Carmen Grau, lectora, viajera, escritora y mamá independiente.

jueves, 15 de mayo de 2014

El mundo es mi hogar

Últimamente algunos amigos, familiares e incluso lectores que no conozco más que a través de las redes sociales me envían artículos, fotografías o lemas que dicen que hablan de mí: una viajera inagotable, expatriada, ciudadana del mundo.
Los leo con interés y, en efecto, me siento identificada. O mejor dicho, comprendo lo que leo, porque lo he vivido. Y me halaga que piensen en mí, pero no os voy a engañar: yo ya no soy lo que era, ni como viajera ni como expatriada.
No pienso en mí misma como una expatriada, o una extranjera, porque no me siento así en ningún lugar. La primera vez sí, pero hace ya muchos años de eso. Entonces decía Hello y antes de llegar a la segunda ele ya alguien me estaba preguntando de dónde era. Y yo respondía, no sin orgullo, que de Barcelona. Mi novio americano me regañaba, opinaba que no debía esperar que el mundo supiera dónde está Barcelona. Tenía que decir Spain. Ahora que ya podría anunciar que soy de Barcelona sin peligro de que nadie se rasque la barbilla, digo que soy de todas partes.

Hace dos semanas llegué a Filipinas y, aunque no había estado nunca antes, el país apenas me sorprende o causa admiración. Es como si ya lo conociera. Lo mismo me ocurrió el año pasado en Corea y en Japón (en Japón sí había estado antes). No es culpa del país; soy yo: he viajado tanto que me he convertido en una mala viajera. A veces me aburro, porque nada es nuevo. No me llaman la atención las cosas demasiado parecidas a otras ya conocidas de otros lugares. En las Filipinas se mezclan la pobreza y suciedad asiáticas con la riqueza occidental y se nota todavía una fuerte influencia española y americana. Hay gran cantidad de mendigos por las calles y destrozos; el terremoto del pasado octubre ha dejado huella hasta en las paredes del piso donde nos hemos instalado.
Es un poco triste que lo más sorprendente hasta el momento haya sido esta frase, en boca de Brad, quien fuera en otros tiempos compañero de viaje y otros avatares de la vida:
—Aquí murió Fernando de Magallanes.
Monumento a Lapu Lapu
—¿Seguro?
Estábamos en Punta Engaño, en la isla Mactán de Cebú, aunque allí la llaman Lapu Lapu, como el primer héroe nacional, que se negó a pagar tributo al rey de España y convertirse al cristianismo. Sus guerreros fueron los que mataron a Magallanes.
—Pero… ¿Magallanes, Magallanes? ¿El explorador? —insistí yo.
—El mismo.
Dave frente al lugar donde murió
Magallanes 
No me chocó que se tratara de él, ya que Cebú está llena de referencias a Magallanes, su cruz y el Santo Niño que entregó al rey y la reina de esta isla —Humabon y Amihan antes de ser bautizados como Carlos y Juana—, sino que yo no recordara ese dato de mis tiempos de primaria y sobre todo el nombre de Lapu Lapu. Esa es una de las razones por las que me gusta tanto viajar: para volver a aprender todo lo que olvidé. Aunque a veces tenga que discutir con la profe de turno.
—Magallanes descubrió las Filipinas —nos dijo otro día la guía que nos enseñó el Fuerte de San Pedro, el bastión triangular español más antiguo del país. Segundos antes me había susurrado al oído—: ¿Qué hace esa mujer al lado de tu marido?
—¿Cómo que descubrió? Las Filipinas ya estaban aquí antes de que llegaran los españoles —respondí yo, y más bajito—: Es su novia y él ya no es mi marido.
—Fueron los primeros europeos en llegar y Filipinas no era entonces una nación, así que se acepta que Magallanes fue el descubridor —respondió con el tono de voz de alguien que ha pronunciado las mismas palabras otra veces, y en un susurro las que no—: ¡Pero si tú eres mucho más guapa!
Más tarde nos pidió que posáramos para una foto todos juntos con ella. Me la envió al día siguiente con un mensaje y las palabras: «Por cierto, he cortado a la chica»; el título del mensaje era «Beauty plus».
Hay que ver cómo son algunas mujeres, pensé, ahora no puedo enseñar la foto a los otros sin que alguna de las tres quedemos mal.

Glorias españolas
 En esta etapa de mi vida no viajo tanto para conocer otras culturas y otras maneras de pensar porque ya todas se parecen tanto… La globalización me lo pone cada vez más difícil, y de momento no deseo luchar contra eso. Pero sigo disfrutando de la gente, la gastronomía, la naturaleza... De la comida lo que más me gusta es el kinilaw, la versión filipina del ceviche. Los filipinos son muy curiosos; me preguntan sin tapujos lo mismo que en todo el sudeste asiático (estado civil, procedencia, destino) y otras cosas más raras; por ejemplo, hace tres días alguien se interesó por si mi nariz es de verdad. 
Pero no me canso de viajar, es como una adicción. Adoro los aviones, los trenes, los autobuses y los barcos. También las bicicletas, y más que nada mis dos pies. Viajo porque me gusta moverme. Y también para no estar en casa.
Antes de seguir, tengo que aclarar que yo no tengo casa. Sí tengo un techo bajo el que cobijarme, pero nunca he sentido el apego por la casa que siente la mayoría de la gente. En parte por eso no soy aficionada a la decoración de interiores. Puede que suene triste, pero para mí no lo es. Lo acepté hace muchos años ya, la primera vez que me fui. Tengo base, y como he vivido en varios países, mi base va cambiando. Desde que nació mi segundo hijo, está en un pueblo del suroeste de Australia. Fui allí de vacaciones para recuperarme después del parto, y ya no regresé a mi casa anterior. Lo llamamos «casa» para entendernos; los niños dicen que para ellos sí lo es. Hubo una época en que su hogar era Singapur. Imagino que pronto llegará el día en que será el mundo, como el mío.
No es que no me guste estar en casa, pero cada vez que llegamos a ella después de haber viajado, yo paso días de desasiego, en los que solo pienso en volver a irme. Aunque me ha pasado infinitas veces, a menudo me cuesta recordar que debo ser paciente, dejar que pasen los días y controlar el impulso de meterme en internet y comprar billetes para nuestro próximo destino. Me encuentro preguntándoles a los niños: «¿Qué os parece si volvemos a vivir un tiempecito en esa isla de Indonesia donde no hay coches? Lo pasamos muy bien allí…» mientras compruebo lo baratos que están los vuelos allí en esta época baja… Ellos suelen decirme que no, que ahora desean estar en casa, «y además en esa isla huele a caca de burro», añade Alex. Todavía no sufren el síndrome, la enfermedad, o como quieran llamarlo, de manera tan acentuada como sus padres, aunque ya se observan síntomas: parece que es genético, o se hereda con el ejemplo. Precisamente porque sé que mis hijos volarán muy lejos y es probable que no seamos vecinos de escalera, ni siquiera de calle, aprovecho ahora todo el tiempo presente para disfrutar de su compañía y seguir volando juntos.
Ellos también disfrutan de mi compañía, y de la de su padre, y si nos ponemos de acuerdo y nos pueden tener a los dos juntos, son más que felices y no les importa quién haya de más, mientras estemos los cuatro. Y si a ellos no les importa, a mí tampoco, porque ellos son mis maestros y gracias a ellos desaprendo y reaprendo, y sigo desmontando convenciones sociales que no van conmigo.
Así que ahora estamos en Filipinas (bueno, yo ahora mismo estoy en Corea, es que ya he vuelto a moverme). Y viajamos hace dos meses a Malasia y Singapur. Y un mes antes a la otra punta de Australia. Y yo empecé el año en Indonesia... Han pasado solo cuatro meses y medio desde que se inició el año y no hemos parado de ir de un lugar a otro.

Alex protegiéndose del sol
en Filipinas
Cuando llegamos a casa siento esa fuerza inmediata que me hace pensar en el próximo viaje. Sin embargo, cuando estoy fuera pienso en volver. No añoro la vuelta —intento siempre vivir el momento— pero me reconforta saber que el viaje no será eterno, que todo se acaba. Como la dependencia de mis hijos pequeños en mí; también se acabará y eso es bueno, y también es bueno saberlo.

De vuelta en nuestra base después del viaje a Singapur, estábamos tan contentos mis dos hijos y yo que pasamos días seguidos sin salir ni para ir a comprar. Mientras, se concretó con mi cuñada lo que llevábamos semanas hablando con mensajes arriba y abajo: mi sobrina de once años vendrá a vivir cinco meses con nosotros. Mi madre la traerá a finales de junio y a principios de diciembre la llevaremos nosotros de vuelta a Barcelona y de paso nos quedaremos a pasar la Navidad. Estamos los tres muy contentos, ellos porque convivirán con su prima tanto tiempo y yo porque seré madre de tres, y de una niña a la que quiero tanto.
—La tendremos que llevar cada mañana al colegio —les advertí a los niños—. Eso es lo que quieren sus padres, así que por un tiempo tendremos que seguir una rutina. No será fácil pero aún nos quedan unos meses para hacernos a la idea.
—¿Y mientras esté aquí no podremos viajar? Eso no puede ser —dijo Dave, que ya tiene casi ocho años.
Empecé a contar con los dedos: abril, mayo, junio, julio, agosto, septiembre, octubre, noviembre… ¡ocho meses! Ocho meses sin viajar son demasiados para esta familia. En agosto haremos una escapadita a Bali, pero aun así…
—Miremos el lado positivo —le contesté—: Así sabremos cómo se sienten los que están en arresto domiciliario.
Pero a mí tampoco me acababa de convencer eso de estar tantos meses sin movernos de la base. Entonces me llamó Brad y, casi sin pensar (aunque lo había consultado antes con los niños), le dije:
—En cuanto a lo que me propusiste... Sí, iremos a verte a Filipinas.

En un jeepney, el dos-hileras filipino
Y luego me escribió mi amiga Tatiana, con la que realicé el viaje a Tailandia que me inspiró a dejar el trabajo, la familia y los amigos para recorrer en solitario el Sudeste Asiático. Sus palabras: «Ya sé que no te hace mucha gracia volver a Estados Unidos, pero he estado pensando en tu idea y te propongo que nos encontremos en Hawaii…». Y yo le contesté que sí, claro, porque iba a estar en Filipinas y total, solo tenía que cruzar un charco muy pacífico.
Así que aquí estoy, esperando mi vuelo a Honolulu después de haber pasado un día en Seúl. He visitado un templo y un palacio. No he hecho fotos: no me han impresionado, se parecen demasiado a los de Japón. Pero he comido en un restaurante de cocina coreana tradicional buenísimo y he conocido a dos chicos que me han enseñado cómo se confeccionan los pastelitos de miel y nueces típicos de aquí, y a decir awesome en coreano.
Mi vuelo sale a las 17:40 y aterriza a las 8:35 del mismo día. Viajo hacia atrás... diecinueve horas hacia el pasado. Va a ser el día más largo de mi vida, pero lo estoy pasando bien.
No espero curarme nunca de este deseo irrefrenable de ir de un lugar a otro. Y aunque sé que no todo el mundo es así, yo no me siento incomprendida, ya no: tengo gran variedad de amigos como yo. Así es como se consuelan los que sufren el síndrome: juntándose, como dice el refrán: «Su madre los cría y ellos se juntan» (o algo así). No sé cuánto tiempo más seguiré en la misma base, pues hay otros lugares en los que también probaría a vivir largas temporadas, pero lo que más me gusta de mi rincón del mundo actual es que lo habita gente de todas partes, algunos expatriados y otros viajeros de paso, y en los últimos años muchos europeos: franceses, alemanes e italianos sobre todo, pero también algún que otro español. Casi todas las nacionalidades están representadas, aunque pocos se quedan: van y vienen. El mundo es cada vez más así, cosmopolita en todas partes, y a mí me encanta, por eso ningún sitio es mi hogar y todos lo son.

martes, 15 de abril de 2014

Asignatura pendiente: la Psicohistoria

Hace apenas dos meses descubrí algo fascinante, una nueva asignatura llamada Psicohistoria. A pesar de no tener ni idea de que existía como ciencia, yo hace años que la estudio, y sin darme cuenta. Esta materia es real, no tiene nada que ver con la psicohistoria ficticia de Isaac Asimov. Así, dicho rápidamente, se define como el estudio de las motivaciones psicológicas de acontecimientos históricos.

Llevo analizando la historia desde que tengo la libertad de hacerlo como a mí me gusta: no memorizando un montón de fechas y nombres que no me importan (me aburre especialmente recordar nombres de batallas) sino preguntándome siempre por qué. ¿Por qué los alemanes escogieron democráticamente a un hombre que ya había dado muestras de ser un psicópata sediento de poder? ¿Por qué Mao Tse Tung, que tuvo una madre cariñosa que veló por él en su infancia y que fue un hombre culto y amante de la literatura, se convirtió en un asesino en masa responsable de la muerte de millones de personas? ¿Y Pol Pot, por qué lo hizo? ¿Y Franco? ¿Mussolini? ¿Pinochet? … Más importante aún me parecía responder a la pregunta: ¿Por qué permitió el resto del mundo que esto ocurriera? Un hombre solo no puede. ¿Y por qué hay guerras? ¿Son las guerras lo que hace malos a los hombres? ¿O los hombres son malos y por eso hay guerras?



Estudiando a mi propia familia llegué a culpar a la guerra de todo. La guerra, según me contó mi madre cuando le pregunté de muy pequeña, era algo inevitable. A mis dos abuelos los fueron a buscar para llevarlos al frente y con solo diecisiete años los obligaron a pegar tiros cuando ninguno de los dos tenía inclinaciones políticas ni ganas de matar a nadie. Pero uno de ellos, el materno, se escapó y permaneció escondido durante dos años hasta que terminó el conflicto. A este abuelo lo quise más que al otro porque no hace muchos años que murió y tuve mucho más contacto con él. Jamás podría haberlo imaginado empuñando un fusil; no creo que matara nunca ni a una mosca.

El otro abuelo regresó a casa cuando la guerra hacía años que había terminado, hecho un hombre ya, sobre todo porque había matado a otros. Tenía veinticuatro años y era hijo único. Se casó y tuvo hijos, y maltrató tanto a sus padres como a su mujer y a sus hijos. El castigo corporal a menores entonces era normal, también cuando yo era niña, incluso ahora la mayoría de padres lo justifica a pesar de que en España está totalmente abolido y por tanto constituye abuso infantil en toda regla (desde 2007). Sus nietos, que apenas lo conocimos, todavía tenemos que vivir con las secuelas del maltrato que nos pasó en herencia; nada del otro mundo tampoco: lo normal en todas las familias. Muchas veces le he preguntado a mi madre cómo eran mis bisabuelos, a los que yo recuerdo como dos viejecitos indefensos, qué le hicieron a su único hijo para que se portara tan mal con las personas a las que más tendría que haber querido. Mi madre siempre me ha asegurado que eran buenos, sobre todo con mi padre. Claro, compensaron con él lo que no le dieron a su propio hijo. Por eso son tan importantes los abuelos: el sentimiento de culpa es muy poderoso. Ahora estoy segura de que mi abuelo debió de tener una infancia muy difícil, aunque no puedo demostrarlo, pero durante años me contenté con la explicación de que la guerra lo traumatizó.

Cuando viajé por el sudeste asiático y visité los campos de la muerte en Camboya o los museos de guerra de Vietnam llegué a la conclusión de que las guerras son inherentes al ser humano y de que siempre existirán. Han pasado catorce años y ya no pienso igual, porque desde entonces he leído mucho más sobre historia y psicología y he tenido hijos. Ahora pienso que los seres humanos nacen con la capacidad de desarrollar el bien o el mal y que se decanten por uno o por otro depende directamente de la educación que reciban en el ambiente familiar, sobre todo en los primeros años. Se pueden señalar causas económicas, políticas y religiosas para las guerras y las dictaduras, como llevan haciendo los historiadores y antropólogos durante siglos, pero creo que ya no se debe seguir ignorando el papel de los padres de cada época.

Antes de descubrir la psicohistoria yo ya sospechaba que los dictadores más notorios de nuestra historia reciente debieron de ser víctimas de una extrema crueldad de niños, igual que lo son los psicópatas y la gran mayoría de enfermos mentales. Me interesé por sus biografías y encontré un factor que se repetía en todas: maltrato por parte del padre. Hitler, Stalin, Mao Tse Tung, Franco, Mussolini… tienen en común haber odiado a su padre, y no sin razón: era un padre disciplinario y autoritario, en algunos casos alcohólico, que les pegaba e insultaba, y les obligó a seguir una carrera en contra de sus otros intereses: la literatura y el arte. El caso de Saddam Hussein fue un poco diferente porque su padre murió antes de nacer él. Su madre intentó abortar y cuando nació el bebé, lo envió a casa de un tío. Poco después se volvió a casar y recuperó al pequeño Saddam, al que su padrastro maltrató impunemente. Además, casi todos esos futuros dictadores siguieron una carrera militar y crecieron en un ambiente de fundamentalismo religioso que contribuyó aún más a gestar los genocidas en los que se convirtieron.

Sin embargo, creo que se les ha dado un protagonismo excesivo a Hitler, Stalin, Mussolini, Franco, Pinochet (todavía no he encontrado ninguna biografía que hable de la dura infancia del dictador chileno, pero estoy convencida de que la tuvo; quizás es demasiado pronto para que alguien la publique) y el resto de la tropa, pues, al fin y al cabo, ellos no lo hicieron solos: tuvieron el apoyo de la sociedad. En una sociedad patriarcal, autoritaria, moralista, y en la que se trata a la mujer como un ser inferior, surgen dos tipos de individuos: los dictadores y los obedientes. Los segundos son los realmente peligrosos, pues sin seguidores un dictador no es nada. Esos fueron los que escogieron a Hitler democráticamente y los que toleraron una dictadura de cuarenta años en España. A los obedientes también los maltrataron de niños y se convirtieron en adultos faltos de empatía, que o no actúan ante el mal que hacen otros, o se unen a ellos por inercia.

Hoy en día no se concibe que en España o Alemania haya una dictadura porque la sociedad ha evolucionado. Además, no ocurre que dos países democráticos entren en guerra. Pero sigue habiendo niños maltratados que inconscientemente vengan sus heridas de la infancia contra el mundo: son los políticos que abusan de su poder. Pero ¿quién sigue votándolos? Los obedientes que confían más en la autoridad que en su propia capacidad de pensamiento crítico.

Creo que el papel de la familia y los padres es crucial para el buen desarrollo de la sociedad y me apena que se le siga dando tan poca importancia. De todos modos, me siento muy optimista porque es evidente que estamos evolucionando, a pesar de que se dan muchos pasos hacia atrás. A medida que pasan los años hay más estados democráticos en el mundo y menos totalitarios. Por eso creo que algún día dejarán de existir las guerras, quizás dentro de solo cien años. El crimen también está decreciendo en todos los países democráticos del mundo. Estamos evolucionando mucho, y no hablo de tecnología sino de evolución emocional. Quizás sea más difícil verlo porque en lo emocional y psicológico hay constantes contratiempos, mientras que en lo tecnológico es evidente que siempre vamos hacia delante, aunque a menudo en detrimento de la naturaleza. Por ejemplo, es un gran contratiempo ser una sociedad tan drogodependiente. Que cada año se diagnostiquen más casos de TDAH y se recurra rápidamente a la medicación es una gran desgracia en el buen camino de tratar mejor a nuestros hijos. Y vuelvo a lo mismo: detrás de las grandes corporaciones hay individuos heridos y ansiosos de poder y de dinero, y los padres que medican a sus hijos tan confiados en la autoridad son los obedientes y cobardes que se niegan a ahondar en el problema y a sacar a sus hijos de un sistema en el que no encajan. Aun así, insisto en que hay razón para el optimismo. Cada vez que oigo a alguien decir o leo por ahí algún artículo que dice que tiempos pasados fueron mejores, que los niños antes eran más felices con menos, me cuesta mucho callar: no es verdad. Lo que pasa es que el consumismo que nos acosa por todas partes es otro contratiempo y en las últimas décadas los niños se han convertido en las víctimas perfectas. Los niños de hoy en día son más felices que los de hace treinta años, y los de hace treinta años lo fueron más que los de hace cincuenta. Así que los hijos de nuestros hijos serán aún más felices y toda la sociedad se beneficiará. Y esto es así porque cada vez hay más padres que tratan mejor a sus hijos, con más respeto y empatía. Cuando a un niño se le cría con respeto, compasión, amor, empatía… no es posible que se convierta en un ser egoísta y malvado. No deja de sorprenderme que haya gente que me cuestione esto. Gente que parece leída e inteligente me ha dicho: «Debe de haber casos en los que se les dio solo amor y aun así salieron psicópatas». No, no lo creo. Y quien lo crea quizás no sepa lo que significa realmente educar con empatía y respeto, algo que no debe confundirse con la permisividad y la sobreprotección, que son tan nocivas para los niños como el autoritarismo.

Para demostrar el holocausto infantil que han perpetrado los humanos a lo largo de las épocas, voy a resumir la Historia de la infancia según el psicohistoriador más notable de hoy en día, Lloyd de Mause, que destaca seis modos paterno-filiales: infanticida, de abandono, ambivalente, de intrusión, de socialización, y de ayuda. El modo infanticida se caracteriza por el sacrificio de niños y era lo normal en las sociedades tribales mesoamericanas, los incas, los cartagineses, los fenicios, los asirios… Los griegos y los romanos no practicaban estos sacrificios pero abandonaban a los bebés y niños a su muerte, algo totalmente aceptado por la sociedad. El modo del abandono era la norma en la Edad Media: se inmovilizaba a los bebés, se abandonaban en orfanatos o monasterios, se enviaban a los niños a otras familias como aprendices; apareció la figura de la nodriza o ama de leche, que a menudo mataba a sus propios hijos para amamantar a otros. En el modo ambivalente, propio de los siglos XVI y VXII, ya no se abandonaban a los niños en los monasterios, pero se les pegaba y mataba; también se lloraban sus muertes. Los padres ambivalentes son capaces de mostrar hacia sus hijos amor y odio extremos sin que un sentimiento afecte al otro. El modo de intrusión se caracteriza por el abuso psicológico: el uso de la culpa, las amenazas del infierno, la obligación  de ir al baño a ciertas horas, la represión de la sexualidad infantil; fue lo normal en el siglo XVIII, época en la que nació también la pediatría y la empatía hacia los niños. El modo de socialización (siglos XIX y XX) usa la disciplina mental: se enseña a los niños a seguir los deseos de los adultos, que los educan para servir a la sociedad, incluso como mano de obra barata; se da mucha importancia a las buenas maneras y la escolarización es obligatoria. Es el que todavía prevalece hoy en día en Occidente, aunque empieza a ganar terreno el modo de ayuda (a mí no me gusta este término pero es el que usa de Mause; yo me veo más como una guía, no una ayuda): se termina por completo la humillación del niño y la insistencia de los adultos por controlarlo; los padres ayudan al niño a conseguir sus propias metas en vez de socializarlo para conseguir lo que los adultos esperan de él. En el modo de ayuda la escolarización obligatoria no tiene cabida y desaparecerá a favor de la educación libre, el aprendizaje natural y la automotivación, o las escuelas democráticas, donde los niños escogen lo que quieren aprender.

Todos estos modos coexisten hoy en el mundo y, a excepción del último, se relacionan con trastornos psiquiátricos. La mayoría de padres que conozco usan aún el modo de socialización para educar a sus hijos, en mayor o menor grado. El modo de ayuda es el del futuro próximo y cada vez hay más padres que poco a poco se van adaptando a él.

Con este artículo he querido mostrar que la manera en que se trata a los niños afecta directamente a la evolución de la sociedad y que está en nuestras manos conseguir la paz en el mundo. No es ninguna utopía: está a nuestro alcance, aunque queda mucho por hacer. Para terminar, me gustaría recomendar el libro que me ha inspirado a escribirlo: Parenting for a Peaceful World, del psicólogo australiano Robin Grille, a quien he tenido la gran suerte de conocer en persona. No está traducido al español, según él mismo me dijo, porque ninguna editorial española o latinoamericana se ha interesado por traducirlo a pesar de haberse vendido muy bien en Estados Unidos, Australia y Nueva Zelanda.


domingo, 16 de marzo de 2014

Historia de una librera

A los veintidós años escribí mi primera novela. Nunca intenté publicarla, pero hace mucho tiempo que está reposando y algún día volveré a leerla, quizás reescribirla. Apenas recuerdo nada sobre ella, pero sí que la protagonista trabaja de dependienta en una librería de Barcelona. Era un trabajo que a mí me habría gustado tener y decidí vivirlo a través de un personaje de ficción.
Muchos años más tarde encontré una librería de segunda mano cerca de donde vivía entonces, en una pequeña ciudad de Australia. Era la mejor librería «de viejo» que había visto jamás porque allí lo único viejo era el precio de los libros. Eran de segunda (o tercera o cuarta) mano, pero estaban en perfectas condiciones. El dueño empleaba horas cada día en su casa puliendo los que tenían las hojas demasiado marrones, forrándolos, o quitándoles las manchas de café de las cubiertas. Aprendí eso y muchísimas cosas más durante los más de dos años que tuve el placer de trabajar allí.
Me presenté con las manos vacías, solo yo y mis palabras:
—Me encantan los libros y me gustaría trabajar aquí.
Al jefe le gustó mi actitud, pero cuando al día siguiente sí le llevé el currículum, me dijo:
—Me temo que estás sobrecualificada. Yo te contrataría solo de dependienta y no podría pagarte mucho.
No se lo dije entonces ni nunca, pero la verdad era que habría trabajado allí aun sin cobrar nada. Así que los $14 la hora (menos de la mitad de lo que cobraba dando clases de español e inglés en una academia de Perth) fueron como un regalo.
Con plena confianza le aseguré al jefe que yo sabía mucho de libros, porque leía mucho. Al cabo de unos días me dijo que él apenas leía porque no tenía tiempo, pero sabía mucho más de libros que yo.
—Pero ya aprenderás. Lo que tienes es muy buen customer service y eso me gusta.
En cuanto entraba alguien en la tienda yo enseguida entablaba conversación. La mayoría sabía lo que quería pues se trataba de clientes asiduos, pero algunos llegaban en busca de una recomendación. Entonces yo me sentía en mi elemento, pero tenía razón el jefe: tuve que aprender mucho, por ejemplo, los nombres de las autoras de novela romántica que en inglés abundan y se venden como pipas. También tuve que estudiar las obras de muchos autores a los que hasta entonces no había prestado atención, y cómo escriben, como quién escriben, qué acaban de publicar… Lo más importante no era que hubieran ganado el Man Booker o el Pulitzer, sino que fueran superventas (la sección de literary fiction era una de las más pequeñas y menos visitadas de la librería).
Pocos meses después ya era capaz de hablar de la obra de cualquier autor aun sin haberlo leído, y venderlo de manera que el cliente no volviera al cabo de dos días y me tirara el libro a la cabeza. La clave estaba en averiguar qué tipo de lector era, por ejemplo, preguntando qué novela acababa de leer o cuál le había gustado mucho. Cuando quien pedía sugerencias era alguien con gustos parecidos a los míos, le recomendaba algunos de los mejores libros que he leído en mi vida. Una de las satisfacciones más grandes de ese trabajo era (y sigue siendo) que un cliente regresara para decirme que le encantó el libro que le recomendé.
Aparte del trabajo de dependienta, yo aspiraba a saber todo lo que hay que saber para llevar una librería. El jefe respondía a todas mis preguntas y enseguida empezó a adjudicarme más responsabilidades. La tienda abría todos los días; los fines de semana había más trabajo y los domingos me encargaba de todo yo sola. El jefe no tenía vacaciones desde hacía más de dos años y un día me preguntó si me veía capaz de quedarme al mando durante dos semanas mientras él se iba a Bali con su familia. Le aseguré que podía marcharse tranquilo. Fueron dos semanas de trabajo muy intenso —apenas tenía tiempo para comer— pero valió la pena: vendí muchísimo y el jefe se quedó encantado. Entonces me dijo algo que guardo en la memoria para rescatar en momentos de pérdida de entusiasmo:
—Nunca he tenido a nadie como tú. Desde el principio supe que tenías algo especial, pero no sabía qué. Ahora lo sé: pasión, tú trabajas con pasión.
—Es verdad: yo, o disfruto con lo que hago, o no lo hago; antes prefiero vivir bajo un puente.
—Pero no me pareces el tipo de persona que trabaje así de a gusto para otros. ¿Has pensado en montar tu propio negocio?
—Por supuesto. I’m just picking your brain.
No sabría cómo traducir esa expresión: mi intención era aprender lo máximo del jefe para quizás algún día fundar mi propia librería.
Después de esas dos semanas quien se tuvo que tomar un descanso fui yo, porque aparte del tute que me pegué, estaba embarazada y sufriendo las molestas náuseas de los primeros meses. A medida que avanzaba mi embarazo, tuvimos que dejar claro cómo quedaba mi situación laboral. Yo no quería perder el trabajo, pero siempre había tenido muy claro que el día que tuviera un bebé, todo lo demás sería secundario. El jefe tampoco quería perderme, así que llegamos a un feliz acuerdo y a las dos semanas de haber dado a luz, regresé al trabajo. Metí al bebé en una bandolera como había visto hacer a tantas mujeres trabajadoras lejos del mundo occidental, y me lo llevé a la librería. Solo que yo no lo llevaba a la espalda, sino delante porque me era más cómodo y me sentía más cerca de él. El primer día el jefe me dijo:
—Creía que ya habías parido.
—Mi adaptación a este país es total: soy marsupial.
Fui mamá canguro y librera durante casi un año más, en el que el jefe volvió a dejarnos al mando durante otras dos semanas. Las cosas se complicaron un poco cuando el bebé empezó a gatear; más aún cuando descubrió lo divertido que era sacar los libros de las estanterías y tirarlos al suelo. Había llegado el momento de tomar una determinación: el trabajo y el niño a la vez ya no podían ser. Al final tuve que dejar la librería porque nos fuimos a vivir a Malasia y a la semana de estar allí supe que estaba embarazada de mi segundo retoño.

Siguieron casi tres años en los que la sociedad todavía insiste en afirmar que «no trabajé», aunque en realidad fueron los más laboriosos de mi vida. Nunca he dejado de leer a diario, pero durante esa época apenas escribí (tres o cuatro artículos para una revista y algún que otro correo electrónico) y me sentí intelectualmente muy desconectada del mundo. Cuando volvía a Australia de visita, me gustaba ir a ver a mi antiguo jefe para hablar de la librería y los libros. Le iba bien, aunque siempre lamentaba no haber encontrado a nadie tan dedicado como yo y ya no poder irse de vacaciones.
El día que mi segundo bebé cumplió un año regresamos a Australia después de haber vivido unos diez meses en Singapur. Nos habíamos trasladado a «la casa del sur» —la llamábamos así cuando teníamos dos casas— y mi antiguo trabajo, que podría haber recuperado, me quedaba demasiado lejos, a dos horas y media en coche. Sin embargo, siempre que tenía oportunidad, me pasaba por mi librería favorita. Fue más o menos en esa época, a mediados de 2009, cuando el jefe empezó a decirme que las cosas ya no iban tan bien: las ventas de libros habían bajado en un 20% y ya no podía permitirse tener a ningún empleado; se repartían todo el trabajo entre él y su mujer. No solo no vendían sino que se les estaban acumulando los previously loved books —un eufemismo muy usado por estas tierras— de los lectores que se los entregaban a carretillas. Un día su mujer me dijo:
—¿Tú no podrías encontrar ahí en Dunsborough alguna librería que aceptara todos estos libros y me pagara dos dólares por ejemplar vendido?
Pensé unos segundos antes de responder:
—Es que en Dunsborough solo hay una librería y… la verdad es que no es muy atractiva ni el personal muy amable. Yo, si tengo que comprarme un libro, antes de entrar en The Bookstore conduzco media hora hasta el pueblo de al lado.
Y entonces tuve una inspiración.
—¡Me los llevo yo! No sé cómo lo haré, pero ya encontraré alguna manera de venderlos.
La mujer del jefe accedió a darme tantos libros como quisiera con el acuerdo de pagarle dos dólares por cada uno que vendiera y devolverle el resto.
—Mejor te los pago todos ahora, como si ya los hubiera vendido —resolví.
Mientras metía las cajas repletas de libros en el maletero de mi coche, en los asientos de atrás, en el del copiloto y en cualquier espacio aprovechable, me invadió una emoción que todavía siento, cinco años después de haberme metido en esto, cada vez que compro un buen lote de libros. Por un lado, era como tener un tesoro: yo misma había escogido los libros, seleccionando solo los más populares, de mayor calidad literaria y los mejor conservados. Por otro lado, no tenía ni idea de cómo convertir esa mina de oro en dólares para recuperar al menos los casi trescientos que acababa de invertir.
Se me ocurrieron varias ideas, entre las que descarté enseguida alquilar un local, incompatible con mis circunstancias y estilo de vida. La mejor todavía me sigue pareciendo lo que les propuse a los propietarios de varios cafés de Dunsborough: añadir una estantería con todos mis libros para crear un bookcafé. Yo no podía dedicar las horas necesarias a vender los libros, pero se venderían solos, y yo solo iría a renovar el inventario y recoger las ganancias. Estaba convencida de que ambas partes nos beneficiaríamos, pero nadie aceptó. Así que seguí pensando y mientras tanto conseguí vender algunos libros a través de anuncios, y recuperé $125.
Tardé un mes en dar con la solución: el mercado del pueblo. En aquella época tenía lugar en un local —ahora es al aire libre— y la primera vez no tuve más que llevar las cajas de libros. Aun sin saber cómo me iría, volví a visitar al jefe para comprar otro lote de ciento cincuenta libros. Pagué $15 y me asignaron una mesa, en la que dispuse un mantel y unos doscientos libros pulcramente expuestos en orden alfabético. Como topes, en los bordes de la mesa coloqué ladrillos forrados de una tela preciosa que había cosido yo misma a mano. Recuerdo que ese primer día pensé que si ganaba $30 ya habría valido la pena el esfuerzo. Los libros tenían un precio de entre $3 y $10 dólares; alguien me preguntó por qué eran tan baratos, ¡si parecían nuevos y en las librerías costaban al menos $25! Exacto: ese sería el secreto de mi éxito. En un solo día vendí unos treinta o cuarenta libros y recuperé $250.
A partir de entonces asistí al mercado cada dos sábados. En un par de meses ya acumulaba beneficios. Compré más libros de mis antiguos jefes y también de otras fuentes; sabía dónde buscar porque eso también lo había aprendido en la librería. Visité otros mercados, de las localidades vecinas, y empecé a ir cada fin de semana. Me compré una marquesina y mesas plegables para los mercados exteriores. Además, encargué etiquetas y tarjetas, me hice autónomo y registré el negocio legalmente con el nombre de Dunsborough Books. El amable señor que me atendió en la oficina de South West Small Business Office me dio un montón de información sobre cómo llevar una pequeña empresa, además de ofrecerme cursillos que no tomé (no tenía tiempo; los niños seguían siendo mi prioridad y yo solo dedicaba a los libros los fines de semana). También me dijo que eso de tener un puesto ambulante era una idea excelente, y que había gente —en su mayoría jubilados— que vivían mejor de ese hobby de lo que lo habían hecho toda la vida con un trabajo «seguro». Sí, ya me había dado cuenta muchas veces de que la gente mayor son los que mejor viven, al menos en este país. Pero yo no quiero esperar a estar jubilada para vivir bien porque, además, no pienso dejar nunca de trabajar; para mí el placer y el trabajo siempre van unidos —creo que ya lo he dicho.
Durante un año me fue muy bien, pero creo que fue a partir del segundo cuando empezó a irme de maravilla. Había conseguido un buen puñado de clientes fieles que volvían siempre a mí en busca del libro bueno, bonito y barato que yo les ofrecía. Curiosamente, no hablaban de Dunsborough Books sino de the book lady; así es como siempre me han llamado. El día más memorable de toda la historia de Dunsborough Books fue el sábado 23 de abril de 2011. Aproveché el Día Internacional del Libro y de la Rosa para diseñar un cartel explicando su significado, y debajo coloqué una mesita plegable con un dragón, un caballero y una princesa de Playmobil. Tal como había esperado, la gente me preguntó curiosa qué era todo aquello, y yo descubrí, sorprendida, que aquí la mayoría de gente desconoce incluso que los libros gocen de un día internacional. Ese 23 de abril gané $600 por seis horas hablando de libros y literatura. Fue la única vez que no lamenté estar en Barcelona en día tan señalado. Lo único que salió un poco mal fue que muchos niños querían llevarse el dragón a casa y me cansé de repetirles que lo único que estaba en venta eran los libros.
Cuando Dunsborough Books estaba en la cima de la montaña y, trabajando solo los fines de semana, me proporcionaba un sueldo equivalente a lo que ganaba con un trabajo bien pagado en Perth de lunes a viernes de nueve a cinco, empezaron a salirme imitadores. Hasta entonces no había visto a nadie que vendiera libros como nuevos al precio que los vendía yo. Mi cash flow bajó considerablemente, pero lejos de abatirme, ese hecho me halagó como si García Márquez me hubiera plagiado. Yo fui la primera, pero no era necesario anunciarlo: la gente ya lo sabía. Aun así, llegó un momento en que ya no me salían a cuenta los madrugones y el trabajo a la intemperie en invierno, no por el dinero de menos que estaba ingresando, sino porque ya no lo disfrutaba. Continué fiel al mercado de Dunsborough (donde no tenía competencia), pero dejé de ir a los de las localidades vecinas.
Desde hace dos años ya solo le dedico a Dunsborough Books seis meses del año, los del buen tiempo. La crisis del libro también se ha notado en esta parte del mundo y han cerrado muchas librerías, entre ellas, la de mis antiguos jefes. En octubre del año pasado renové el seguro y firmé el contrato para asistir al mercado de Dunsborough durante los siguientes seis meses, hasta abril, pensando que quizás será el último año que lo haga. Ahora no gano con la venta de libros ni la mitad que hace cuatro años, aunque me sigue gustando mucho. En 2012 usé el nombre de mi pequeño negocio para crear mi propio sello editorial, así que Dunsborough Books sigue procurándome pequeños beneficios por otro lado.
Para mi sorpresa, la temporada empezó muy bien. En octubre y noviembre las ventas fueron mejores que el año anterior y pensé, animada, que si se mantenían, el año que viene continuaría. Sin embargo, mi motivación renovada se vio truncada con una sola llamada de teléfono. Los organizadores del mercado me informaron de que el dueño de The Bookstore se había quejado de mi presencia en el mercado, se había puesto en contacto con el shire (condado) y había amenazado con llevarnos a juicio si no retiraba mi puesto de venta de libros inmediatamente.
Nunca entro en la que sigue siendo la única librería del pueblo. Hace un par de años cambió de dueño, pero no mejoró en nada la tienda o la atención al cliente. No era de extrañar que le fuera mal, pero que yo le supusiera de repente una amenaza era una idea totalmente absurda.
De entrada, me desanimé al momento. Alguien me aconsejó que llamara al shire, fuera a juicio, ¡peleara!, pero como siempre, preferí escuchar a mi voz interior. Y no hice nada, porque yo en este aspecto no soy peleona: si alguien me pone obstáculos en el camino, tiendo a buscar otro camino. Aunque sentí un momento de lástima por mí misma, se me pasó enseguida porque mi vida no depende de esto; tengo otras fuentes de ingreso y otras ideas para seguir viviendo como me gusta y además vivir de ello. El propietario de The Bookstore, en cambio, debía de estar muy desesperado para haber actuado así. Además, tenía que ser una persona con muy poca visión, tanto de futuro como de presente. Aun sin conocerlo —preferí no ir a verle, en parte porque él sí sabe quién soy yo— me dio pena. Quizás no tuviera ni para pagar el alquiler del local. Al poco tiempo me enteré de que, en efecto, estaba con el agua al cuello, y en busca de un comprador para su negocio desde hacía un año.
Los organizadores del mercado me dijeron que si encontraba alguna otra cosa que vender, quizás algo que pudiera hacer yo misma, podía conservar el puesto, y me dieron un par de semanas para pensar en algo.
¿Y si me pongo a hacer tortillas de patatas y gazpacho?, pensé. Seguro que tendría mucho éxito. Pero después de darle algunas vueltas, tomé la juiciosa decisión de no liarme con temas de comida. Para empezar, tendría que solicitar permisos que con los libros no necesito, pero lo más importante es que con la venta de libros nunca me llevo trabajo a casa, en cambio sí ocio al trabajo, porque soy mi propia jefa y en los ratos libres leo.
Sin muchas esperanzas, pedí a los organizadores que me llamaran si algo cambiaba. Estuve a punto de comunicar públicamente que Dunsborough Books dejaba de existir como librería. Pero fui dejando pasar las semanas y casi me olvidé de ese triste final. Podía explorar la posibilidad de volver a otros mercados, pero no tenía ganas y además yo soy de Dunsborough y mi empresa se llama Dunsborough Books, ¡no quiero irme de aquí!
Al cabo de dos meses, otra llamada de teléfono, tan inesperada como la primera pero llena de alegría, me trajo una buena noticia: The Bookstore acababa de cambiar de dueño y el nuevo, entendiendo y respetando las leyes del libre mercadeo, no me consideraba ningún peligro y por tanto podía volver a vender mis libros.
—Solo hay un pequeño problema —me dijo una de las organizadoras del mercado en mi primer día de vuelta—, y es que al propietario nuevo no le interesa el inventario de la librería y no lo ha comprado. Nuestro amigo se ha quedado con todos los libros y me ha pedido un puesto en el mercado.
Me pareció que estaba buscando mi aprobación, así que le respondí:
—Por mí no es problema. No es la primera vez que tengo competencia.
—Ya, pero es que yo no quiero tenerlo. No es un hombre agradable. Nos amenazó, nos habló mal, nos quiso denunciar y nos obligó a deshacernos de ti de un plumazo. Ahora quiere hacerte a ti algo de lo que te acusó y sin razón.
Me encogí de hombros. Ese no era mi problema y no seré yo quien juzgue a nadie. No sé quién es ese hombre. Supongo que lo he visto por el pueblo, pero no sé quién es ni me importa. Hace ya un mes que Dunsborough Books volvió al mercado, pero a él no le han dejado; se lo han quitado de encima con excusas de espacio o similares. A pesar de que apenas queda un mes y medio de temporada, he vuelto con las pilas muy cargadas y hasta con vistas a continuar el año que viene. Y es porque ese primer día de vuelta descubrí que la gente me había echado de menos. Una señora a la que no recordaba haber visto jamás, exclamó:
—¡Ah, my favourite book lady, has vuelto!
Empecé a explicarle la causa de mi desaparición pero, para mi sorpresa, ella ya conocía la historia.
—Todos pensamos que era muy injusto que se te tratara así —me dijo otra persona.
Unos y otros expresaron su alegría por volver a tenerme allí. Eso fue lo que marcó la diferencia para mí y lo que me decidió a seguir. Y a pesar de los dos meses que perdí, ahora me alegro porque de otro modo quizás no habría sabido nunca que a más de una persona le apenó mi ausencia. Se me ocurrió entonces que la justicia social sí existe.

martes, 14 de enero de 2014

Las correcciones sí son importantes

Hoy, por fin, me siento a redactar un artículo que hace más de un año decidí escribir algún día para «ayudar» a mis colegas escritores. Si he tardado tanto es porque no soy amiga de dar consejos ni de recibirlos —si necesito ayuda voy a buscarla y ya sé de quién tomar ejemplo y de quién no—, pero ojalá nadie se tome esto como una lección, sino como lo que es: mi opinión personal, que comparten otros lectores y escritores.
Empezaré con mi propia historia. A finales de 2011 mi agente literaria me remitió un listado de todas las editoriales en las que había tratado de colocar Amanecer en el Sudeste Asiático y una nota final: «Lo seguiremos intentando, pero está muy mal la cosa». Llevaba más de seis meses insistiendo. Entonces me compré un Kindle, y poco después le escribía yo para darle las gracias por todo y comunicarle que iba a probar a publicar por mi cuenta.
Mi Amanecer llevaba ya diez años escrito, lo habían leído al menos una docena de familiares y amigos, yo lo había corregido y repasado unas diez veces a lo largo de los años, y había pasado por una corrección ortotipográfica «profesional». Aun así, antes de publicarlo en Amazon, lo repasé una vez más. Además, leí un par de libros sobre autoedición de escritores independientes anglosajones que ya llevaban un par de años en el negocio, seguí blogs, e hice todo lo que estuvo en mi mano por presentar un producto lo más profesional posible. Desde el momento en que decidí autopublicarlo hasta que pinché en el botón de publicar, pasaron tres meses. Más tarde cambiaría la portada y muchas cosas más, pero de entrada, lo de verdad importante para mí era que el documento no mostrara errores.
Mientras me ocupaba en todo eso, decidí comprar un par de las novelas en español que copaban las listas de las más vendidas. La primera que leí me sorprendió porque… ¡estaba llena de erratas y faltas de ortografía! La terminé aunque me costó, no por la trama o el estilo, sino porque tantos gazapos me dañaban la vista. Resolví escribir a la autora para hacerle saber que, en mi modesta opinión, su novela necesitaba una corrección. Su respuesta me dejó boquiabierta: la novela tenía errores porque antes de publicarla en Amazon no la había leído absolutamente nadie más que ella.
Después leí otras novelas autopublicadas (no muchas). Todas tenían fallos: de maquetación, de ortografía, de gramática, de estilo… Algunas me gustaron mucho y me dio pena que no fueran mejores por culpa de algo tan fácil de corregir. Así que hice lo que he hecho toda la vida: escribir a la editorial para señalarle los errores que encuentro en un libro que me ha encantado, para que los corrijan en la siguiente edición, si quieren. Pero detrás de esas novelas no había editorial; mucho mejor: podía escribir directamente al autor. Las editoriales no me contestaron jamás, ni para darme las gracias, excepto una vez en que me puse firme y dije que hasta ahí habíamos llegado. Fue cuando me encontré con que en mi ejemplar de Riña de gatos. Madrid 1936, premio Planeta nada menos y dedicado expresamente para mí por el propio autor, faltaban veinte páginas. Ante la dificultad de devolver el libro físico, la editorial me mandó las páginas desaparecidas en formato electrónico, y las tuve que leer en la pantalla del ordenador… ¡no me diréis que no es para quejarse! Luego imprimí esas páginas y las puse dentro del libro en papel, lo cual quedaba fatal en la estantería… Al final me deshice del libro y ya no lo tengo; no importa porque ya lo leí, pero lo habría guardado por razones sentimentales.
A lo largo de estos dos años he escrito a algunos autores independientes para decirles que su novela me ha gustado pero he encontrado algunos errores que les puedo indicar, si quieren. La mayoría ha reaccionado como lo habría hecho yo: con mucho agradecimiento y humildad. En algunos libros, sin embargo, he encontrado tantos fallos que no he podido seguir con la lectura. Esto me ha pasado también con las dos últimas novelas publicadas por una editorial española que he intentado leer. Con la última, que empecé y dejé hace solo unos días, me he sentido estafada. Alcancé a leer solo un 15% (que hubiera sido un 1% si tuviera más de doscientas páginas, pero es que era cortita) y al dejarla pensé: si al menos hubiera sido pirata... Pero no, yo pagué por ella, porque no tengo ni idea de cómo se bajan los libros pirateados ni voy a perder mi valioso tiempo en averiguarlo. Eso sí: cada vez voy con más cautela al comprar un libro publicado por una editorial española, y antes compruebo si está en la biblioteca. Ya sabemos que la crisis también ha afectado a las editoriales, anda que no se nota.
Por un lado me da pena que haya bajado tanto el nivel de profesionalidad de los libros publicados por editoriales tradicionales pero, por otro, creo que eso nos otorga una gran ventaja a los autores-editores independientes. Hasta hace poco la autoedición iba acompañada del estigma de la mala calidad, pero si hace dos años la gran mayoría de autores con los que cambié impresiones era de la opinión de que la forma no era importante y sí el contenido, ahora no conozco a ninguno que no le dé valor a una buena corrección.
Hace unos meses una autora independiente en busca de editorial se lamentaba de que tiene que repasar sus novelas al menos cinco veces, además de darlas a corregir a un profesional, y aun así después de publicadas recibe correcciones de los lectores. Si dispusiera del apoyo de una editorial, decía, podría despreocuparse de todo eso y dedicar más tiempo a escribir. Quizás eso fuera verdad antes de la crisis, pero ahora ya no lo es, y creo que los escritores independientes tenemos mucha suerte al contar con esa ayuda desinteresada de los lectores. Yo ya no me molesto en escribir a las editoriales para informarles de que una novela que han publicado está plagada de errores; tampoco me tomo ese interés por un independiente que tiene demasiados como para señalarlos todos. Pero sí lo hago por los autores que sé que, como yo, se esfuerzan por presentar una obra de calidad y que se preocupan por escribir bien. Algunos seguimos blogs de lingüística, como el excelente de Carmen Martínez Gimeno, Sin borrones, leemos manuales de estilo, consultamos la RAE y varios diccionarios constantemente, además de dar nuestros escritos a lectores cero e intercambiar correcciones. Otros prefieren gastarse el dinero en una corrección ortotipográfica e incluso de estilo y ahorrarse todo ese trabajo. Si os lo podéis permitir, es una excelente idea, no solo porque mejorará la calidad de vuestros escritos, sino porque además daréis trabajo a los sufridos correctores y editores, pobrecitos, que ellos también padecen la crisis. Aun así, antes de presentar una obra a un corrector, el autor debería tener la certeza de que no contiene ni un solo fallo. Los fallos estarán igualmente, aunque él no los haya visto, pero cuantos menos haya más fácil será para el corrector detectarlos. A menudo se habla de «una mala corrección», pero yo digo: detrás de una mala corrección hay un mal escrito. Los escritores que publican con editorial tradicional tampoco deberían relajarse en este aspecto.

Voy ya casi a terminar con una nota de humildad, para que nadie se piense que me creo experta en el tema o algo parecido. Yo no soy más que una aprendiz con muchas ganas de mejorar y escribir bien. También cometo errores y de todo tipo, pero soy muy afortunada: ¡a mí también me corrigen! Me han corregido familiares y amigos, escritores, editores, correctores y lectores, y espero que sigan haciéndolo. No me molesta en absoluto: me hacen un gran favor. Pero con cada corrección no me he limitado a efectuar los cambios en mis libros, sino que la he estudiado y grabado en el disco duro de mi memoria para no volver a cometer el mismo error.
Algunas meteduras de pata que continúo viendo en otros escritores son: «sobre todo» junto (solo va así si se trata de una prenda de vestir, lo cual no es nunca el caso), «aun así» va sin acento en la u, «echar de menos» es del verbo «echar» que echa la hache, «incluido» va sin acento, conjugación incorrecta del verbo impersonal «haber»… Yo además tiendo a inventarme palabras y hasta expresiones, por culpa de la interferencia del inglés y el catalán, y fueron tres personas las que me indicaron que futurístico e industrialista no existen en castellano. Bueno, ¿y los que usáis sorpresivamente qué? Yo esa sí que no la acepto. Ah, y ¿no puedo esperar a verte? En mis tiempos adolescentes decíamos «me muero de ganas por verte» pero ahora hasta la pasión nos ha robado el inglés, ¿o no es eso una traducción literal del I can’t wait to see you? Tampoco existe letraherido, pero ya lo he visto en varios escritos en español y no creo que tarde en adaptarse esta palabra que en catalán es mucho más bonita. Yo, como soy catalana, tiendo al queísmo, y a veces, peco de ultracorrección y cometo dequeísmo. Lo mismo les pasa a los madrileños con el laísmo y el leísmo. Además, uso expresiones catalanas que resulta que no conocen en el resto de España ni en Latinoamérica. Ahora me aseguro de que mis lectores cero incluyan a los de otras regiones; ellos son los que detectan mis barbarismos.
Me sorprende encontrar en autores españoles tanta contaminación del inglés; yo tengo una buena excusa, ¿pero vosotros? Ah, sí, las malas traducciones… Quizás de ahí venga que se use tan mal el gerundio, pero a mí lo que más me irrita es el abuso que se hace de la voz pasiva. Si algún día llego a leer que «el español es hablado aquí» en vez de que «se habla», os juro que me independizo definitivamente de todo lo español.
           Antes de decidirme por un libro leo la sinopsis y, si contiene faltas o está mal escrita, no lo compro. Uno de los fallos que más encuentro es el de la coma que separa el sujeto del predicado. No es de extrañar que nos equivoquemos tanto, cuando en las redes sociales no paran de circular lemas como este: «Un niño que lee, será un adulto que piense» o «Las mujeres, que leen, son peligrosas». Son mensajes tan bonitos que los usuarios los comparten una y otra vez y se propagan como un virus incontrolable. Yo no lo hago, por una sencilla razón: creo que la persona que escribe esos lemas antes debería preocuparse por hacerlo correctamente; quizás debería leer más.

domingo, 15 de diciembre de 2013

Mi familia y otros animales

Una de mis lecturas de primera juventud, que jamás olvidaré y que ahora creo que debió de inspirarme profundamente, fue Mi familia y otros animales de Gerald Durrell. Se trata de un relato autobiográfico que describe en clave de humor la vida de la familia del famoso naturalista inglés cuando él era niño y se trasladó con su madre y hermanos a Corfú. También habla con todo detalle de la rica fauna de la isla griega. En particular, me encantó leer sobre las excentricidades de Larry, el hermano mayor de Gerald, gran viajero que ya iba camino de convertirse en reputado novelista.
Ha pasado mucho tiempo, pero a menudo me acuerdo de ese libro, que espero volver a leer dentro de pocos años con mis hijos. Creo que les gustará porque tiene mucho que ver con nuestra propia vida, también en una isla, aunque mucho más grande, y también con muchos animales interesantísimos, la gran mayoría endémicos, que significa que no se encuentran de forma natural en ninguna otra parte del mundo.
No es de extrañar, entonces, que cada vez que alguien me pregunta qué tal me va la vida aquí, en Australia (muy bien, gracias), la conversación pronto gira en torno al tema de los animales. A veces algún amigo o familiar me escribe unas líneas expresamente para hablarme del último documental que ha visto y de lo peligrosa que es la fauna en este país. Llevo ya más de una década por aquí y tiendo a quitarle importancia al tema, aduciendo que esos documentales dan una impresión equivocada. Pero la última vez que alguien de casa me advirtió que tuviera cuidado con los animalitos y yo respondí: «Nunca hemos tenido ningún percance; bueno, excepto la vez en que se coló un lagarto de medio metro en casa, y otra vez que encontramos una serpiente en el jardín… ah, y el día de los escorpiones, y…» me di cuenta de que es verdad: en casa vivimos Dave, Alex, yo y… un montón de otros animales.
Al principio de mudarnos a esta casa en el campo, cuando Alex era un recién nacido, los animales que nos acompañaban eran solo salvajes. Cada mañana y cada atardecer nuestro extenso terreno se llenaba de cientos de canguros, para gran deleite de todos. Con el tiempo nos vimos obligados a poner una valla porque los simpáticos marsupiales se comían las plantas y árboles frutales. Todavía hay muchos que se cuelan, pero la verdadera plaga aquí son los conejos; cada año hay más, y en la carretera que lleva a casa tengo que conducir muy despacio para no atropellarlos. También durante los meses más calurosos tenemos que ir con tiento de no pisar a los dragones de lengua azul, a los que apreciamos mucho porque mantienen a raya a los ratones. Según wikipedia, estos fascinantes lagartos se crían en cautiverio y se venden como mascotas, pero al menos aquí, en Australia Occidental, son libres y a nadie se le ocurre molestarlos. (En la foto aparecen Dave y Alex con un blue-tongued lizard).
Bajo nuestra casa vive desde hace años otro lagarto al que los niños llaman Blackie porque sus escamas son completamente negras. El que se coló en casa era un racehorse goanna. Fue Dave, con cuatro años, quien lo descubrió y me dijo tan tranquilamente: «Hay un bicho en el cuarto de baño». Yo me asusté porque este tipo de lagarto, si se ve amenazado, puede trepar a un ser humano y morderle, o al menos eso fue lo que me dijo el guarda forestal que tenía que venir a sacarlo de casa. Estuvimos dos horas esperándolo mientras yo buscaba en internet toda la información posible y se la explicaba a los niños. Fueron dos horas muy emocionantes durante las cuales el lagarto pasó al salón y se metió debajo del mueble de la televisión. Al final conseguimos guiarlo hasta fuera con el sol de la tarde entrando por la puerta abierta.
A Dave y Alex les fascinan los animales, como sospecho que a la gran mayoría de niños. A los míos les gusta observar su comportamiento, saber lo que comen, cómo duermen, si son o no peligrosos… Yo les saco libros de la biblioteca para satisfacer su curiosidad y si tengo alguna duda no tengo más que preguntarles. Dave, sobre todo (porque es el mayor) tiene las respuestas a todo lo que yo no sé o se me olvida: si tal animal es vivíparo u ovíparo; mamífero, reptil, anfibio o insecto; vertebrado o invertebrado (aunque para ser exactos ellos dicen: tienesqueleto y notienesqueleto); herbívoro, carnívoro u omnívoro… A los niños de aquí les instruyen en el colegio sobre los diferentes tipos de serpientes y arañas para que distingan desde pequeños las peligrosas de las que no lo son. Los míos también conocen los nombres de todas las arañas, las que pueden tocar y las que no; de serpientes salvajes no deben tocar ninguna, pero a menudo van a una reserva de reptiles cercana a nuestra casa donde sí pueden acariciar y enroscarse, con supervisión adulta, a las enormes pitón.
Hace poco fui a caminar durante unos días con mi tía que estaba de visita desde Catalunya, y uno de los aspectos más interesantes de la excursión fue el encuentro con la fauna salvaje, en especial dos veces con una serpiente tigre. La primera vez la vimos tomando el sol y la observamos desde una prudente distancia. La segunda vez yo estaba sola; me había sentado en el camino para quitarme la arena de una bota y de repente alcé la mirada para encontrarme cara a cara con una de las serpientes más venenosas del país. Me levanté de un salto con una exclamación; un amigo me había dicho pocos días antes que en contra de lo que la mayoría piensa, hay que hacer ruido para ahuyentarlas, pues ellas nos tienen más miedo a nosotros, los humanos, que al revés. En efecto, la serpiente reculó, lentamente, casi como disculpándose, y fue un momento muy especial y emocionante: estar tan cerca de una picada que puede ser mortal pero a la vez tan lejos porque en realidad ella, como yo, solo pasaba por allí… te hace apreciar la vida.
En casa, cada mes de octubre y sobre todo noviembre que es la época en que crían, tenemos a urracas recelosas que temen por sus pequeñines y atacan a los humanos que caminan inadvertidamente por debajo de sus nidos. Este año no hemos tenido muchos problemas, pero hace un par de primaveras no podíamos salir de casa sin que nos vinieran a picotear la cabeza, y yo no lograba quitarme de la mente una obsesiva imagen de Los Pájaros de Hitchcock. Los niños las temen menos que yo porque han aprendido con naturalidad los aspavientos que deben hacer para alejarlas. Luego están las cucaburras, unas aves muy simpáticas que no hacen nada, pero se ríen y son tan estridentes sus carcajadas que por las mañanas pueden despertarnos antes incluso que el gallo.
Ah, sí, es que tenemos un gallo, y gallinas, claro; desde hace unas semanas una menos porque una noche se nos olvidó cerrar el gallinero y se la comió un zorro, de los que también abundan mucho por aquí. Ahora que los niños ya no son bebés, no se contentan con los animales salvajes que nos rodean. Primero fueron las gallinas, a las que les gusta dar de comer, acariciar y coger en brazos… Yo me limito a recoger los huevos, alimentarlas y limpiar las cagarrutas, qué remedio. Además ahora tenemos peces y cuatro budgies (el periquito común o cotorra australiana). Los niños ya se están preocupando por quién nos los va a cuidar cuando nos vayamos de viaje, que es algo bastante constante en nuestras vidas. Hace un par de semanas estuvimos fuera de casa durante seis días y, temiendo por la vida de los peces, decidimos llevarnos la pecera, hecho que fue motivo de muchas risas y más de un susto… Los pobres peces sobrevivieron el viaje a pesar de haberlos olvidado una noche en el calor asfixiante del coche, habérseles volcado el agua otro día y —el momento más angustioso— haberles puesto una vez el agua demasiado caliente.
El pasado verano del hemisferio norte estuvimos en Barcelona y los niños adoptaron a un par de tortugas (además de dos peces, caracoles y otros insectos que recolectaban por ahí). Hace ya casi cuatro meses que regresamos y cada vez que comentamos algún aspecto de ese viaje, Alex suspira y dice: «Echo de menos a las tortugas». También me han pedido que compremos un hámster y me escuchan fascinados cuando les explico las peripecias de los que tenía mi hermano cuando éramos pequeños. Yo no tuve animales, y en cambio les hablo del día en que con dos años (no lo recuerdo pero me lo contaron) abrí la jaula de los canarios de mi abuela para dejarlos volar en libertad.
Siento un profundo respeto por los animales y me encanta que los niños tengan tanto interés por ellos. A algunos les tengo fobia; digan lo que digan las estadísticas, cuando vas a la playa y ves con tus propios ojos a un tiburón, es para pensárselo dos veces antes de darse un chapuzón. En general, prefiero guardar las distancias con todos, aunque insisto en que es por respeto. Quizás por eso, los que peor me caen son los que no cumplen esta norma: las moscas y sobre todo los mosquitos. Y tampoco soy muy fanática de los perros; por mucho que «no hace nada, solo quiere jugar», no me fío: de pequeña me atacó uno sin provocación y de mayor he vuelto a ser testigo varias veces de ataques de perros a niños. (Me consta que los abusos de humanos a perros y otros animales es mucho mayor y, por supuesto, lo encuentro aberrante e injustificable).
Cuando llegué a Australia no se me ocurrió pensar que una de las cosas que agradecería algún día es precisamente que sea la cuna de animales tan diversos, aunque algunos sean de los más letales del mundo. Me siento afortunada de que mis hijos crezcan en un país donde se puede observar a muchos de ellos en su hábitat y estado naturales porque creo que así obtienen un respeto por la naturaleza que no se aprende de otra manera.

Con esta entrada aprovecho para comunicar que a partir de hoy y hasta el 24 de diciembre la versión digital de Hacia tierra austral: Un viaje en tren de Barcelona a Perth estará de oferta por solo €0,99 en Amazon. En él no escribo sobre animales, aunque sí dedico un par de párrafos a la musca vetustissima o mosca australiana, pues su irritante ubicuidad bien merece una mención.