durante otras dos semanas. Las cosas se complicaron un poco cuando el bebé empezó a gatear; más aún cuando descubrió lo divertido que era sacar los libros de las estanterías y tirarlos al suelo. Había llegado el momento de tomar una determinación: el trabajo y el niño a la vez ya no podían ser. Al final tuve que dejar la librería porque nos fuimos a vivir a Malasia y a la semana de estar allí supe que estaba embarazada de mi segundo retoño.

Siguieron casi tres años en los que la sociedad todavía insiste en afirmar que «no trabajé», aunque en realidad fueron los más laboriosos de mi vida. Nunca he dejado de leer a diario, pero durante esa época apenas escribí (tres o cuatro artículos para una revista y algún que otro correo electrónico) y me sentí intelectualmente muy desconectada del mundo. Cuando volvía a Australia de visita, me gustaba ir a ver a mi antiguo jefe para hablar de la librería y los libros. Le iba bien, aunque siempre lamentaba no haber encontrado a nadie tan dedicado como yo y ya no poder irse de vacaciones.
El día que mi segundo bebé cumplió un año regresamos a Australia después de haber vivido unos diez meses en Singapur. Nos habíamos trasladado a «la casa del sur» —la llamábamos así cuando teníamos dos casas— y mi antiguo trabajo, que podría haber recuperado, me quedaba demasiado lejos, a dos horas y media en coche. Sin embargo, siempre que tenía oportunidad, me pasaba por mi librería favorita. Fue más o menos en esa época, a mediados de 2009, cuando el jefe empezó a decirme que las cosas ya no iban tan bien: las ventas de libros habían bajado en un 20% y ya no podía permitirse tener a ningún empleado; se repartían todo el trabajo entre él y su mujer. No solo no vendían sino que se les estaban acumulando los previously loved books —un eufemismo muy usado por estas tierras— de los lectores que se los entregaban a carretillas. Un día su mujer me dijo:
—¿Tú no podrías encontrar ahí en Dunsborough alguna librería que aceptara todos estos libros y me pagara dos dólares por ejemplar vendido?
Pensé unos segundos antes de responder:
—Es que en Dunsborough solo hay una librería y… la verdad es que no es muy atractiva ni el personal muy amable. Yo, si tengo que comprarme un libro, antes de entrar en The Bookstore conduzco media hora hasta el pueblo de al lado.
Y entonces tuve una inspiración.
—¡Me los llevo yo! No sé cómo lo haré, pero ya encontraré alguna manera de venderlos.
La mujer del jefe accedió a darme tantos libros como quisiera con el acuerdo de pagarle dos dólares por cada uno que vendiera y devolverle el resto.
—Mejor te los pago todos ahora, como si ya los hubiera vendido —resolví.
Mientras metía las cajas repletas de libros en el maletero de mi coche, en los asientos de atrás, en el del copiloto y en cualquier espacio aprovechable, me invadió una emoción que todavía siento, cinco años después de haberme metido en esto, cada vez que compro un buen lote de libros. Por un lado, era como tener un tesoro: yo misma había escogido los libros, seleccionando solo los más populares, de mayor calidad literaria y los mejor conservados. Por otro lado, no tenía ni idea de cómo convertir esa mina de oro en dólares para recuperar al menos los casi trescientos que acababa de invertir.
Se me ocurrieron varias ideas, entre las que descarté enseguida alquilar un local, incompatible con mis circunstancias y estilo de vida. La mejor todavía me sigue pareciendo lo que les propuse a los propietarios de varios cafés de Dunsborough: añadir una estantería con todos mis libros para crear un bookcafé. Yo no podía dedicar las horas necesarias a vender los libros, pero se venderían solos, y yo solo iría a renovar el inventario y recoger las ganancias. Estaba convencida de que ambas partes nos beneficiaríamos, pero nadie aceptó. Así que seguí pensando y mientras tanto conseguí vender algunos libros a través de anuncios, y recuperé $125.
Tardé un mes en dar con la solución: el mercado del pueblo. En aquella época tenía lugar en un local —ahora es al aire libre— y la primera vez no tuve más que llevar las cajas de libros. Aun sin saber cómo me iría, volví a visitar al jefe para comprar otro lote de ciento cincuenta libros. Pagué $15 y me asignaron una mesa, en la que dispuse un mantel y unos doscientos libros pulcramente expuestos en orden alfabético. Como topes, en los bordes de la mesa coloqué ladrillos forrados de una tela preciosa que había cosido yo misma a mano. Recuerdo que ese primer día pensé que si ganaba $30 ya habría valido la pena el esfuerzo. Los libros tenían un precio de entre $3 y $10 dólares; alguien me preguntó por qué eran tan baratos, ¡si parecían nuevos y en las librerías costaban al menos $25! Exacto: ese sería el secreto de mi éxito. En un solo día vendí unos treinta o cuarenta libros y recuperé $250.
A partir de entonces asistí al mercado cada dos sábados. En un par de meses ya acumulaba beneficios. Compré más libros de mis antiguos jefes y también de otras fuentes; sabía dónde buscar porque eso también lo había aprendido en la librería. Visité otros mercados, de las localidades vecinas, y empecé a ir cada fin de semana. Me compré una marquesina y mesas plegables para los mercados exteriores. Además, encargué etiquetas y tarjetas, me hice autónomo y registré el negocio legalmente con el nombre de Dunsborough Books. El amable señor que me atendió en la oficina de South West Small Business Office me dio un montón de información sobre cómo llevar una pequeña empresa, además de ofrecerme cursillos que no tomé (no tenía tiempo; los niños seguían siendo mi prioridad y yo solo dedicaba a los libros los fines de semana). También me dijo que eso de tener un puesto ambulante era una idea excelente, y que había gente —en su mayoría jubilados— que vivían mejor de ese hobby de lo que lo habían hecho toda la vida con un trabajo «seguro». Sí, ya me había dado cuenta muchas veces de que la gente mayor son los que mejor viven, al menos en este país. Pero yo no quiero esperar a estar jubilada para vivir bien porque, además, no pienso dejar nunca de trabajar; para mí el placer y el trabajo siempre van unidos —creo que ya lo he dicho.
Durante un año me fue muy bien, pero creo que fue a partir del segundo cuando empezó a irme de maravilla. Había conseguido un buen puñado de clientes fieles que volvían siempre a mí en busca del libro bueno, bonito y barato que yo les ofrecía. Curiosamente, no hablaban de Dunsborough Books sino de the book lady; así es como siempre me han llamado. El día más memorable de toda la historia de Dunsborough Books fue el sábado 23 de abril de 2011. Aproveché el Día Internacional del Libro y de la Rosa para diseñar un cartel explicando su significado, y debajo coloqué una mesita plegable con un dragón, un caballero y una princesa de Playmobil. Tal como había esperado, la gente me preguntó curiosa qué era todo aquello, y yo descubrí, sorprendida, que aquí la mayoría de gente desconoce incluso que los libros gocen de un día internacional. Ese 23 de abril gané $600 por seis horas hablando de libros y literatura. Fue la única vez que no lamenté estar en Barcelona en día tan señalado. Lo único que salió un poco mal fue que muchos niños querían llevarse el dragón a casa y me cansé de repetirles que lo único que estaba en venta eran los libros.
Cuando Dunsborough Books estaba en la cima de la montaña y, trabajando solo los fines de semana, me proporcionaba un sueldo equivalente a lo que ganaba con un trabajo bien pagado en Perth de lunes a viernes de nueve a cinco, empezaron a salirme imitadores. Hasta entonces no había visto a nadie que vendiera libros como nuevos al precio que los vendía yo. Mi cash flow bajó considerablemente, pero lejos de abatirme, ese hecho me halagó como si García Márquez me hubiera plagiado. Yo fui la primera, pero no era necesario anunciarlo: la gente ya lo sabía. Aun así, llegó un momento en que ya no me salían a cuenta los madrugones y el trabajo a la intemperie en invierno, no por el dinero de menos que estaba ingresando, sino porque ya no lo disfrutaba. Continué fiel al mercado de Dunsborough (donde no tenía competencia), pero dejé de ir a los de las localidades vecinas.
Desde hace dos años ya solo le dedico a Dunsborough Books seis meses del año, los del buen tiempo. La crisis del libro también se ha notado en esta parte del mundo y han cerrado muchas librerías, entre ellas, la de mis antiguos jefes. En octubre del año pasado renové el seguro y firmé el contrato para asistir al mercado de Dunsborough durante los siguientes seis meses, hasta abril, pensando que quizás será el último año que lo haga. Ahora no gano con la venta de libros ni la mitad que hace cuatro años, aunque me sigue gustando mucho. En 2012 usé el nombre de mi pequeño negocio para crear mi propio sello editorial, así que Dunsborough Books sigue procurándome pequeños beneficios por otro lado.
Para mi sorpresa, la temporada empezó muy bien. En octubre y noviembre las ventas fueron mejores que el año anterior y pensé, animada, que si se mantenían, el año que viene continuaría. Sin embargo, mi motivación renovada se vio truncada con una sola llamada de teléfono. Los organizadores del mercado me informaron de que el dueño de The Bookstore se había quejado de mi presencia en el mercado, se había puesto en contacto con el shire (condado) y había amenazado con llevarnos a juicio si no retiraba mi puesto de venta de libros inmediatamente.
Nunca entro en la que sigue siendo la única librería del pueblo. Hace un par de años cambió de dueño, pero no mejoró en nada la tienda o la atención al cliente. No era de extrañar que le fuera mal, pero que yo le supusiera de repente una amenaza era una idea totalmente absurda.
De entrada, me desanimé al momento. Alguien me aconsejó que llamara al shire, fuera a juicio, ¡peleara!, pero como siempre, preferí escuchar a mi voz interior. Y no hice nada, porque yo en este aspecto no soy peleona: si alguien me pone obstáculos en el camino, tiendo a buscar otro camino. Aunque sentí un momento de lástima por mí misma, se me pasó enseguida porque mi vida no depende de esto; tengo otras fuentes de ingreso y otras ideas para seguir viviendo como me gusta y además vivir de ello. El propietario de The Bookstore, en cambio, debía de estar muy desesperado para haber actuado así. Además, tenía que ser una persona con muy poca visión, tanto de futuro como de presente. Aun sin conocerlo —preferí no ir a verle, en parte porque él sí sabe quién soy yo— me dio pena. Quizás no tuviera ni para pagar el alquiler del local. Al poco tiempo me enteré de que, en efecto, estaba con el agua al cuello, y en busca de un comprador para su negocio desde hacía un año.
Los organizadores del mercado me dijeron que si encontraba alguna otra cosa que vender, quizás algo que pudiera hacer yo misma, podía conservar el puesto, y me dieron un par de semanas para pensar en algo.
¿Y si me pongo a hacer tortillas de patatas y gazpacho?, pensé. Seguro que tendría mucho éxito. Pero después de darle algunas vueltas, tomé la juiciosa decisión de no liarme con temas de comida. Para empezar, tendría que solicitar permisos que con los libros no necesito, pero lo más importante es que con la venta de libros nunca me llevo trabajo a casa, en cambio sí ocio al trabajo, porque soy mi propia jefa y en los ratos libres leo.
Sin muchas esperanzas, pedí a los organizadores que me llamaran si algo cambiaba. Estuve a punto de comunicar públicamente que Dunsborough Books dejaba de existir como librería. Pero fui dejando pasar las semanas y casi me olvidé de ese triste final. Podía explorar la posibilidad de volver a otros mercados, pero no tenía ganas y además yo soy de Dunsborough y mi empresa se llama Dunsborough Books, ¡no quiero irme de aquí!
Al cabo de dos meses, otra llamada de teléfono, tan inesperada como la primera pero llena de alegría, me trajo una buena noticia: The Bookstore acababa de cambiar de dueño y el nuevo, entendiendo y respetando las leyes del libre mercadeo, no me consideraba ningún peligro y por tanto podía volver a vender mis libros.
—Solo hay un pequeño problema —me dijo una de las organizadoras del mercado en mi primer día de vuelta—, y es que al propietario nuevo no le interesa el inventario de la librería y no lo ha comprado. Nuestro amigo se ha quedado con todos los libros y me ha pedido un puesto en el mercado.
Me pareció que estaba buscando mi aprobación, así que le respondí:
—Por mí no es problema. No es la primera vez que tengo competencia.
—Ya, pero es que yo no quiero tenerlo. No es un hombre agradable. Nos amenazó, nos habló mal, nos quiso denunciar y nos obligó a deshacernos de ti de un plumazo. Ahora quiere hacerte a ti algo de lo que te acusó y sin razón.
Me encogí de hombros. Ese no era mi problema y no seré yo quien juzgue a nadie. No sé quién es ese hombre. Supongo que lo he visto por el pueblo, pero no sé quién es ni me importa. Hace ya un mes que Dunsborough Books volvió al mercado, pero a él no le han dejado; se lo han quitado de encima con excusas de espacio o similares. A pesar de que apenas queda un mes y medio de temporada, he vuelto con las pilas muy cargadas y hasta con vistas a continuar el año que viene. Y es porque ese primer día de vuelta descubrí que la gente me había echado de menos. Una señora a la que no recordaba haber visto jamás, exclamó:
—¡Ah, my favourite book lady, has vuelto!
Empecé a explicarle la causa de mi desaparición pero, para mi sorpresa, ella ya conocía la historia.
—Todos pensamos que era muy injusto que se te tratara así —me dijo otra persona.
Unos y otros expresaron su alegría por volver a tenerme allí. Eso fue lo que marcó la diferencia para mí y lo que me decidió a seguir. Y a pesar de los dos meses que perdí, ahora me alegro porque de otro modo quizás no habría sabido nunca que a más de una persona le apenó mi ausencia. Se me ocurrió entonces que la justicia social sí existe.

martes, 16 de septiembre de 2014

Cómo se vende un libro

En este artículo me apetece escribir un poco sobre libros, aunque no creo que vaya a expresar nada nuevo, nada que todo el mundo no sepa ya. Aun así, voy a hacerlo porque es uno de esos asuntos parecidos a lo del carpe diem: todo el mundo lo sabe pero como parece que cuesta tanto aplicarlo, hay que seguir recordándolo.

Hablando de libros, no está bien decir que un libro es «bueno» o «malo». De hecho, no está bien decir eso de nada, y creo que tarde o temprano estos dos términos se considerarán políticamente incorrectos porque ¿quién es quién para juzgar? Para quedar como un señor o una señora, se dice «me ha gustado» o «no me ha gustado», o «lo recomiendo» o «no lo recomiendo». Y sobre gustos… los colores. Eso es lo que se dice, aunque a mí me parece más acertado afirmar que sobre gustos hay libros, pues en literatura hay menos unanimidad que en la gama cromática. Al menos yo no conozco a nadie que diga que su color favorito es el negro, el blanco o el gris. Tampoco jamás he oído a nadie afirmar: «Este color es el más maravilloso del mundo. Tienes que tenerlo en tu casa. Cambiará tu vida», y que a los dos minutos otra persona diga del mismo color: «Es el peor que he visto en mi vida. Si no existiera, el mundo sería un lugar mejor». Si sustituimos «color» por «libro», entonces ya sí puedo asegurar que he oído estas opiniones, y más de una vez. Pasa a menudo si una se dedica a vender libros.

Cuando empecé a trabajar de librera, lo primero y más valioso que aprendí fue que para tener éxito vendiendo libros, además de conocer a los autores y sus obras, hay que conocer a los lectores. La gran mayoría ya sabe lo que busca porque lee a menudo. Pero aún muchas veces me viene alguien en busca de una buena recomendación. En esas ocasiones, lo último que hago es recomendar un libro que acabe de leer yo o me haya gustado a mí. Antes debo averiguar de qué tipo de lector se trata y qué género literario suele leer. Entonces le hablo de lo que es más popular, lo que han opinado otros lectores, lo que más se vende, etc. Sobre todo, escucho siempre las opiniones y no dejo nunca de sorprenderme de lo dispares que llegan a ser aun tratándose del mismo libro. Aunque en realidad eso no debería sorprender. Leer es un ejercicio tan bueno para la mente precisamente porque exige mucho: el lector pone tanto de su parte que el hecho de que un libro le guste o no depende directamente de sus propias circunstancias.

El caso más impactante me ocurrió hace unos tres años y tiene como protagonista a la autora Elizabeth Gilbert, cuyo libro autobiográfico Eat, Pray, Love (Come, reza, ama) ha vendido más de diez millones de ejemplares en todo el mundo. Cuatro años más tarde publicó la continuación: Committed: a Skeptic Makes Peace with Marriage. En español la traducción del título es muy desafortunada: Comprometida. Una historia de amor. Si no conociera a la autora, yo misma pensaría que se trata de una novela rosa. ¿Qué varón va a leer ese libro? ¿Alguno lo ha hecho? Quizás si se hubiera traducido de otra manera… por ejemplo: Compromiso: una escéptica hace las paces con el matrimonio. En cualquier caso, no importa: es un libro dirigido sobre todo a las mujeres, para que sepan dónde se meten o, como mínimo, que sean conscientes de que el matrimonio beneficia más a los hombres que a nosotras y que siempre ha sido así. Bueno, tampoco importa: yo lo he sabido siempre, he sido siempre escéptica, y aun así sucumbí (y más de una vez…).

Yo había leído los dos. El primero porque hay ciertos libros que tengo que leer para averiguar a qué viene tanto alboroto (esta es una regla autoimpuesta que rompo a mi antojo y sobre todo si el libro no está bien escrito, como en el caso de las famosas sombras, por culpa de las cuales, además, me pasé dos años corrigiendo a innumerables personas que pronunciaban e incluso escribían mal mi apellido). Y el segundo porque una amiga de cuyo criterio me fío me habló muy bien de él. Y me gustó infinitamente más el segundo que el primero. Aparte de que es más serio, mejor documentado y menos melodramático, parece que la autora haya dicho: bueno, ahora que ya he vendido millones y la Roberts va a encarnarme en la gran pantalla, por fin puedo escribir sin esforzarme tanto en caer bien. Aun así (o precisamente por eso) no vendió como el primero (en la página web oficial de la autora no se facilitan cifras, lo que me hace pensar que se vendió poco). Yo he vendido muchos ejemplares del primero y unos pocos del segundo. El día de hace unos tres años al que me refiero, se acercaron a mi puesto de libros dos chicas de unos veinte y pocos años. Una de ellas vio Committed y lo cogió entusiasmada. Acababa de leer Eat, Pray, Love y le había gustado mucho. Ya estaba a punto de pagármelo cuando su amiga la detuvo. «No, déjalo. Es una mierda, una bazofia total, no tiene nada que ver con el primero», dijo, y la otra lo soltó con la misma rapidez y aprensión que había empleado mi hijo Alex días antes con un yogur después de que un amiguito le hiciera ver que el envase estaba decorado con dibujos de princesas vestidas de rosa.

Me quedé de piedra. Un poco como si yo misma hubiera sido la autora del libro, sin que esa lectora insatisfecha lo supiera, claro. Pero esa no era la primera vez que me pasaba algo así. En otra ocasión, una señora me había hablado con tal desprecio de otro libro autobiográfico superventas, que me picó la curiosidad. No me dijo que se trataba de una narración honesta, valiente, innovadora, rompedora de esquemas y prejuicios y, sobre todo, muy bien escrita. Solo me contó que la autora había cometido adulterio (¡a los cincuenta años!) con un hombre más joven que ella y también casado, y que después de que su marido la PERDONARA (bendito varón, se merece un monumento en el cielo), ella había tenido la desfachatez de contarlo todo en un libro. Lo que más me entristece del machismo son las mujeres machistas, pero en esa ocasión el resultado fue positivo: leí el libro y me encantó. Me impresionó tanto que leí todos los de la misma autora y después me puse en contacto con ella y mantuvimos un interesante intercambio sobre el feminismo, la comunicación entre madres e hijas y el acoso sexual al que nos hemos visto sometidas todas las mujeres en algún momento u otro (es algo tan normalizado que algunas no se dan cuenta de que lo sufren o han sufrido).

Los comentarios de mis clientes no me sorprenden; después de todo, no es su negocio vender libros y, como buenos humanos, ellos hablan bien o mal de los libros según su propia experiencia y circunstancias, no las de la persona a la que se dirigen. Un día una señora me dijo: «Pues deberías leerlo» de un libro que a ella le había gustado mucho y yo admití no haber leído. Pensé: ¿Y qué sabrá ella lo que yo debería leer?, si no me conoce de nada…, pero me limité a sonreír porque lo que me interesa es que la gente me compre libros, no que me los tiren a la cabeza; además, soy muy educada. Le doy importancia a cómo se usa el lenguaje y pienso que hay que escoger bien las palabras e incluso pensarlas antes de decirlas. Si la intención del que habla es hacer que la otra persona lea cierto libro, la elección de las palabras «deberías leerlo» no es la más adecuada. Si las usara yo, hace años que tendría que haber cerrado la paradita. (Por cierto, tampoco funciona con los niños).

Lo que sí me sorprende son los comentarios de otros escritores que se atreven a recomendarme sus propios libros o los de otros escritores. Últimamente me está pasando mucho. Me escriben autores para animarme a leer sus novelas, que son buenísimas. No sé por qué lo hacen: yo también escribo y por tanto soy lectora, pero no soy reseñista ni crítica literaria. Además, soy de esas lectoras experimentadas y exigentes que ya saben qué leer y qué recomendaciones seguir. He dado mi opinión personal y en privado a algunos colegas, pero siempre hago hincapié en que es solo mi opinión, adulterada con mis propias experiencias, prejuicios, lecturas previas y circunstancias personales. Respondo a todos esos desconocidos que me envían este tipo de solicitudes con más o menos las mismas palabras: «Gracias y suerte». Ojalá les funcione la estrategia, aunque lo dudo: a nadie gusta el bombardeo y menos por parte de gente con la que no ha tenido ningún trato antes. Imagino que no soy la única que recibe estas peticiones, pero si el autor de estas palabras: «podrás escudriñar los entresijos que se cuecen sobre esta apasionante novela, la cual espero que leas pronto y me comentes tus impresiones al respecto» ha enviado el mismo mensaje a tres mil personas, dudo que ni siquiera tres vayan corriendo a comprar y leer la novela (solo disponible en tapa blanda por €22). Para el propósito de este artículo, he investigado un poco sobre la novela en cuestión y he descubierto que está publicada por una de esas editoriales de coedición que cobran al autor por editar su obra, y de manera bastante chapucera. Y me da pena porque me atrevo a vaticinar que no va a vender nada. Quizás la novela sea «apasionante», pero ni la cubierta ni la sinopsis ni la manera de promocionarla lo son. En la página web de la editorial han colgado el enlace de una entrevista en televisión al autor, pero cuando he pinchado en él me he encontrado con este mensaje: «Maldición! No hemos encontrado esta página. La página ha sido movida o eliminada. Escriba la dirección correctamente». El autor de la novela no se ha molestado siquiera en averiguar que yo vivo en Australia y que obtener su novela me costaría unos cincuenta dólares. ¿Quién en su sano juicio iba a gastarse ese dinero por leer la obra de un autor novel y sin ninguna experiencia en el mundo editorial, cuando se pueden leer miles de novelas más atractivas y de forma gratuita o por menos de un euro?

Antes estaba convencida de que los escritores tenían que ser, por fuerza, seres muy empáticos (para ser capaces de ponerse en la piel de sus personajes). Ahora me doy cuenta de que, como ávida lectora, tenía a los escritores muy idealizados. He descubierto con sorpresa que no, que la mayoría son seres humanos como todos los demás, y algunos incapaces de comprender, por ejemplo, una crítica negativa de este tipo: «El libro es aburrido». El lector también es egocéntrico, está claro. El libro no es aburrido, lo que quiere decir es que a él personalmente le ha aburrido y por tanto piensa que al resto del mundo también y se atreve a expresarlo como si fuera una verdad absoluta. No todos los lectores escriben bien, no es su trabajo. Pero a mí lo que me sorprende es la reacción del escritor: «Que me diga que hay demasiada fantasía, o demasiada acción, o demasiados personajes… lo que sea, ¿pero que es aburrido? Mis libros tienen un ritmo trepidante, ¡no son aburridos!». Ejem, como lectora voy a dar mi opinión: hay libros con un ritmo trepidante, acción, y un montón de cosas más que aun así aburren y mucho. Todo depende, insisto, de las circunstancias del lector. En mi caso particular, si un libro está mal escrito (según mi propio criterio sobre qué significa estar bien o mal escrito) o trata sobre temas que no me interesan, es aburrido. No todos los lectores leen siempre para evadirse, para pasar un buen rato y olvidar lo que han leído a los dos días de haber terminado el libro. A veces, uno no se conforma solo con una lectura de verano y exige algo más de un libro. Por ejemplo, que le dé que pensar.

Se ve que hay escritores que de verdad piensan que su obra es de lo mejor que hay (aunque yo creo que en realidad no lo piensan, solo lo hacen ver por eso de hacerse valer). A mí hay libros que me han marcado, pero no calificaría a ninguno como lectura imprescindible, a no ser que forme parte de un conjunto. Por eso tampoco cometo el error de pensar que mis obras puedan ser imprescindibles para nadie. Y por eso doy las gracias a los que sí se interesan por leer algo mío. Nunca he aspirado a escribir nada que guste al vasto mundo ni he asegurado a todos que «os va a encantar». Así que no me duele tanto como a otros recibir críticas como esta: «No sé en qué momento la autora pensó que su historia nos podía interesar. A mí desde luego no me ha interesado en nada. ME he pasado todo el libro esperando que pasara algo» o esta otra, mi preferida: «No me ha gustado NADA. Es un relato aburrido de comentarios de gentes sin interés ni imaginación similar a las tardes de Telecinco de quien parece miembro la autora. No es posible dar 0(cero) estrellas?». A estos dos lectores no les ha gustado mi relato. Vaya, mala suerte. Pero lo han leído porque han querido. Yo no solo no se lo he pedido sino que pongo mis libros a un precio más alto del de la mayoría de obras de autores independientes precisamente para que los lectores no se precipiten al comprar, que lean antes el fragmento gratuito y que se aseguren de que van a leer algo que les interesa (aun así, está claro que a veces no funciona).


Soy vendedora de libros y, modestia aparte, sé un poco de cómo y por qué un libro vende o no vende. Pero para terminar ya, voy a hacer una pequeña confesión. A veces vendo con más pasión unos libros que otros, incluso cuando a mí personalmente no me han gustado o no he leído: pongo más empeño en las obras de autores españoles o latinoamericanos, en parte porque son una minoría entre la apabullante literatura anglosajona. He vendido muchísimos ejemplares de La sombra del viento en inglés, y también varios libros de Javier Sierra, Isabel Allende y Laura Esquivel. Los de Gabriel García Márquez no me duran ni cinco minutos. Conocí al autor del libro de la foto el año pasado en Madrid y este es el segundo de sus libros que he encontrado traducido al inglés; uno aquí, muy cerca de mi casa, y el otro en Bali.


miércoles, 16 de julio de 2014

Sí, yo también trabajo

Varias veces me han preguntado de dónde saco el dinero para tantos viajes. ¿De dónde lo voy a sacar? De mi trabajo, como todo el mundo. Esto sorprende a algunos. Ah, ¿pero tú trabajas? Algunos lo piensan, pero no se atreven a decirlo. Claro que trabajo: veinticuatro horas al día, siete días a la semana, trescientos sesenta y cinco días al año, y en años bisiestos, un día más. Que la sociedad no considere lo que hago como «trabajo de verdad» no es problema mío, sino de la sociedad.
No soy de esas personas que trabajan porque «tienen que» trabajar, pobres. Soy de las que trabajan porque disfrutan de su trabajo, y por eso no se retirarán nunca. Para mí no es ninguna obligación ni sacrificio. Hago de veras lo que me gusta, lo que yo he escogido sin que nadie me obligase. Eso no significa que trabaje menos que los que sí lo hacen porque «tienen que comer». Pero la gente ve lo que quiere ver: una mamá con la casa súper desordenada y dos niños (¡ahora tres!) que siempre están de vacaciones y moviéndose de un lugar a otro del planeta. ¿Y cómo se lo monta esta gente para vivir?
Pues os lo voy a contar…
Tengo varias fuentes de ingreso, aunque desde que soy madre no he hecho la declaración de la renta porque no he llegado al mínimo. Este año me fue por los pelos, el que viene ya sí pagaré impuestos como todo el mundo gracias a un nuevo proyecto que tengo en mente y me permitirá seguir educando a mis hijos en libertad y trabajando en mí misma, en lo que me apasiona y en lo que no tengo que rendir cuentas a nadie. Así que ya veis, no tengo tanto dinero como pueda parecer. Las apariencias engañan pero no porque yo quiera engañar a nadie, sino porque la gente tiende a pensar que todos llevamos un estilo de vida parecido, con responsabilidades y gastos similares. En realidad, yo llevo una vida muy sencilla, a pesar de los viajes.
Primero de todo, escribo. Digo «primero» porque es lo que hago nada más levantarme, horas antes de que salga el sol, cuando los niños aún duermen, no porque sea lo más importante. Me gusta escribir; siempre lo he hecho y siempre lo haré porque para mí es una pasión y una necesidad. Desde hace dos años y medio cobro dinero por la venta de mis libros —muy poco, pero para mí es un gran paso que miles de personas den valor al esfuerzo de toda una vida, aunque no lo haga por dinero. Además, realizo trabajos esporádicos de corrección y maquetación de libros electrónicos.

Segundo, llevo un pequeño negocio de libros de segunda mano. Aunque aquí ahora es invierno, este año estoy continuando con el trabajo «fuera de temporada». Si queréis saber más, podéis leer otra entrada de mi blog en la que explico mi Historia de una librera.
Tercero, mis hijos no han pisado jamás una guardería o el aula de un colegio. Ahora tienen seis y ocho años, así que debo de haber ahorrado ya varios miles de dólares que no gasté en uniformes, libros de texto, matrículas y demás. Pero si los niños no van al colegio, yo no puedo desempeñar un trabajo de nueve a cinco, ya que alguien los tiene que vigilar y guiar mientras se educan. La solución: el gobierno australiano me paga una pensión por ser «educadora en casa». Es un sueldecito. La verdad es que me merezco mucho más, pero eso solo lo sé yo; el resto del mundo me mira desde una distancia confortable —no se vaya a contagiar de ideas tan salvajes— y murmura: «Ya veremos cómo salen estos niños». Y yo siempre digo: «Pues eso, tendréis que esperar. Todavía son pequeños y no puedo demostrar nada que no queráis ver ya». Hay quien me ha llegado a decir: «Yo por suerte no lo veré. Me moriré antes».
No os creáis, sin embargo, que el gobierno me paga por tener la valentía de desafiar a su sistema educativo. Todo lo contrario: ellos pretenden que siga su currículum, pero en casa. Y tampoco pagan a todos los padres que deciden no llevar a sus hijos al colegio, solo a las madres sin marido que los sacan adelante ellas solas y no tienen ningún otro sueldo en el que apoyarse. Yo ya no tengo marido, y aunque esté mal decirlo, estoy muy bien así; hay personas que funcionan mejor sin pareja y yo soy una de ellas. En el momento en que ya sí tenga unos ingresos considerables —algo que, como digo, creo poder conseguir el año que viene— el gobierno dejará de pagarme la pensión de madre separada educadora, a pesar de que yo seguiré realizando ese trabajo todos los años que haga falta.
Cuarto y último: el padre de mis hijos paga por su manutención. Yo tengo la custodia absoluta, y por ley él no está obligado a pagar nada ya que no reside ni trabaja en Australia. Sin embargo, él ha escogido sí hacerlo y yo siempre he hecho todo lo posible por mantener un fuerte lazo de unión entre ellos tres. También según la ley, yo debería haberme quedado con el 67% de todos nuestros bienes materiales, pero no lo hice porque a mí las posesiones me agobian.
Eso es todo en cuanto al dinero que entra. Ahora hay que hablar del que sale.
Cuando viajamos, gastamos bastante. No hay vuelta de hoja: viajar es caro. Se puede ir de mochilero, pero yo no deseo dar la imagen de que sigo haciéndolo, porque no es cierta. Esa etapa de mi vida terminó. Quizás vuelva, no lo descarto, pero con niños no solo no se puede ir de tirado sino que someterlos a eso rayaría en el maltrato. Hay una edad para cada manera de ver el mundo, y con ellos estoy explorando otras maneras de viajar. Hace tres años alquilé una autocaravana durante un mes, como prueba, porque es algo que me gustaría repetir durante más tiempo; explico esa experiencia en Desconectar con unos, conectar con otros; un viaje por la Australia profunda. El año pasado fuimos un par de meses a una isla de Indonesia sin coches donde nos reunimos con otra gente «rara» y con una manera poco convencional de ver la vida. Y desde hace tiempo me ronda en la cabeza la idea de un crucero por el Mediterráneo (de pequeña me encantaba la serie Vacaciones en el mar y me hace ilusión enseñarles el Coliseo de Roma; ya conocen la Torre Eiffel de París y les encantó).
Cuando estamos en casa, sin embargo, no gastamos tanto como la gente «normal». Para empezar, la casa donde vivimos ya no es mía. Desde abril pasado es solo propiedad de mi exmarido. Nosotros nos quedamos en Australia, él se fue (no es una cosa buena ni mala, sencillamente, muy australiana). Así que la casa es suya pero somos nosotros tres los que seguimos viviendo aquí y le dejamos entrar y quedarse siempre que quiere venir de visita. Solo pago la factura de las telecomunicaciones y la del gas, que es un gasto mínimo. Tenemos paneles solares, así que no solo no pago por la electricidad, sino que la que sobra la vendo. Y sobra bastante porque no gastamos mucha; seguimos aprovechando la que nos da el sol gratis. Tampoco pago por el agua: tenemos un gran depósito que recoge la de la lluvia. Tenemos gallinas (el gallo murió) y a veces exceso de huevos, que regalamos a amigos o vendemos a buen precio. Y también árboles frutales y un huerto; ahí planto mis verduras favoritas. Ah, y trece olivos; este año hemos recogido miles y miles de aceitunas y he aprendido a procesarlas (tenemos para regalar y vender). En el supermercado también gasto mucho menos que la gente normal. No es por ahorrar, es por salud y porque a mí me gusta preparar las cosas yo y no que me lo den todo hecho. Hago yo misma el pan, la masa para la pizza, la mantequilla, el helado, la salsa de tomate… (tengo una Thermomix, gran inversión). No como porquerías como patatas de bolsa, gaseosas o bollos; es que no me gustan, y mi cuerpo enseguida se queja si lo hago. A los tres nos gusta el pescado. Aquí es caro (como todo en Australia), pero a nosotros a veces nos lo regalan. Los niños aprendieron a pescar hace tres años; yo me propongo hacerlo en serio este verano.
Otros gastos en los que no incurro y sí la mayoría de gente son fármacos y medicamentos. Ni mis hijos ni yo nos medicamos en absoluto, porque no lo necesitamos. A Dave lo llevé dos veces al pediatra cuando era bebé, a Alex nunca. No tengo nada en contra de esa noble profesión, pero en nuestro caso enseguida descubrí que yo sabía mejor que un extraño de bata blanca lo que tenía que comer mi hijo, lo que tenía que pesar y a qué horas tenía que dormir. Tampoco me gasté nunca dinero en un logopeda (aquí es raro el niño que no haya visitado al logopeda). En vez de eso, preferí investigar por mi cuenta y llegué a la conclusión de que el tartamudeo en los niños de tres o cuatro años es algo normal en la adquisición del lenguaje y lo hacen todos en mayor o menor medida. Sigo pensando que se le da una importancia desmesurada a los «problemas infantiles» de hoy en día y que el problema lo tiene la educación competitiva que se les pretende dar; muchos se arreglan sencillamente con una alimentación mejor. En cuanto al lenguaje, una amiga logopeda me dijo que me equivocaba; en cualquier caso, mis hijos ya no tartamudean, y además son bilingües en castellano y en inglés.
No suelo encontrarme mal, pero si un día me duele la cabeza, trato de descubrir la razón y jamás tomo nada; a menudo se va con una de tres: comida, ejercicio físico o reposo. Ni los niños ni yo nos hemos puesto enfermos desde que hace cinco años cogiéramos los tres un catarro que nos tuvo en casa inmovilizados durante tres semanas. Desde entonces… nada. A mí llegó a asustarme eso, durante un tiempo no me quitaba a Bruce Willis y el Sexto Sentido de la cabeza: ¿no será que estamos muertos? Qué va, todo lo contrario. No enfermamos porque somos felices, así de sencillo. Alguna gente me dice que en el caso de los niños quizás sea porque no van al colegio y «no se relacionan». Aish… Está claro que si fueran al colegio enfermarían más porque no serían tan felices, pero no hace falta relacionarse para contagiarse enfermedades, ¿no? Nosotros hemos compartido el reducido espacio de un avión con gente de todo el mundo al menos diez veces en lo que va de año, y aseguraría que ahí hay más transmisión de gérmenes que en el colegio del pueblo. Hace unos días en un estudio de la Universidad de Exeter se llegó a la conclusión de que respirar pedos es bueno para prevenir un sinfín de enfermedades. Puede que ahí esté la explicación de nuestro buen estado de salud, porque mira que se explaya la gente en los aviones…
Me gusta hacer ejercicio pero no voy al gimnasio. Podría, pero entonces tendría que pagar por eso y por que alguien me cuidara a los niños. Más fácil, barato y placentero para mí es salir a caminar, ir a buscar leña, saltar con los niños en la colchoneta, y no desaprovechar nunca la oportunidad de subir y bajar escaleras (no solo no me da vergüenza que toda la gente apelotonada en las escaleras mecánicas de aeropuertos y grandes ciudades me mire, sino que me divierte; siempre me pregunto cuántos de esos pagan la cuota del gimnasio cada mes). Nunca me ha gustado practicar deportes que requieren mucho equipamiento. He probado algunos, y los he disfrutado (sobre todo el submarinismo y el snowboarding) pero siempre he preferido las actividades que se pueden realizar sin demasiados gastos ni artilugios. Mis hijos tampoco practican ningún deporte de manera estructurada. Yo se lo propongo, les expongo, ofrezco pagar por las clases… pero prefieren correr y subirse a los árboles, así que respeto su decisión. Aprendieron a nadar mucho más tarde que el resto de niños de su edad, en piscinas de Indonesia, Malasia y Filipinas (las de Australia son insufribles, por la cantidad de cloro que les echan), y en el mar. Aún hay gente que me dice que debería apuntarlos a clases. Ellos no quieren, así que no lo hago; si algún día me lo piden, sí lo haré.
Tampoco gasto dinero en salud mental. No fumo, bebo poco —copita de vino— (aunque sé que me lo recordarás toda la vida, Rosa, te repito que lo de esa noche fue una excepción), no consumo drogas de ningún tipo, ni legales ni ilegales, y jamás he probado un antidepresivo (aquí son muy populares) ni visitado a un psicológo. Eso no quiere decir que me libre de los problemas mentales que padece la mayoría de adultos; simplemente, he escogido otra manera de hacer terapia: la introspección, la meditación y la escritura. No veo razón para que mis hijos visiten a un psicólogo, aunque donde vivimos también es algo muy normal, casi siempre por culpa del bullying de los colegios. Como los míos no van al colegio, si alguien les molesta o cae mal tienen la libertad de decidir no verlo más. Igual que yo: no me siento con la obligación de quedar bien con nadie y eso contribuye favorablemente a mi salud mental y física.    
En cuanto a la belleza, mis gastos ahí son cero. No voy a la peluquería, no me he sometido jamás a limpiezas de cutis ni ningún tipo de tratamiento popular o impopular —depende de quién hable— como el botox o las inyecciones en el vientre para reducir la grasa después del embarazo. Ni reducción ni aumento de pechos: los míos han crecido y decrecido de manera natural a lo largo de las diferentes etapas a las que se han sometido. No son lo más atractivo de mi cuerpo pero bien orgullosa de ellos que estoy: han cumplido a la perfección su misión más importante en la vida, que no es precisamente la de agradar a los hombres. Me gusta mi cuerpo tal como es. Lo quiero e intento mimarlo mucho, pero no pretendo cambiarlo. No me compro cremas caras para detener el paso de la vejez. Ni bronceadores ni cremas protectoras: salgo a saludar al sol para recibir el regalo gratis de la vitamina D y experimentar el bienestar inmediato que me proporciona el aire libre, pero me retiro al interior en las horas de máxima intensidad del verano. Ya paso de los cuarenta pero tengo suerte de no tener más que una o dos canas que encuentro alguna vez, arranco y echo al aire, así que de momento no me tiño. Voy a que me hagan un masaje solo una vez al año, el que me regala un amigo cada vez que cumplo años. No es que me prive de estos placeres, es que no los necesito ni me hacen sentir mejor; prefiero los abrazos de los niños y mis amigos.
No salgo por la noche porque aquí no hay night clubs y, de todos modos, a mí nunca me han atraído esos lugares. Me gusta quedar con amigos y conocer a gente, pero siempre disfruto más de cenas en casa que en los restaurantes. Esto es en parte porque cuando viajamos no tenemos más remedio que comer fuera casi a diario.
Nunca he pagado a nadie por cuidarme a los niños. Yo cuido a otros que no son míos y lo hago con mucho gusto. Algunas amistades también lo hacen por mí cuando lo necesito, y los abuelos cuando las circunstancias son propicias. A menudo tengo que llevármelos al mercado, así también aprenden. Y al banco, al súper…
Soy propietaria de un coche porque aquí es imprescindible. Acaba de cumplir diez años; tiene sus gastos pero nunca me ha dado ningún problema: siempre lo he cuidado bien. No gasto mucho en ropa o calzado porque me dura mucho y no tengo que vestir ni bien ni mal, solo como a mí me gusta… No tengo caprichos, en realidad soy muy aburrida: leo, escribo, viajo, hablo con desconocidos y juego con los niños, poco más.
Los niños consumen menos del dinero que cobro para su manutención. No creo que la austeridad deba imponerse y por eso jamás les he privado de nada. Les he comprado todos los juguetes que me han pedido, siempre, y los helados y las chuches… ¡Agghhh, con el asco que me da a mí el azúcar! Esto sorprende a mucha gente, pero yo siempre lo explico y si no queréis entenderlo, pues eso, es porque no queréis: no les ofrezco jamás cosas que yo creo que son perjudiciales y que yo, además, no consumo, pero tampoco se las prohíbo porque sé que eso es contraproducente, igual que obligarles a hacer algo que no quieren hacer. Tampoco les he negado nada con el pretexto de que vale demasiado dinero y no tenemos. No miento a mis hijos: no me parece necesario. Sí dispongo del dinero, así que les doy todo lo que me piden. A diferencia de otros padres, no gasto en otras cosas que no solo no me piden sino que no quieren. Hace ya mucho tiempo que apenas piden juguetes. Cuando nadie te impone límites a los bienes materiales que puedes obtener, te das cuenta de lo poco que necesitas en realidad; a los niños también les pasa. No me piden regalos porque sea su cumpleaños o Reyes o porque se les ha caído un diente… Algunos familiares me miran confundidos cuando les digo: «No hace falta que les compréis nada, porque no quieren nada». El mejor regalo que se les puede dar es tiempo, vuestro tiempo. «Pues entonces te doy dinero», me dicen. Yo lo guardo y la próxima vez que los niños me piden que los lleve a algún sitio, les informo de que esa excursión la ha pagado tal o cual persona.
Voy a terminar ya el artículo que, como siempre, me ha salido más largo de lo intencionado. Espero haber dado una idea más o menos clara de cómo nos sustentamos, aunque algo se me habrá pasado… Si tenéis algo más que preguntar, adelante, no tengo nada que esconder. Ah, sí, otro gasto que no tengo: lotería. No compro porque ya me tocó una vez: nací en el lugar y momento en que nací y gracias a eso aquí sigo, todavía con salud, amor y gente dispuesta a valorar el granito de arena que aporto por conseguir un mundo mejor.