Carmen Grau, lectora, viajera, escritora y mamá independiente.

sábado, 18 de octubre de 2014

Los hombres que no amarán a las mujeres

Hace tiempo que me ronda por la cabeza la idea de escribir sobre el machismo, el feminismo y el sexismo en general. Un artículo para cubrirlo todo me saldría larguísimo, así que en este voy a intentar centrarme solo en un aspecto del sexismo: el que sufren los varones cuando todavía son niños.
Todo el mundo es todavía machista, tanto hombres como mujeres, y llevamos demasiados siglos así como para que se pueda cambiar, o conseguir igualdad de oportunidades, de la noche a la mañana. No es tan sencillo porque hay demasiada gente que no se da cuenta de que es machista, y de hecho se creen que no lo son. Por otro lado, el feminismo es un concepto que a menudo no se entiende bien, en parte porque surge como reacción al machismo, pero no es vengativo ni negativo. Es complicado porque lo cierto es que los hombres y las mujeres no somos iguales, aunque eso no quiere decir que nos tengamos que despreciar unos a otros o cobrar menos dinero por realizar el mismo trabajo.
Pedir la ayuda de los hombres en general para terminar con el machismo me parece desestimar a los que ya son feministas y ya están poniendo su granito de arena por conseguir más igualdad de oportunidades, y en cambio consentir los actos de las mujeres que continúan fomentando el machismo. No se pueden crear a hombres feministas con un golpe de varita; no podemos pedirles a hombres hechos y derechos (aparentemente) que se pasen de repente a nuestro lado. Los hombres machistas, los maltratadores, los asesinos de sus mujeres, en fin, todos esos que no aman a las mujeres, son así porque de pequeños fueron víctimas también del sexismo. No se trata de una guerra entre los sexos, sino entre sexistas y los que intentamos serlo menos.
Yo soy la segunda de cuatro hermanos, la primera «niña» de dos niños y dos niñas. De muy pequeña me di cuenta del trato diferente que recibía con respecto a mi hermano, solo diecisiete meses mayor que yo, y siempre me rebelé. A mí me hacían ayudar en la cocina, a él no. A él nuestro padre le enseñó a conducir un coche y una lancha motora a los diez años; a mí no me dejaba ni acercarme a una llave inglesa. Tuve que esperar a ser mayor para que otros hombres, de mi edad, me enseñaran a conducir una moto grande, un barco, e incluso una avioneta --y sin títulos, ja, ja--, pero tranquilos que no puse a nadie en peligro. Yo porque soy una desobediente, pero tengo amigas que todavía no han aprendido a usar un taladro. A mi hermano lo machacaron con el tema de los estudios, a mí nada; cuando en séptimo de EGB me dejé aposta dos asignaturas para septiembre a ver qué pasaba, no pasó nada: disfruté del verano como cada año, empollé para los exámenes dos días antes, aprobé, y al tercer día lo olvidé todo. Yo soy la que tiene dos carreras y él a duras penas se sacó el graduado escolar, hasta que décadas más tarde por fin pudo estudiar lo que le apasionaba sin que nadie le presionara. Tengo otros amigos que pasaron exactamente por lo mismo; lo que me apena es que ellos siguen pensando que la culpa fue suya y no del sistema y del sexismo.
De adolescentes, mis dos hermanos me llamaban «feminista» como para picarme, pero resulta que a mí nunca me ha molestado el apelativo, aunque se use como un insulto. Años más tarde, después de haber recorrido medio mundo, pensé que qué irónica es la vida: ser feminista e ir a parar al país occidental más machista en el que me había encontrado hasta el momento. Los que me conocéis ya habéis escuchado mi cantinela sobre la segregación de sexos y roles que continúa habiendo en Australia. Pero desde que llegué hace trece años, he seguido profundizando en el tema y ahora veo discriminación sexual en todas partes; en España también.
Una de las cosas que hice diferente después de preguntarme por qué tiene que ser así y por qué no de otra manera fue dar a mis hijos primero mi apellido y luego el de su padre. Aquí no tuvieron ningún problema; de hecho, el señor que me atendió en el registro civil me hizo reír con estas palabras: «Eres libre de nombrar a tus hijos como desees, como si les quieres llamar silla». En España, en cambio, pusieron pegas. No sé si ha cambiado algo desde entonces, pero en el año 2006 recibí una llamada del consulado español desde Melbourne informándome de que «había una anomalía» en el registro de mi hijo. Aceptaban el orden cambiado de apellidos, pero al tratarse de algo que «no era normal» necesitaban una carta firmada por el padre del niño expresando su conformidad. «¿Y en caso de que el apellido del padre vaya antes que el mío, necesitarían mi permiso?», pregunté. «No, claro que no», respondió la voz de mujer, a lo que yo pronuncié las palabras que parece que me he pasado la vida repitiendo como si se me hubiera rayado el disco: «¿Por qué? ¿Por qué no?». «Ah, porque siempre se ha hecho así…».
Ese es el problema y una de las razones por las que tenemos machismo para rato: porque hay demasiada gente que prefiere no arriesgarse a cambiar o siquiera a plantearse la desigualdad de oportunidades que hay para hombres y mujeres, y para niños y niñas.
Cuando llegué a este país, lo más impactante para mí fue comprobar que en mi nueva familia, la persona que más fomentaba el machismo era la madre de mi futuro esposo. Ella fue la única de toda la familia que no aceptó jamás el hecho de que yo no adoptara el apellido de mi marido al casarme. Más tarde me dijo que se alegraba de haber tenido tres varones, que tener niñas habría sido un tormento, que ella misma no tenía nada de autoestima cuando era niña, que las niñas no saben defenderse… En fin, creo que ahí fue cuando empezaron a zumbarme los oídos y ya no pude escuchar más. Aún hoy se niega a aceptar que el problema no es ser niño o niña sino el trato que reciben unos y otros por el hecho de ser diferentes. De su generación, he conocido a muy pocas personas que no sigan pensando así. No las culpo, después de todo, cada uno somos fruto del tiempo que nos ha tocado vivir. Observo con sorpresa, aunque yo no lo hago, como a las nietas las llaman sweetheart (cariño) y a los nietos mate (tío, colega) con el correspondiente cambio de tono. Lo que sí me cuesta más de aceptar es ver a padres y madres de mi propia generación o incluso más jóvenes tratar a sus hijos varones a menudo de manera mucho más dura que a las niñas, y a ellas como princesitas.
Voy a hacer una confesión: antes de tener a mis dos niños que ahora evidentemente no cambiaría por nada del mundo, si hubiera podido elegir, habría preferido un niño y una niña. Me dije a mí misma que sería un reto educarlos sin sexismo, respetando su naturaleza pero sin esas diferencias que a mí me parecen absurdas. Bueno, me tocaron dos varones y al principio me quedé un poco descolocada, incluso tuve miedo y pensé: son tres contra una; no es justo. Pero ahora ya no lo veo así porque de veras pienso que esto del sexismo no es una guerra entre sexos. Hay demasiadas mujeres que están en el bando de «ellos», pero que, paradójicamente, perjudican a los hombres, que a su vez harán daño a otras mujeres. En este país, aunque sospecho que en España debe de ser parecido, a los niños se les sigue animando a desempeñar papeles tradicionalmente masculinos, y a las niñas, femeninos. A menudo son las mujeres las que piden ayuda porque ellas no saben, o peor aún: para que ellos se sientan necesitados. Y tanto los hombres como las mujeres se critican como si para desempeñar ciertas labores el otro sexo fuera del todo negado. Pero cuando alguien se sale de su papel, los del sexo contrario lo reciben como a un héroe o heroína; por ejemplo, estoy recordando el único caso en mi pueblo (que yo sepa) de papá que decidió dejar su trabajo para cuidar a sus hijas pequeñas mientras la madre perseguía su sueño profesional.
Como a mí me han tocado dos varones, tiendo a fijarme en el trato sexista que reciben los niños. Veo que se siguen repitiendo conductas de las que en mi generación y siguientes ya deberíamos haber aprendido. Tengo más ejemplos aquí en Australia porque paso más tiempo, donde observo que a los niños todavía se les dice que «lloras (o gritas) como una niña», «no seas niña», «sé un hombre», etc. Estas palabras, en boca de adultos que repiten lo que ellos oyeron de pequeños y no se detienen a pensar en las consecuencias, confieren el mensaje de que las niñas son débiles porque expresan sus emociones a través del llanto. Cualquiera que haya tenido el mínimo contacto con niños y niñas sabe que llorar más o menos no depende del sexo, ni gritar o correr de cierta manera. Todos tenemos sentimientos, pero a los niños se les enseña enseguida a mostrarlos menos para preservar su masculinidad. Asimismo, a ellos se les escucha menos que a ellas porque los niños tienen más tendencia a recurrir a la agresión física y ellas a la psicólogica, y lo primero es más fácil de ver que lo segundo; por tanto, parece más grave. Todavía hay padres que abrazan y besan a sus hijas pero no a sus hijos; a ellos les dan la mano o hacen un high five. En Australia hay innumerables campañas para sensibilizar a los hombres e involucrarlos más en la crianza de los hijos. Conozco niños de ocho o nueve años que ya son demasiado guays como para abrazar a su madre en público.
Campañas para arreglar el entuerto
Una vez en Barcelona me crucé por una calle de aceras anchas y apenas transitada con una madre que corría estresada detrás de sus dos hijos varones, de unos seis y ocho años. Los niños jugaban a pillarse, darse golpes y luchar en general; y se lo estaban pasando bomba. La madre, en cambio, sufría porque para ella era evidente que de seguir de esa manera, iban a hacerse daño. Entiendo lo desafiante que puede ser para una madre este tipo de comportamiento entre dos varones, porque yo también los tengo y lo vivo a diario. Pero también comprendo lo frustrante que puede ser para los niños que su madre esté constantemente metiéndose en sus batallas. Es que no se están peleando de verdad, solo están jugando a pelear. Sí, ya sabemos que la línea entre uno y otro es fina, pero ¿por qué no dejarles a ellos de vez en cuando llegar al límite y aprender a decir basta por sí solos? En esa ocasión, la madre desesperada los llamó a gritos y cuando logró estar a su altura, que por casualidad fue en el momento justo que yo crucé el paso con ellos, le propinó un sonadísimo tortazo al mayor. Estábamos en el año 2007 y todavía no era delito en España el castigo corporal, así que no habría servido de nada denunciarla o acusarla de algo; tampoco lo habría hecho porque ella me dio tanta pena como el niño que, sorprendido y confundido, se puso a llorar al instante. No pude contenerme; dije: «Solo estaban jugando». Ella me miró un poco avergonzada y contestó: «Estaban haciendo el indio».
Me habría gustado responder: ¿y qué hay de malo en hacer el indio?, pero no quise añadir nada más que la hiciera sentir mal, porque insisto: sé, y más ahora después de siete años, lo que supone tener niños, y comprendí que su reacción fue una respuesta al miedo que sentía por que los niños se hicieran daño. A ella, como a mí, le debieron de inculcar que un azote a tiempo corregirá comportamientos indeseados, pero es mentira: ese niño tiene más posibilidades de ser un adulto violento que un niño al que no hayan pegado nunca.
Desde entonces, me he fijado en otra cosa en todos los países en los que he estado y en especial en España y Australia: tres de cada cuatro veces que oigo a un adulto regañar severamente a su retoño, se trata de un niño. Claro, ellos «se portan más mal» que ellas y «son más desobedientes». No es cierto: ellos son más físicos y ellas más psicológicas, pero de más obedientes y sumisas, nada. No somos iguales y no se nos trata igual: a ellos se les castiga más. Pero ¿qué pasaría si no se les regañara jamás, si se les escuchara siempre, incluso cuando han pegado? No estoy hablando de permitirles que peguen, sino de escuchar y tratar de comprender las razones de ese comportamiento. Los niños necesitan ayuda para gestionar su agresividad, y el castigo no les ayuda, sino todo lo contrario.
En otra ocasión, también en Barcelona, presencié como una madre de un niño de unos tres años le decía: «No llores, hombre; las señoritas van primero». Mis niños ya no eran bebés; estaban por ahí jugando con su abuela y yo estaba sentada en un banco, dedicada a uno de mis hobbies que es observar el asombroso comportamiento humano. Tampoco esa vez conseguí mantener la boca cerrada; le dije: «Tu hijo se ha caído del columpio y la niña ha aprovechado esos segundos para arrebatárselo». Ella me miró aliviada y respondió: «Ah, no es tu hija». Había imaginado que la niña, de unos siete u ocho años, era mía, y como yo no salté enseguida a reprenderle por ese golpe bajo y hacer que le devolviera el columpio al niño, ella se vio en el aprieto entre quedar bien conmigo o con su hijo. Y escogió quedar bien conmigo, una desconocida a la que no volvería a ver jamás. Y a su hijo le soltó la chorrada decimonónica esa de que las señoritas primero. Increíble. El niño lloraba y pataleaba ante la injusticia. Ese día no se salió con la suya, pero ya lo hará.
Como suelo hacer para corroborar mis sospechas, a lo largo de estos últimos ocho años, desde que tengo niños, he leído algunos libros y artículos de psicólogos y sociólogos también preocupados por el trato que reciben nuestros varones más jóvenes y he llegado a la conclusión de que la escalada de violencia de género no va a detenerse durante décadas a menos que se tomen medidas drásticas ya, sobre todo en el sistema educativo.
Que el fracaso escolar sea un problema principalmente masculino no es ninguna casualidad. Los varones están discriminados en la escuela y lo han estado al menos desde que yo fui al colegio y lo vi con mis propios ojos, día tras día. El profesorado en esos primeros años críticos sigue siendo en el año 2014 mayoritariamente femenino en todo el mundo. Eso preocupa porque por lo visto hay demasiadas mujeres que no entienden bien la naturaleza de los varones y de las niñas que no encajan en el modelo tradicional, que también son muchas (en inglés las llaman tomboys). En Australia, Estados Unidos y Gran Bretaña hace años que se están tomando medidas para remediar la desmotivación y el fracaso escolar masculinos con proyectos como The Boys Project, Raising Boys Achievement Project o The Success for Boys Project; en España, por lo que leo, ni siquiera se considera un problema. Los niños por lo general muestran más agresividad y necesidad de actividad física que las niñas por una simple cuestión biológica: sus niveles de testosterona son más altos, incluso antes de la pubertad. No es justo que se les exija permanecer quietos y que se les ponga a sus compañeras como ejemplo de buen comportamiento. Si a eso se le suma la gran importancia que se le da a la lectura y la escritura en esos primeros años, habilidades que los niños suelen desarrollar más tarde que las niñas, la discriminación en contra de ellos está asegurada. Cuanto menos estudioso es un niño, más se le obliga a serlo, y eso es del todo contraproducente. A las niñas no se les exije que se apliquen tanto porque ya lo hacen. Los niños empiezan la carrera con desventaja y entran en la espiral de la profecía autocumplida. Los que no alcancen los niveles impuestos por un sistema retrógrado que no tiene en cuenta las necesidades individuales de cada uno se convertirán en hombres inferiores, porque así se lo han hecho creer desde el principio. A esos niños se les castiga más que a las niñas (tanto en el colegio como fuera), son más propensos al acoso y la violencia, tienen cuatro veces más posibilidades de visitar al psicólogo, y su autoestima es más baja. Los padres que todavía recurren al castigo corporal pegan y castigan más a sus hijos que a sus hijas, y por los mismos comportamientos. También se les insulta más a ellos. En casos de delincuencia juvenil, los jueces son más severos con los chicos (que todavía no son hombres) que con las chicas.
Estoy en contra de los castigos de todo tipo porque ante todo son una humillación que no ayuda a corregir el comportamiento o entenderlo, sino exacerbarlo. Creo que a los hombres se les predispone desde pequeños a ser más criminales que las mujeres y en contrapartida crece el rencor hacia las mujeres porque se sienten inferiores a nosotras. En este país el suicidio masculino es también mucho más alto que el femenino (75%). Las personas que se sienten inferiores se aferran al poder del que dispongan para aplastar a otros y no sentirse así tan pequeños. Los hombres inferiores recurren a la fuerza física o al control monetario para maltratar a sus mujeres. En fin, creo que para terminar con el machismo habría que cuidar mejor a los niños y no darles la responsabilidad de ser hombres antes de tiempo. Eso no significa hacerles la comida y lavarles la ropa; al contrario, que no son idiotas, ni superiores ni inferiores, solo diferentes.

martes, 16 de septiembre de 2014

Cómo se vende un libro

En este artículo me apetece escribir un poco sobre libros, aunque no creo que vaya a expresar nada nuevo, nada que todo el mundo no sepa ya. Aun así, voy a hacerlo porque es uno de esos asuntos parecidos a lo del carpe diem: todo el mundo lo sabe pero como parece que cuesta tanto aplicarlo, hay que seguir recordándolo.

Hablando de libros, no está bien decir que un libro es «bueno» o «malo». De hecho, no está bien decir eso de nada, y creo que tarde o temprano estos dos términos se considerarán políticamente incorrectos porque ¿quién es quién para juzgar? Para quedar como un señor o una señora, se dice «me ha gustado» o «no me ha gustado», o «lo recomiendo» o «no lo recomiendo». Y sobre gustos… los colores. Eso es lo que se dice, aunque a mí me parece más acertado afirmar que sobre gustos hay libros, pues en literatura hay menos unanimidad que en la gama cromática. Al menos yo no conozco a nadie que diga que su color favorito es el negro, el blanco o el gris. Tampoco jamás he oído a nadie afirmar: «Este color es el más maravilloso del mundo. Tienes que tenerlo en tu casa. Cambiará tu vida», y que a los dos minutos otra persona diga del mismo color: «Es el peor que he visto en mi vida. Si no existiera, el mundo sería un lugar mejor». Si sustituimos «color» por «libro», entonces ya sí puedo asegurar que he oído estas opiniones, y más de una vez. Pasa a menudo si una se dedica a vender libros.

Cuando empecé a trabajar de librera, lo primero y más valioso que aprendí fue que para tener éxito vendiendo libros, además de conocer a los autores y sus obras, hay que conocer a los lectores. La gran mayoría ya sabe lo que busca porque lee a menudo. Pero aún muchas veces me viene alguien en busca de una buena recomendación. En esas ocasiones, lo último que hago es recomendar un libro que acabe de leer yo o me haya gustado a mí. Antes debo averiguar de qué tipo de lector se trata y qué género literario suele leer. Entonces le hablo de lo que es más popular, lo que han opinado otros lectores, lo que más se vende, etc. Sobre todo, escucho siempre las opiniones y no dejo nunca de sorprenderme de lo dispares que llegan a ser aun tratándose del mismo libro. Aunque en realidad eso no debería sorprender. Leer es un ejercicio tan bueno para la mente precisamente porque exige mucho: el lector pone tanto de su parte que el hecho de que un libro le guste o no depende directamente de sus propias circunstancias.

El caso más impactante me ocurrió hace unos tres años y tiene como protagonista a la autora Elizabeth Gilbert, cuyo libro autobiográfico Eat, Pray, Love (Come, reza, ama) ha vendido más de diez millones de ejemplares en todo el mundo. Cuatro años más tarde publicó la continuación: Committed: a Skeptic Makes Peace with Marriage. En español la traducción del título es muy desafortunada: Comprometida. Una historia de amor. Si no conociera a la autora, yo misma pensaría que se trata de una novela rosa. ¿Qué varón va a leer ese libro? ¿Alguno lo ha hecho? Quizás si se hubiera traducido de otra manera… por ejemplo: Compromiso: una escéptica hace las paces con el matrimonio. En cualquier caso, no importa: es un libro dirigido sobre todo a las mujeres, para que sepan dónde se meten o, como mínimo, que sean conscientes de que el matrimonio beneficia más a los hombres que a nosotras y que siempre ha sido así. Bueno, tampoco importa: yo lo he sabido siempre, he sido siempre escéptica, y aun así sucumbí (y más de una vez…).

Yo había leído los dos. El primero porque hay ciertos libros que tengo que leer para averiguar a qué viene tanto alboroto (esta es una regla autoimpuesta que rompo a mi antojo y sobre todo si el libro no está bien escrito, como en el caso de las famosas sombras, por culpa de las cuales, además, me pasé dos años corrigiendo a innumerables personas que pronunciaban e incluso escribían mal mi apellido). Y el segundo porque una amiga de cuyo criterio me fío me habló muy bien de él. Y me gustó infinitamente más el segundo que el primero. Aparte de que es más serio, mejor documentado y menos melodramático, parece que la autora haya dicho: bueno, ahora que ya he vendido millones y la Roberts va a encarnarme en la gran pantalla, por fin puedo escribir sin esforzarme tanto en caer bien. Aun así (o precisamente por eso) no vendió como el primero (en la página web oficial de la autora no se facilitan cifras, lo que me hace pensar que se vendió poco). Yo he vendido muchos ejemplares del primero y unos pocos del segundo. El día de hace unos tres años al que me refiero, se acercaron a mi puesto de libros dos chicas de unos veinte y pocos años. Una de ellas vio Committed y lo cogió entusiasmada. Acababa de leer Eat, Pray, Love y le había gustado mucho. Ya estaba a punto de pagármelo cuando su amiga la detuvo. «No, déjalo. Es una mierda, una bazofia total, no tiene nada que ver con el primero», dijo, y la otra lo soltó con la misma rapidez y aprensión que había empleado mi hijo Alex días antes con un yogur después de que un amiguito le hiciera ver que el envase estaba decorado con dibujos de princesas vestidas de rosa.

Me quedé de piedra. Un poco como si yo misma hubiera sido la autora del libro, sin que esa lectora insatisfecha lo supiera, claro. Pero esa no era la primera vez que me pasaba algo así. En otra ocasión, una señora me había hablado con tal desprecio de otro libro autobiográfico superventas, que me picó la curiosidad. No me dijo que se trataba de una narración honesta, valiente, innovadora, rompedora de esquemas y prejuicios y, sobre todo, muy bien escrita. Solo me contó que la autora había cometido adulterio (¡a los cincuenta años!) con un hombre más joven que ella y también casado, y que después de que su marido la PERDONARA (bendito varón, se merece un monumento en el cielo), ella había tenido la desfachatez de contarlo todo en un libro. Lo que más me entristece del machismo son las mujeres machistas, pero en esa ocasión el resultado fue positivo: leí el libro y me encantó. Me impresionó tanto que leí todos los de la misma autora y después me puse en contacto con ella y mantuvimos un interesante intercambio sobre el feminismo, la comunicación entre madres e hijas y el acoso sexual al que nos hemos visto sometidas todas las mujeres en algún momento u otro (es algo tan normalizado que algunas no se dan cuenta de que lo sufren o han sufrido).

Los comentarios de mis clientes no me sorprenden; después de todo, no es su negocio vender libros y, como buenos humanos, ellos hablan bien o mal de los libros según su propia experiencia y circunstancias, no las de la persona a la que se dirigen. Un día una señora me dijo: «Pues deberías leerlo» de un libro que a ella le había gustado mucho y yo admití no haber leído. Pensé: ¿Y qué sabrá ella lo que yo debería leer?, si no me conoce de nada…, pero me limité a sonreír porque lo que me interesa es que la gente me compre libros, no que me los tiren a la cabeza; además, soy muy educada. Le doy importancia a cómo se usa el lenguaje y pienso que hay que escoger bien las palabras e incluso pensarlas antes de decirlas. Si la intención del que habla es hacer que la otra persona lea cierto libro, la elección de las palabras «deberías leerlo» no es la más adecuada. Si las usara yo, hace años que tendría que haber cerrado la paradita. (Por cierto, tampoco funciona con los niños).

Lo que sí me sorprende son los comentarios de otros escritores que se atreven a recomendarme sus propios libros o los de otros escritores. Últimamente me está pasando mucho. Me escriben autores para animarme a leer sus novelas, que son buenísimas. No sé por qué lo hacen: yo también escribo y por tanto soy lectora, pero no soy reseñista ni crítica literaria. Además, soy de esas lectoras experimentadas y exigentes que ya saben qué leer y qué recomendaciones seguir. He dado mi opinión personal y en privado a algunos colegas, pero siempre hago hincapié en que es solo mi opinión, adulterada con mis propias experiencias, prejuicios, lecturas previas y circunstancias personales. Respondo a todos esos desconocidos que me envían este tipo de solicitudes con más o menos las mismas palabras: «Gracias y suerte». Ojalá les funcione la estrategia, aunque lo dudo: a nadie gusta el bombardeo y menos por parte de gente con la que no ha tenido ningún trato antes. Imagino que no soy la única que recibe estas peticiones, pero si el autor de estas palabras: «podrás escudriñar los entresijos que se cuecen sobre esta apasionante novela, la cual espero que leas pronto y me comentes tus impresiones al respecto» ha enviado el mismo mensaje a tres mil personas, dudo que ni siquiera tres vayan corriendo a comprar y leer la novela (solo disponible en tapa blanda por €22). Para el propósito de este artículo, he investigado un poco sobre la novela en cuestión y he descubierto que está publicada por una de esas editoriales de coedición que cobran al autor por editar su obra, y de manera bastante chapucera. Y me da pena porque me atrevo a vaticinar que no va a vender nada. Quizás la novela sea «apasionante», pero ni la cubierta ni la sinopsis ni la manera de promocionarla lo son. En la página web de la editorial han colgado el enlace de una entrevista en televisión al autor, pero cuando he pinchado en él me he encontrado con este mensaje: «Maldición! No hemos encontrado esta página. La página ha sido movida o eliminada. Escriba la dirección correctamente». El autor de la novela no se ha molestado siquiera en averiguar que yo vivo en Australia y que obtener su novela me costaría unos cincuenta dólares. ¿Quién en su sano juicio iba a gastarse ese dinero por leer la obra de un autor novel y sin ninguna experiencia en el mundo editorial, cuando se pueden leer miles de novelas más atractivas y de forma gratuita o por menos de un euro?

Antes estaba convencida de que los escritores tenían que ser, por fuerza, seres muy empáticos (para ser capaces de ponerse en la piel de sus personajes). Ahora me doy cuenta de que, como ávida lectora, tenía a los escritores muy idealizados. He descubierto con sorpresa que no, que la mayoría son seres humanos como todos los demás, y algunos incapaces de comprender, por ejemplo, una crítica negativa de este tipo: «El libro es aburrido». El lector también es egocéntrico, está claro. El libro no es aburrido, lo que quiere decir es que a él personalmente le ha aburrido y por tanto piensa que al resto del mundo también y se atreve a expresarlo como si fuera una verdad absoluta. No todos los lectores escriben bien, no es su trabajo. Pero a mí lo que me sorprende es la reacción del escritor: «Que me diga que hay demasiada fantasía, o demasiada acción, o demasiados personajes… lo que sea, ¿pero que es aburrido? Mis libros tienen un ritmo trepidante, ¡no son aburridos!». Ejem, como lectora voy a dar mi opinión: hay libros con un ritmo trepidante, acción, y un montón de cosas más que aun así aburren y mucho. Todo depende, insisto, de las circunstancias del lector. En mi caso particular, si un libro está mal escrito (según mi propio criterio sobre qué significa estar bien o mal escrito) o trata sobre temas que no me interesan, es aburrido. No todos los lectores leen siempre para evadirse, para pasar un buen rato y olvidar lo que han leído a los dos días de haber terminado el libro. A veces, uno no se conforma solo con una lectura de verano y exige algo más de un libro. Por ejemplo, que le dé que pensar.

Se ve que hay escritores que de verdad piensan que su obra es de lo mejor que hay (aunque yo creo que en realidad no lo piensan, solo lo hacen ver por eso de hacerse valer). A mí hay libros que me han marcado, pero no calificaría a ninguno como lectura imprescindible, a no ser que forme parte de un conjunto. Por eso tampoco cometo el error de pensar que mis obras puedan ser imprescindibles para nadie. Y por eso doy las gracias a los que sí se interesan por leer algo mío. Nunca he aspirado a escribir nada que guste al vasto mundo ni he asegurado a todos que «os va a encantar». Así que no me duele tanto como a otros recibir críticas como esta: «No sé en qué momento la autora pensó que su historia nos podía interesar. A mí desde luego no me ha interesado en nada. ME he pasado todo el libro esperando que pasara algo» o esta otra, mi preferida: «No me ha gustado NADA. Es un relato aburrido de comentarios de gentes sin interés ni imaginación similar a las tardes de Telecinco de quien parece miembro la autora. No es posible dar 0(cero) estrellas?». A estos dos lectores no les ha gustado mi relato. Vaya, mala suerte. Pero lo han leído porque han querido. Yo no solo no se lo he pedido sino que pongo mis libros a un precio más alto del de la mayoría de obras de autores independientes precisamente para que los lectores no se precipiten al comprar, que lean antes el fragmento gratuito y que se aseguren de que van a leer algo que les interesa (aun así, está claro que a veces no funciona).


Soy vendedora de libros y, modestia aparte, sé un poco de cómo y por qué un libro vende o no vende. Pero para terminar ya, voy a hacer una pequeña confesión. A veces vendo con más pasión unos libros que otros, incluso cuando a mí personalmente no me han gustado o no he leído: pongo más empeño en las obras de autores españoles o latinoamericanos, en parte porque son una minoría entre la apabullante literatura anglosajona. He vendido muchísimos ejemplares de La sombra del viento en inglés, y también varios libros de Javier Sierra, Isabel Allende y Laura Esquivel. Los de Gabriel García Márquez no me duran ni cinco minutos. Conocí al autor del libro de la foto el año pasado en Madrid y este es el segundo de sus libros que he encontrado traducido al inglés; uno aquí, muy cerca de mi casa, y el otro en Bali.


viernes, 15 de agosto de 2014

«El profesor homosexual», un relato

El señor Equis era ayudante de profesor de lengua en una escuela católica de un pueblo de unos tres mil habitantes. Equis no es su nombre verdadero, aunque después de todo lo ocurrido él se ve así, como una equis. Para proteger su identidad, en el periódico local también lo llamaron así: Sr. X. Hay que dar gracias al hecho de vivir en la segunda década del siglo XXI y que los medios de comunicación tengan la delicadeza de no exponer tu nombre y tu vergüenza al escrutinio público. En otro siglo sí lo habrían hecho, y lo habrían señalado por la calle, lo habrían insultado y quizás hasta le habrían tirado piedras. Hoy en día la gente es más educada y comprensiva. Hablan, cotillean, tergiversan, menean la cabeza y murmuran: «No te puedes fiar de nadie, ¡el señor Equis!, ¡quién lo habría dicho!». Pero si lo ven por la calle, solo lo evitan, miran hacia otro lado, agarran más fuerte la mano de su hija y aprietan el paso.
El señor Equis tampoco se ve como un señor. Tiene treinta años, todavía es joven y nunca se ha casado. Habría preferido que sus alumnos usaran su nombre de pila para dirigirse a él, como hacía todo el mundo fuera de los muros del colegio. Pero la escuela tiene ciertas normas y todo el mundo debe respetarlas. Una de ellas es que a los profesores se les llame señor o señorita. Algunas normas están escritas, pero la mayoría son verbales. A los alumnos se las inculcan enseguida: levantar la mano para pedir turno de hablar o permiso para ir al baño, guardar silencio mientras un adulto habla, escuchar… y cientos de más que cumplen y a veces rompen, porque son tantas que es difícil recordarlas además de todo lo que hay que estudiar. En esta escuela lo llaman «conducta social»; antes lo llamaban «urbanidad».
Una de las normas no escritas en el código de la buena conducta social de la escuela es que «los alumnos no deben profesar efusivas muestras de afecto hacia sus compañeros». De acuerdo con esto, se les llama la atención a los que se abrazan o se cogen de la mano. Si se sorprende a alguno dando un beso a otro, el castigo es tan severo como si se tratara de una patada o un golpe. Sobre todo si los implicados son ambos varones. Lo siguiente más grave es que la combinación sea niño-niña. Pero si son dos niñas, la mayoría de profesores decide hacer la vista gorda aun a riesgo de que su negligencia llegue a oídos del director.
No por ser una escuela católica es retrógrada. En realidad es bastante moderna y adaptada a los tiempos. El hecho de que sea católica es solo circunstancial. Las normas de buena conducta social son más severas en muchos otros colegios laicos de los pueblos vecinos. De hecho, algunos padres se han quejado de que no se les inculcan valores católicos a los alumnos, que la religión se enseña muy pasada por agua.

Antes de presentarse para el puesto vacante de ayudante de profesor, el señor Equis investigó el código moral de la escuela. Era consciente de que su orientación sexual podía ser un obstáculo y sabía de muchos como él que, incluso en este siglo, escondían su homosexualidad por miedo a la discriminación. Él, en cambio, decidió no hacerlo. En un pueblo las noticias de sus habitantes siguen corriendo más rápido que en la gran ciudad, y si él no se presentaba de entrada tal como era, el director lo descubriría más pronto que tarde en boca de otros.
La entrevista fue bien. El señor Equis colaboraría en las clases de la señorita Igriega (es necesario llamarla así para no dar pistas sobre el lugar y el colegio del que estamos hablando).
La señorita Igriega también era relativamente joven —unos cuarenta años— y dedicada a su trabajo, pero con clases de más de treinta niños por aula no daba abasto. Ella fue la primera en solicitar esa ayuda, por el bien de los alumnos, sobre todo en los cursos de sexto y séptimo, en los que ya se exigía que redactaran bien, leyeran libros a diario, conocieran las reglas de la sintaxis y la gramática y supieran, por ejemplo, que es una aliteración. Así que ella también estuvo presente en el proceso de selección.
El director se llevó una buena impresión del señor Equis. Después de treinta años de experiencia en la docencia, reconocía enseguida a los maestros con verdadera vocación por la enseñanza. A los cinco minutos decidió que ese joven de pelo corto, bien vestido y ojos inteligentes sería el elegido. A la señorita Igriega también le gustó y se lo comunicó al director con un leve movimiento de cabeza y una sonrisa. El director resolvió contratarlo al instante. Solo entonces el señor Equis puso su última carta sobre la mesa.
—Mi sentido de la integridad me obliga a comunicarles que soy homosexual. Espero que eso no sea un problema.
El director y la señorita Igriega lo miraron en silencio. Ella levantó las cejas en señal de sorpresa, no por la confesión en sí sino por el hecho de que al señor Equis le pareciera necesario hacerla. Ella no tenía ningún problema, pero no estaba en su mano decidir. Permaneció cruzada de brazos y esperó la reacción del director, al que sí le había paralizado la confesión en sí.
—No veo por qué tiene que ser un problema —dijo por fin—. Mientras nuestros empleados cumplan debidamente con su trabajo, la orientación sexual de cada uno es un asunto privado.
—Me alegra mucho oír eso, señor director —contestó el señor Equis con una amplia sonrisa.
—Bien, pues no hay más que hablar. Empezará la semana que viene. Como curiosidad, ¿tiene usted pareja, señor Equis?
—No, soy soltero.
—Está bien —murmuró el director aliviado y anticipando ya los problemas que habría tenido con cierta pareja de padres si vieran al señor Equis acompañado de otro señor.

El señor Equis trabajó en ese colegio durante ocho meses, casi todo el curso escolar. Su aportación fue valiosísima. En las reuniones de padres varios de ellos expresaron su aprobación por él. Era un profesor sumamente atento y paciente, además de muy observador. Había trabajado con varios de los alumnos más atrasados en todos los cursos, a veces sentándose junto a ellos, explicándoles uno a uno un concepto difícil, sin jamás perder la calma o la sonrisa.
A pesar de eso, un día el director lo convocó a su oficina para comunicarle su despido inminente. No solo eso, sino que el señor Equis se marcharía del colegio sin una carta de recomendación ni la posibilidad de volver a trabajar jamás en la enseñanza, que era, por si no se ha dicho ya, su vocación, su verdadera pasión.
—Ha habido quejas sobre usted —le informó el director—. Lo siento mucho, pero la escuela no se puede permitir este tipo de habladurías.
—¿De qué se me acusa? —preguntó el señor Equis sin salir de su asombro.
—Algunos padres se han quejado de trato indebido con sus hijas.


Al día siguiente el señor Equis ya no apareció por la escuela ni lo hizo nunca más. Tampoco por ninguna otra. Se rumorea que jamás conseguirá otro trabajo en la enseñanza ni logrará borrar esa mancha en su currículum. Quién sabe, es difícil predecirlo; después de todo, vivimos en la segunda década del siglo XXI y la gente es más abierta y comprensiva que en siglos pasados. Además, él aún es joven; quizás algún día se reponga de la depresión en la que ha caído desde que perdió su trabajo. Él dice que la humillación no le permite salir de casa. Su psicólogo le ha recomendado que se marche del pueblo, que se vaya lejos un tiempo y confíe en la desmemoria colectiva. De momento no se va. Él nació en el pueblo y adora ese lugar, a pesar de que el rumor se ha extendido y distorsionado: dicen que lo echaron por abuso sexual a niñas.
A niñas. No a niños. ¡Pero si el señor Equis es homosexual!
¿O no lo es? Eso fue lo que pensó el director. Que el muy depravado había usado esa tapadera para llevar a cabo sus viles actos. Pero no lo consiguió: lo detuvieron a tiempo. Gracias a la buena comunicación que tanto los padres como los tutores de hoy en día infunden a los niños y niñas, estos hablan y cuentan abiertamente lo que pasa en la escuela. Los de esta en particular cuentan que tanto la señorita Igriega como el señor Equis son buenos profesores porque ayudan a sus alumnos con apoyo emocional, no solo en palabras sino también con el contacto físico. La señorita Igriega todavía conserva su trabajo y no lo perderá ni nadie le llamará la atención por colocar su mano en el hombro de un niño o una niña que se está esforzando por escribir algo bien.
Ese fue el delito del señor Equis: emular a la señorita Igriega. Ya hemos dicho que es un profesor muy observador y una de sus observaciones fue que los alumnos agradecían esas muestras físicas de ánimo y que gracias a ellas rendían más y prestaban más atención. Pero el señor Equis cometió un fallo: solo lo hacía por las niñas, pequeño detalle que a los pequeños no se les escapa, y en casa todo lo cuentan, hasta los detalles.
Tenía una buena razón para discriminar entre niños y niñas: es homosexual y no lo esconde. En el pueblo ya todo el mundo lo sabe, también los padres de los alumnos de la escuela. Durante los ocho meses que trabajó en ella, nadie se quejó, pero él no es un iluso: sabía que tocar tan siquiera el brazo de un niño (un varón) o revolverle el pelo cariñosamente podría terminar con su carrera.
No hay más. Eso fue todo. El señor Equis creyó que su homosexualidad le otorgaba en parte un derecho reservado solo al personal femenino de la escuela pero se equivocó: no por ser homosexual es menos hombre y por tanto, la sociedad sospecha de él y le hace pagar por los delitos cometidos por otros hombres.

miércoles, 16 de julio de 2014

Sí, yo también trabajo

Varias veces me han preguntado de dónde saco el dinero para tantos viajes. ¿De dónde lo voy a sacar? De mi trabajo, como todo el mundo. Esto sorprende a algunos. Ah, ¿pero tú trabajas? Algunos lo piensan, pero no se atreven a decirlo. Claro que trabajo: veinticuatro horas al día, siete días a la semana, trescientos sesenta y cinco días al año, y en años bisiestos, un día más. Que la sociedad no considere lo que hago como «trabajo de verdad» no es problema mío, sino de la sociedad.
No soy de esas personas que trabajan porque «tienen que» trabajar, pobres. Soy de las que trabajan porque disfrutan de su trabajo, y por eso no se retirarán nunca. Para mí no es ninguna obligación ni sacrificio. Hago de veras lo que me gusta, lo que yo he escogido sin que nadie me obligase. Eso no significa que trabaje menos que los que sí lo hacen porque «tienen que comer». Pero la gente ve lo que quiere ver: una mamá con la casa súper desordenada y dos niños (¡ahora tres!) que siempre están de vacaciones y moviéndose de un lugar a otro del planeta. ¿Y cómo se lo monta esta gente para vivir?
Pues os lo voy a contar…
Tengo varias fuentes de ingreso, aunque desde que soy madre no he hecho la declaración de la renta porque no he llegado al mínimo. Este año me fue por los pelos, el que viene ya sí pagaré impuestos como todo el mundo gracias a un nuevo proyecto que tengo en mente y me permitirá seguir educando a mis hijos en libertad y trabajando en mí misma, en lo que me apasiona y en lo que no tengo que rendir cuentas a nadie. Así que ya veis, no tengo tanto dinero como pueda parecer. Las apariencias engañan pero no porque yo quiera engañar a nadie, sino porque la gente tiende a pensar que todos llevamos un estilo de vida parecido, con responsabilidades y gastos similares. En realidad, yo llevo una vida muy sencilla, a pesar de los viajes.
Primero de todo, escribo. Digo «primero» porque es lo que hago nada más levantarme, horas antes de que salga el sol, cuando los niños aún duermen, no porque sea lo más importante. Me gusta escribir; siempre lo he hecho y siempre lo haré porque para mí es una pasión y una necesidad. Desde hace dos años y medio cobro dinero por la venta de mis libros —muy poco, pero para mí es un gran paso que miles de personas den valor al esfuerzo de toda una vida, aunque no lo haga por dinero. Además, realizo trabajos esporádicos de corrección y maquetación de libros electrónicos.

Segundo, llevo un pequeño negocio de libros de segunda mano. Aunque aquí ahora es invierno, este año estoy continuando con el trabajo «fuera de temporada». Si queréis saber más, podéis leer otra entrada de mi blog en la que explico mi Historia de una librera.
Tercero, mis hijos no han pisado jamás una guardería o el aula de un colegio. Ahora tienen seis y ocho años, así que debo de haber ahorrado ya varios miles de dólares que no gasté en uniformes, libros de texto, matrículas y demás. Pero si los niños no van al colegio, yo no puedo desempeñar un trabajo de nueve a cinco, ya que alguien los tiene que vigilar y guiar mientras se educan. La solución: el gobierno australiano me paga una pensión por ser «educadora en casa». Es un sueldecito. La verdad es que me merezco mucho más, pero eso solo lo sé yo; el resto del mundo me mira desde una distancia confortable —no se vaya a contagiar de ideas tan salvajes— y murmura: «Ya veremos cómo salen estos niños». Y yo siempre digo: «Pues eso, tendréis que esperar. Todavía son pequeños y no puedo demostrar nada que no queráis ver ya». Hay quien me ha llegado a decir: «Yo por suerte no lo veré. Me moriré antes».
No os creáis, sin embargo, que el gobierno me paga por tener la valentía de desafiar a su sistema educativo. Todo lo contrario: ellos pretenden que siga su currículum, pero en casa. Y tampoco pagan a todos los padres que deciden no llevar a sus hijos al colegio, solo a las madres sin marido que los sacan adelante ellas solas y no tienen ningún otro sueldo en el que apoyarse. Yo ya no tengo marido, y aunque esté mal decirlo, estoy muy bien así; hay personas que funcionan mejor sin pareja y yo soy una de ellas. En el momento en que ya sí tenga unos ingresos considerables —algo que, como digo, creo poder conseguir el año que viene— el gobierno dejará de pagarme la pensión de madre separada educadora, a pesar de que yo seguiré realizando ese trabajo todos los años que haga falta.
Cuarto y último: el padre de mis hijos paga por su manutención. Yo tengo la custodia absoluta, y por ley él no está obligado a pagar nada ya que no reside ni trabaja en Australia. Sin embargo, él ha escogido sí hacerlo y yo siempre he hecho todo lo posible por mantener un fuerte lazo de unión entre ellos tres. También según la ley, yo debería haberme quedado con el 67% de todos nuestros bienes materiales, pero no lo hice porque a mí las posesiones me agobian.
Eso es todo en cuanto al dinero que entra. Ahora hay que hablar del que sale.
Cuando viajamos, gastamos bastante. No hay vuelta de hoja: viajar es caro. Se puede ir de mochilero, pero yo no deseo dar la imagen de que sigo haciéndolo, porque no es cierta. Esa etapa de mi vida terminó. Quizás vuelva, no lo descarto, pero con niños no solo no se puede ir de tirado sino que someterlos a eso rayaría en el maltrato. Hay una edad para cada manera de ver el mundo, y con ellos estoy explorando otras maneras de viajar. Hace tres años alquilé una autocaravana durante un mes, como prueba, porque es algo que me gustaría repetir durante más tiempo; explico esa experiencia en Desconectar con unos, conectar con otros; un viaje por la Australia profunda. El año pasado fuimos un par de meses a una isla de Indonesia sin coches donde nos reunimos con otra gente «rara» y con una manera poco convencional de ver la vida. Y desde hace tiempo me ronda en la cabeza la idea de un crucero por el Mediterráneo (de pequeña me encantaba la serie Vacaciones en el mar y me hace ilusión enseñarles el Coliseo de Roma; ya conocen la Torre Eiffel de París y les encantó).
Cuando estamos en casa, sin embargo, no gastamos tanto como la gente «normal». Para empezar, la casa donde vivimos ya no es mía. Desde abril pasado es solo propiedad de mi exmarido. Nosotros nos quedamos en Australia, él se fue (no es una cosa buena ni mala, sencillamente, muy australiana). Así que la casa es suya pero somos nosotros tres los que seguimos viviendo aquí y le dejamos entrar y quedarse siempre que quiere venir de visita. Solo pago la factura de las telecomunicaciones y la del gas, que es un gasto mínimo. Tenemos paneles solares, así que no solo no pago por la electricidad, sino que la que sobra la vendo. Y sobra bastante porque no gastamos mucha; seguimos aprovechando la que nos da el sol gratis. Tampoco pago por el agua: tenemos un gran depósito que recoge la de la lluvia. Tenemos gallinas (el gallo murió) y a veces exceso de huevos, que regalamos a amigos o vendemos a buen precio. Y también árboles frutales y un huerto; ahí planto mis verduras favoritas. Ah, y trece olivos; este año hemos recogido miles y miles de aceitunas y he aprendido a procesarlas (tenemos para regalar y vender). En el supermercado también gasto mucho menos que la gente normal. No es por ahorrar, es por salud y porque a mí me gusta preparar las cosas yo y no que me lo den todo hecho. Hago yo misma el pan, la masa para la pizza, la mantequilla, el helado, la salsa de tomate… (tengo una Thermomix, gran inversión). No como porquerías como patatas de bolsa, gaseosas o bollos; es que no me gustan, y mi cuerpo enseguida se queja si lo hago. A los tres nos gusta el pescado. Aquí es caro (como todo en Australia), pero a nosotros a veces nos lo regalan. Los niños aprendieron a pescar hace tres años; yo me propongo hacerlo en serio este verano.
Otros gastos en los que no incurro y sí la mayoría de gente son fármacos y medicamentos. Ni mis hijos ni yo nos medicamos en absoluto, porque no lo necesitamos. A Dave lo llevé dos veces al pediatra cuando era bebé, a Alex nunca. No tengo nada en contra de esa noble profesión, pero en nuestro caso enseguida descubrí que yo sabía mejor que un extraño de bata blanca lo que tenía que comer mi hijo, lo que tenía que pesar y a qué horas tenía que dormir. Tampoco me gasté nunca dinero en un logopeda (aquí es raro el niño que no haya visitado al logopeda). En vez de eso, preferí investigar por mi cuenta y llegué a la conclusión de que el tartamudeo en los niños de tres o cuatro años es algo normal en la adquisición del lenguaje y lo hacen todos en mayor o menor medida. Sigo pensando que se le da una importancia desmesurada a los «problemas infantiles» de hoy en día y que el problema lo tiene la educación competitiva que se les pretende dar; muchos se arreglan sencillamente con una alimentación mejor. En cuanto al lenguaje, una amiga logopeda me dijo que me equivocaba; en cualquier caso, mis hijos ya no tartamudean, y además son bilingües en castellano y en inglés.
No suelo encontrarme mal, pero si un día me duele la cabeza, trato de descubrir la razón y jamás tomo nada; a menudo se va con una de tres: comida, ejercicio físico o reposo. Ni los niños ni yo nos hemos puesto enfermos desde que hace cinco años cogiéramos los tres un catarro que nos tuvo en casa inmovilizados durante tres semanas. Desde entonces… nada. A mí llegó a asustarme eso, durante un tiempo no me quitaba a Bruce Willis y el Sexto Sentido de la cabeza: ¿no será que estamos muertos? Qué va, todo lo contrario. No enfermamos porque somos felices, así de sencillo. Alguna gente me dice que en el caso de los niños quizás sea porque no van al colegio y «no se relacionan». Aish… Está claro que si fueran al colegio enfermarían más porque no serían tan felices, pero no hace falta relacionarse para contagiarse enfermedades, ¿no? Nosotros hemos compartido el reducido espacio de un avión con gente de todo el mundo al menos diez veces en lo que va de año, y aseguraría que ahí hay más transmisión de gérmenes que en el colegio del pueblo. Hace unos días en un estudio de la Universidad de Exeter se llegó a la conclusión de que respirar pedos es bueno para prevenir un sinfín de enfermedades. Puede que ahí esté la explicación de nuestro buen estado de salud, porque mira que se explaya la gente en los aviones…
Me gusta hacer ejercicio pero no voy al gimnasio. Podría, pero entonces tendría que pagar por eso y por que alguien me cuidara a los niños. Más fácil, barato y placentero para mí es salir a caminar, ir a buscar leña, saltar con los niños en la colchoneta, y no desaprovechar nunca la oportunidad de subir y bajar escaleras (no solo no me da vergüenza que toda la gente apelotonada en las escaleras mecánicas de aeropuertos y grandes ciudades me mire, sino que me divierte; siempre me pregunto cuántos de esos pagan la cuota del gimnasio cada mes). Nunca me ha gustado practicar deportes que requieren mucho equipamiento. He probado algunos, y los he disfrutado (sobre todo el submarinismo y el snowboarding) pero siempre he preferido las actividades que se pueden realizar sin demasiados gastos ni artilugios. Mis hijos tampoco practican ningún deporte de manera estructurada. Yo se lo propongo, les expongo, ofrezco pagar por las clases… pero prefieren correr y subirse a los árboles, así que respeto su decisión. Aprendieron a nadar mucho más tarde que el resto de niños de su edad, en piscinas de Indonesia, Malasia y Filipinas (las de Australia son insufribles, por la cantidad de cloro que les echan), y en el mar. Aún hay gente que me dice que debería apuntarlos a clases. Ellos no quieren, así que no lo hago; si algún día me lo piden, sí lo haré.
Tampoco gasto dinero en salud mental. No fumo, bebo poco —copita de vino— (aunque sé que me lo recordarás toda la vida, Rosa, te repito que lo de esa noche fue una excepción), no consumo drogas de ningún tipo, ni legales ni ilegales, y jamás he probado un antidepresivo (aquí son muy populares) ni visitado a un psicológo. Eso no quiere decir que me libre de los problemas mentales que padece la mayoría de adultos; simplemente, he escogido otra manera de hacer terapia: la introspección, la meditación y la escritura. No veo razón para que mis hijos visiten a un psicólogo, aunque donde vivimos también es algo muy normal, casi siempre por culpa del bullying de los colegios. Como los míos no van al colegio, si alguien les molesta o cae mal tienen la libertad de decidir no verlo más. Igual que yo: no me siento con la obligación de quedar bien con nadie y eso contribuye favorablemente a mi salud mental y física.    
En cuanto a la belleza, mis gastos ahí son cero. No voy a la peluquería, no me he sometido jamás a limpiezas de cutis ni ningún tipo de tratamiento popular o impopular —depende de quién hable— como el botox o las inyecciones en el vientre para reducir la grasa después del embarazo. Ni reducción ni aumento de pechos: los míos han crecido y decrecido de manera natural a lo largo de las diferentes etapas a las que se han sometido. No son lo más atractivo de mi cuerpo pero bien orgullosa de ellos que estoy: han cumplido a la perfección su misión más importante en la vida, que no es precisamente la de agradar a los hombres. Me gusta mi cuerpo tal como es. Lo quiero e intento mimarlo mucho, pero no pretendo cambiarlo. No me compro cremas caras para detener el paso de la vejez. Ni bronceadores ni cremas protectoras: salgo a saludar al sol para recibir el regalo gratis de la vitamina D y experimentar el bienestar inmediato que me proporciona el aire libre, pero me retiro al interior en las horas de máxima intensidad del verano. Ya paso de los cuarenta pero tengo suerte de no tener más que una o dos canas que encuentro alguna vez, arranco y echo al aire, así que de momento no me tiño. Voy a que me hagan un masaje solo una vez al año, el que me regala un amigo cada vez que cumplo años. No es que me prive de estos placeres, es que no los necesito ni me hacen sentir mejor; prefiero los abrazos de los niños y mis amigos.
No salgo por la noche porque aquí no hay night clubs y, de todos modos, a mí nunca me han atraído esos lugares. Me gusta quedar con amigos y conocer a gente, pero siempre disfruto más de cenas en casa que en los restaurantes. Esto es en parte porque cuando viajamos no tenemos más remedio que comer fuera casi a diario.
Nunca he pagado a nadie por cuidarme a los niños. Yo cuido a otros que no son míos y lo hago con mucho gusto. Algunas amistades también lo hacen por mí cuando lo necesito, y los abuelos cuando las circunstancias son propicias. A menudo tengo que llevármelos al mercado, así también aprenden. Y al banco, al súper…
Soy propietaria de un coche porque aquí es imprescindible. Acaba de cumplir diez años; tiene sus gastos pero nunca me ha dado ningún problema: siempre lo he cuidado bien. No gasto mucho en ropa o calzado porque me dura mucho y no tengo que vestir ni bien ni mal, solo como a mí me gusta… No tengo caprichos, en realidad soy muy aburrida: leo, escribo, viajo, hablo con desconocidos y juego con los niños, poco más.
Los niños consumen menos del dinero que cobro para su manutención. No creo que la austeridad deba imponerse y por eso jamás les he privado de nada. Les he comprado todos los juguetes que me han pedido, siempre, y los helados y las chuches… ¡Agghhh, con el asco que me da a mí el azúcar! Esto sorprende a mucha gente, pero yo siempre lo explico y si no queréis entenderlo, pues eso, es porque no queréis: no les ofrezco jamás cosas que yo creo que son perjudiciales y que yo, además, no consumo, pero tampoco se las prohíbo porque sé que eso es contraproducente, igual que obligarles a hacer algo que no quieren hacer. Tampoco les he negado nada con el pretexto de que vale demasiado dinero y no tenemos. No miento a mis hijos: no me parece necesario. Sí dispongo del dinero, así que les doy todo lo que me piden. A diferencia de otros padres, no gasto en otras cosas que no solo no me piden sino que no quieren. Hace ya mucho tiempo que apenas piden juguetes. Cuando nadie te impone límites a los bienes materiales que puedes obtener, te das cuenta de lo poco que necesitas en realidad; a los niños también les pasa. No me piden regalos porque sea su cumpleaños o Reyes o porque se les ha caído un diente… Algunos familiares me miran confundidos cuando les digo: «No hace falta que les compréis nada, porque no quieren nada». El mejor regalo que se les puede dar es tiempo, vuestro tiempo. «Pues entonces te doy dinero», me dicen. Yo lo guardo y la próxima vez que los niños me piden que los lleve a algún sitio, les informo de que esa excursión la ha pagado tal o cual persona.
Voy a terminar ya el artículo que, como siempre, me ha salido más largo de lo intencionado. Espero haber dado una idea más o menos clara de cómo nos sustentamos, aunque algo se me habrá pasado… Si tenéis algo más que preguntar, adelante, no tengo nada que esconder. Ah, sí, otro gasto que no tengo: lotería. No compro porque ya me tocó una vez: nací en el lugar y momento en que nací y gracias a eso aquí sigo, todavía con salud, amor y gente dispuesta a valorar el granito de arena que aporto por conseguir un mundo mejor.

sábado, 14 de junio de 2014

«Marga y el amor», un relato

Mientras regresaba a casa en autobús, Marga no podía dejar de pensar en lo afortunada que era. Ya sabía que la felicidad de una no podía medirse comparándola con la de sus amigas, pero no podía evitarlo. Tenía dos amigas del alma: Eva, que llevaba diez años casada y tenía dos hijos, y Luisa, que a los treinta y nueve años seguía en busca de su hombre ideal.
Eva quería a su marido, pero estaba cansada de las peleas constantes que tenía con él por dos motivos principales: uno, que él no hacía nada por «ayudar» en casa, y dos, que a ella nunca le apetecía mantener relaciones sexuales con él. Esto último iba estrechamente ligado al resentimiento que sentía ella por «tener que cargar con todo». Él se sentía rechazado y lamentaba que para que su mujer le diera cariño tuviera antes que lavar «los jodidos platos».
Luisa acababa de romper con el último de sus amantes, un hombre quince años mayor que ella, con quien se había liado al principio impulsada por un sentimiento de pena, para meses más tarde descubrir que ella se había enamorado tontamente. Al darse cuenta de eso, él decidió poner boca arriba la última de sus cartas en el juego de la seducción: estaba casado y no tenía ninguna intención de dejar a su esposa.
El día anterior Marga había estado en casa de Luisa escuchando sus lamentos y reproches a sí misma. «No puedo creer que me haya vuelto a equivocar», repetía Luisa mientras ella intentaba animarla con un abrazo.
Rememoró la última vez que ella se había sentido así de triste y su escritor había sabido escucharla y consolarla con las palabras justas mientras le secaba las lágrimas con los dedos. No hacía mucho de eso. Fue cuando a Marga se le murió su querida perrita, atropellada. Lo llamaba siempre así, «mi escritor», no solo cuando pensaba en él sino también cuando se dirigía a él. Era el término cariñoso que desde que lo conociera había sustituido a su nombre de pila. El accidente de Mila había sido culpa suya, por dejarla suelta. Un descuido de un segundo por parte de su dueña le costó la vida a la perrita. Se la había regalado él, y por esa razón su sentimiento de culpa fue aún mayor. Cuando le comunicó la noticia, sin embargo, no salió de sus labios palabra alguna de reproche. Al contrario, sin decir nada, la rodeó con sus fornidos brazos y la estrechó fuertemente mientras ella ahogaba sus primeras lágrimas en el pecho de él. Tener amigas a quien poder contar sus confidencias era bueno, pero ella, a diferencia de Eva y Luisa, tenía a su escritor, siempre dispuesto a aparcar por un momento la confección de su última novela para escuchar, sin interrumpirla y apenas pestañear, sus penas y alegrías.

Se sorprendió al ver reflejada en la ventana del autobús la imagen de una mujer aún joven y guapa abrazada a su enorme bolso como si temiera que alguien se lo quitase, y una sonrisa bobalicona en los labios. Tardó un segundo en darse cuenta de que era ella misma y de que el autobús se acababa de detener en su parada.
Metió la llave en la cerradura y la giró hacia la izquierda. En contra de lo que había esperado, la puerta se abrió enseguida, sin que tuviera que dar las dos vueltas enteras a la llave. La empujó con suavidad, pero no tuvo tiempo a reponerse de la mezcla de sorpresa y anticipada excitación que sintió al comprender que él se le había adelantado. El recibidor estaba en penumbras, pero aun así, vislumbró su torso desnudo y el perfil de su mandíbula cuadrada. La tomó de ambas manos para empujarla hacia el interior del piso y despojarla del bolso, que cayó al suelo con un golpe seco. Su lengua ya le recorría el cuello mientras la levantaba en volandas y cerraba la puerta con un experto puntapié. «Y que luego digan que la actuación de los futbolistas en el campo de hierba está reñida con la del campo de polvo», pensó Marga, y soltó una pequeña carcajada, divertida con su propio chiste. Él lo interpretó como uno de los ataques de risa a los que era propensa cuando tenía cosquillas, y rio también. La había llevado hasta el colchón que ocupaba casi la totalidad de una de las dos habitaciones del piso. A pesar de la creciente excitación de su cuerpo, los sentidos de Marga se distrajeron por un momento al percibir el olor fresco y el tacto suave de las sábanas recién lavadas.
—¡Has cambiado las sábanas! —murmuró complacida.
—Calla —susurró él y le selló los labios con un largo y profundo beso mientras le desabrochaba la camisa.
Nunca hablaban, pero qué importaba eso. Marga se relajó, dispuesta a disfrutar de un par de horas de erotismo de primera calidad. Sin duda, era el mejor amante que había tenido jamás. Se empeñaba siempre en satisfacerla a ella antes, y cuantas más veces mejor.
Casi sin querer volvió a pensar en Eva y Luisa. Se preguntó cuándo habría sido la última vez que Eva había tenido un orgasmo gracias a la hábil lengua de un hombre. Su marido ya no estaba para eso. En parte por esa razón, con los años a ella se le habían quitado las ganas de intimar con él. El sexo se había convertido para ella en una obligación de esposa y algo que se resolvía en un revolcón de menos de diez minutos. Él le recordaba constantemente los días, a veces semanas, incluso meses, que no lo hacían, y ella se esforzaba por aparentar una apetencia sexual que no sentía, con la esperanza de subirle a él la autoestima y que eso le empujara a compartir algo de su carga. Ella no daba abasto con el trabajo, la casa y los niños, y necesitaba que él la ayudara más.
Luisa era todo lo contrario de Eva. Durante los meses que había durado su relación con el hombre mayor que resultó estar casado, había disfrutado de buen sexo, como hacía con todos sus amantes. No tenía tapujos en revelar que ella era quien dominaba las relaciones de cama. Era muy echada hacia delante y nunca había tenido problemas a la hora de encontrar el amante de turno. Pero nunca le duraban. Antes de que su desbocada pasión tuviera tiempo a estabilizarse, la relación se desmoronaba por otras causas. Eva y Marga opinaban que el papel dominante de Luisa en la cama, que en principio gustaba a todos los hombres, terminaba por achicar su autoestima varonil.
—Gracias —murmuró, y dejó de pensar en sus amigas, abandonándose por completo a él, en el momento que la penetraba.
Dos horas más tarde volvía a estar en la calle. Pasaban de las nueve, y hacía horas que había oscurecido. Caminó por la calle deteniéndose en cada tienda para ver los escaparates. No compraría nada; no le hacía ninguna falta. Se sentía hermosa en los mismos vestidos, tejanos estrechos y botas altas que había llevado el año anterior. Hermosa, escuchada, amada, deseada... ¿Qué más podía pedir?
Sabía que nadie la esperaba en casa y se demoró en llegar. Cuando lo hizo ya eran casi las diez. Tenía un hambre atroz y fue directamente a la cocina con la idea de engullir lo primero que encontrase en la nevera. Las luces domo detectaron su presencia y al instante la amplia e inmaculada cocina blanca quedó iluminada. En la esquina de la ele que formaba la isla central, un jarrón con catorce rosas rojas le dio la bienvenida.
Marga soltó un grito de júbilo y se llevó las manos al pecho. Olió las rosas aspirando con fuerza y buscó entre los tallos una tarjeta. La encontró dentro de un sobrecito. Leyó: «Feliz día de San Valentín, mi amor. Siento mucho no poder compartirlo contigo. Te compensaré. No hagas planes para el sábado: he reservado mesa en tu restaurante favorito. Te quiero, Rafael».
Definitivamente, era la mujer más afortunada del mundo. ¿Quién tenía un marido tan romántico y atento como Rafael? ¿Qué importaba que siempre estuviera de viaje de negocios y casi nunca en casa, y que no estuvieran juntos hoy ni dos meses antes, cuando había sido su cumpleaños? Lo celebrarían el sábado en uno de los restaurantes más caros de la ciudad. Él se tomaba su carrera muy en serio y esa enorme casa la tenían gracias a su trabajo duro. Siempre se había preocupado por que a ella no le faltara de nada. Incluso le había pagado sus estudios y ahora Marga tenía la satisfacción de trabajar en algo que le gustaba de verdad y de lo que no dependía económicamente. Ni Eva ni Luisa tenían tampoco ese privilegio. Eva era administrativa en una empresa de construcción. Tenía que aguantar los caprichos y el machismo de su jefe, pero con los tiempos que corrían, no podía ni plantearse buscar otra cosa; tampoco tomarse una excedencia para estudiar: no disponía de tiempo y en su casa eran imprescindibles tanto su sueldo como el de su marido. Luisa era psicóloga y se ganaba bien la vida, aunque sus amigas no dejaban de notar la ironía de que su propia vida estuviera tan carente de la inteligencia emocional de la que tanto hablaba. Y por mucho dinero que ganara, no tenía un marido que año tras año la llevara de vacaciones durante dos semanas a un hotel de cinco estrellas en Punta Cana o cualquier otro punto del Caribe.
Marga se sentó en el taburete frente a un gran plato de espaguetis a la carbonara, recalentado en el microondas. El sexo siempre le abría un apetito descomunal. Sabiéndose totalmente sola en la enorme finca de las afueras de la ciudad, se dirigió a esas paredes blancas, limpias y silenciosas, y les reveló sus cuatro secretos:
         —He encontrado a un hombre sensible y cariñoso, que me escucha y al que no le importa verme llorar. He encontrado a un hombre que adora mi cuerpo y se deleita haciéndome el amor a mí y solo a mí. He encontrado a un hombre que aporta un generoso sueldo y se encarga del trabajo en casa. Y lo más importante: he conseguido que ninguno de los tres conozca la existencia de los otros dos.