Carmen Grau, lectora, viajera, escritora y mamá independiente.

lunes, 14 de octubre de 2013

Contra la pedofilia, comunicación

Hace unos meses supe a través de las redes sociales que en España habían sacado una campaña de ayuda a niños maltratados a través de unos carteles publicitarios y mensajes en 3D que por su altura solo los niños podían leer. Esto suponía que muchas veces los niños van acompañados de sus agresores, es decir, que estos son sus propios padres. Pensé que la iniciativa era buena, aunque dudé mucho de que diera buen resultado porque los niños maltratados por sus propios padres raras veces son conscientes de ello hasta que son adultos, y algunos nunca lo son y siguen justificando los actos que sus padres hicieron «por su bien» y los perpetúan, haciendo daño a otras personas o a sí mismos.

A principios del mes pasado empezó a correr por las redes un vídeo con otra campaña de prevención para el abuso infantil, esta vez dirigida a los padres y desde Chile. En él un individuo forrado de azúcar de color rosa (uno de los colores más atractivos tanto para niñas como para niños porque transmite tranquilidad) sale de un edificio y se dirige a un parque infantil lleno de niños y los adultos que los acompañan. A su paso por el parque los niños empiezan a arrancar pedazos de azúcar e incluso algunos adultos se animan, de manera que en pocos segundos (el vídeo es corto) el individuo se queda pelado y, mientras los niños se van comiendo el azúcar, él reparte unos papelitos a los adultos con el siguiente mensaje: «Así de fácil es para un pedófilo atraer a un niño. Estemos alerta». 

Es un vídeo que emociona y le ha tocado la fibra a mucha gente. En Facebook tiene más de ochenta y cinco mil «me gusta». A mí, en cambio, no me acabó de convencer. Estuve dándole vueltas y llegué a la conclusión de que así no es cómo hay que concienciar a los padres de los peligros de la pedofilia. Creo que no solo no sirve de nada divulgar el mensaje de que hay pedófilos por ahí sueltos que quieren hacer daño a nuestros hijos, sino que es contraproducente. Además, no hay que olvidar que la pedofilia es una condición que se manifiesta a la misma edad que lo hace la homosexualidad o la heterosexualidad, y que solo se considera una enfermedad porque hace daño; aun así, muchos pedófilos no llegan jamás a cometer el crimen de abusar sexualmente de los niños por los que se sienten atraídos, porque saben que no está bien.

Veo que la mayoría de gente vive la vida con miedo. Miedo a enfermar, a caerse, a quedarse solos, a que les roben, a quedarse sin trabajo, al qué dirán... Hay miedo a millones de cosas y muchas veces es infundado, y aunque no lo fuera: tener miedo no va a mejorar las cosas. Lo peor es que la gente con miedo se lo inculca a sus hijos con la intención de protegerlos. Pero el miedo no solo no les protege sino que les hace más vulnerables.

Para empezar, no es verdad que para un pedófilo sea así de fácil atraer a un niño, o al menos, está en nuestras manos que no lo sea. Los pedófilos dispuestos a satisfacer su necesidad sin pensar en las consecuencias tienen que trabajar duro (y lo hacen) para ganarse el afecto de los niños. Suelen estudiarse bien a sus víctimas antes de atacar y escogen a las más débiles, las que creen con menos posibilidades de que los delaten. Y entre los más débiles están los que estén acostumbrados (por sus padres) a los sobornos, chantajes emocionales, manipulaciones, amenazas y castigos; también los que anden faltos de cariño, y también los que no son dueños de su propio cuerpo: esos a los que se les obliga a comer, a bañarse, a ponerse la ropa que los padres dictan.

Una de las cosas que observo que la mayoría de padres pide a sus hijos es que besen o abracen a ciertos adultos, normalmente abuelos y familiares. Yo no estoy de acuerdo con eso. Creo que el cariño de los niños hay que ganárselo, y de manera genuina. Si los adultos aceptaran ya de una vez que los niños son mucho más inteligentes que ellos, la sociedad se ahorraría muchos problemas. Ellos se dejan llevar por el instinto y si una persona no les da buena espina, pasan de ella, ya puede ser su abuelo como el cura de la iglesia del pueblo, aunque este le dé caramelitos. Pero cuando los padres o tutores les están constantemente dictando de quién se pueden fiar y de quién no, les están atrofiando un arma —ese instinto, intuición, sexto sentido o como quiera que se llame— que los niños saben manejar mucho mejor que los adultos.

A mí de pequeña mis padres me decían que no debía hablar con extraños y que si un desconocido se acercaba a mí a la salida del colegio y me ofrecía caramelos dijera que no, que podían ser drogas. Insistieron mucho en eso, y me metieron de manera muy efectiva ese miedo en el cuerpo a «un señor malo» que acechaba a las puertas del colegio. Por otro lado, me hacían saludar y besar a gente para mí extraña, a veces amigos suyos o gente de la que ellos se fiaban, pero yo no. Recuerdo que me daba mucha vergüenza que mis padres me obligaran a saludar, y entonces me regañaban y me decían que era una maleducada.

Un día de camino al colegio, se me acercó un hombre (más tarde mis padres me preguntaron qué edad tenía y yo dije que unos treinta) y empezó a hablarme. Yo tenía once años y siempre andaba cincuenta pasos por delante de mi madre, que iba detrás con el resto de mis hermanos. El hombre me preguntó adónde iba y yo le contesté, sin pararme a pensar que no debía hacerlo. Y así entablamos una conversación hasta que esta se fue por unos derroteros un poco raros. Me contó algo de una sobrina suya, un poco mayor que yo, que ya empezaba a desarrollarse. Opté por no decirle nada más, ni mirarle a la cara. Apreté el paso, pero él no dejó de hablarme y caminar a mi lado. Me preguntó si me ofendía que me hablara de las tetitas de su sobrina. Le dije que me dejara en paz, que ya no quería hablar más con él. Él me pidió perdón, dijo que quería que fuéramos amigos, que mira lo bien que nos llevábamos y eso que nos acabábamos de conocer. Y añadió que quería enseñarme una cosa. Yo seguía con el paso rápido y la mirada al frente, pero él insistió, me dio unos golpecitos en el brazo y dijo: «Mira, mira». Y miré.

Fueron solo dos segundos pero el shock fue tal que tantos años más tarde aún recuerdo ese episodio de mi infancia como si hubiera ocurrido ayer, y eso que esta es la primera vez que lo escribo. En los días siguientes lo pasé fatal. Me horrorizó pensar que si algún día quería tener hijos tendría que pasar antes por el mal rato de meterme entre las piernas una de esas enormidades que hasta entonces no había visto nunca. Pero eso no fue todo. Me habría guardado el incidente para mí, si no fuera porque mi madre me vio hablar con alguien y cuando llegamos al colegio quiso saber quién era. Ella pensó que se trataba de alguno de los alumnos mayores que iban a COU. Solo sospechó algo malo cuando fue a mi aula y, aunque ya había empezado la clase, la profesora le dijo que no me había visto. Por fin me encontraron encerrada en uno de los lavabos. Mi madre estaba alarmada e insistió en que le dijera quién era ese hombre y qué me había dicho. Yo me puse a llorar. No quise contarle nada porque me invadía la culpa. Demasiado tarde me acordé del mandamiento: «No hablarás con extraños».

Mi madre insistió y por fin se lo conté, pero resultó que no tenía palabra para nombrar a «la cosa». Mis padres no me habían hablado nunca de sexo a pesar de que yo había hecho muchas preguntas (todavía las recuerdo, y también las respuestas). La poca y mala información que tenía la había obtenido de los niños de mi clase; el año anterior la maestra se había negado a darnos la lección sobre reproducción humana porque la sola mención del tema provocaba un estallido de risitas entre los alumnos. Contárselo a mi madre fue un mal trago, pero lo peor aún estaba por llegar. Le pedí por lo que más quisiera que no le dijera ni una palabra a mi padre, muerta de miedo como estaba por el castigo que me caería. Mi madre me prometió que no habría castigo. Pero sí se lo contó a mi padre y su reacción fue muy humillante para mí. Dijo que quería matar al tipo y durante dos o tres días me siguió de cerca en coche por si volvía a aparecer, en cuyo caso, le pegaría una buena paliza. No volvió a aparecer y en casa nunca más se volvió a hablar del tema, pero en mi mente sí se siguió pensando mucho en ello.

La experiencia me sirvió para no decirles nunca jamás a mis hijos que no hablen con extraños. Ellos juzgan quién es un extraño y quién no, a quién abrazar y a quién no, y con cinco y siete años saben ver mucho mejor que yo a los once quién les hace daño y quién les hace bien. Además, tengo la certeza de que si algún día se les acerca algún adulto con proposiciones deshonestas, me lo van a contar, porque no me tienen miedo y porque nunca jamás les he amenazado con castigarles por hacer o no hacer algo que les haya ordenado.

Dos años más tarde, a mis rebeldes trece, tuve otro encuentro con un hombre de inclinaciones sexuales algo sospechosas. Lo conocía de años antes porque frecuentaba el club de tenis al que íbamos toda la familia, pero ese año él y su mujer compraron la casa de al lado de la nuestra y nos tocó la desgracia de tenerlo como vecino. Era un tipo delgado y bajito, que hablaba mucho y tenía una risita idiota. En casa decíamos que era un plasta, sobre todo porque nos venía a visitar cada dos por tres con cualquier excusa. Su mujer ganaba un buen sueldo y lo mantenía a él y a un hijo de pocos años. Él no trabajaba, era amo de casa, algo que en aquella época era muy raro en un hombre y por lo que se le criticaba mucho. A los dos jamás se les veía juntos, casi seguro llevaban vidas separadas y no mantenían relaciones sexuales. En el club siempre se interesaba por las niñas y por lo que hacíamos. Se hacía el simpático y se metía en nuestros juegos y conversaciones. Hoy sé que esta descripción encaja con el perfil del pedófilo, pero que yo sepa, a nuestro amigo solo le gustaban las nínfulas, como al Humbert Humbert de Lolita, así que para ser exactos, el término que lo define es hebéfilo.

A mí me echó el ojo cuando se hizo vecino. Tenía que pasar por delante de su casa cada día, y no había vez que él no saliera al jardín a saludarme y darme coba. Una tarde me insistió en que pasara, quería enseñarme cómo estaba quedando la cocina nueva. Yo no quería entrar porque no me interesaba en absoluto su cocina, pero mis padres eran siempre amables con él y a los trece años yo ya estaba lo bastante adultificada como para acceder, por cortesía, para quedar bien. Me enseñó toda la casa y yo iba diciendo «ajá, ajá, muy bonita» y calculando cuándo sería el momento prudencial para excusarme e irme a casa. Por fin fuimos a la cocina, que contemplamos desde el marco de la puerta. Él se situó detrás de mí y me puso la mano en el trasero. Al principio no estuve segura de que mi sentido del tacto estuviera mandándome el mensaje adecuado porque el tipo iba con sumo cuidado, después de todo, era un timorato. Así que tardé unos segundos en reaccionar. Eso debió de darle confianza,  pero se le evaporó de golpe cuando me giré y le espeté: «¿Qué haces?» con todo el desprecio del que fui capaz. Lo aparté y sentí solo un momento de pánico, hasta que llegué a la puerta principal de la casa y comprobé con gran alivio que no le había echado el cerrojo. Me fui sin despedirme mientras le oía decir: «Bueno, no te enfades, no es para tanto», las mismas palabras que me había dicho el exhibicionista, qué casualidad. Y en las dos ocasiones, esa fue otra de las razones por las que callé, porque mis padres y hermanos me decían que era demasiado sensible, que me lo tomaba todo demasiado a pecho y que no era para tanto.

Así que en casa no dije nada a nadie, y el vecino continuó con sus visitas pesadas. Yo no volví a dirigirle la palabra. Un día le estaba dando la tabarra a mi madre mientras yo miraba la televisión, tumbada en el sofá del salón. En un momento en que ella se fue a buscar algo, se acercó, me dijo que tenía unos pies preciosos e hizo ademán de acariciarme uno. Lo aparté con un gesto felino y una mirada de odio. Cuando mi madre volvió al salón, el desvergonzado soltó su risita tonta y se puso a hablar de cómo son los adolescentes de hoy en día, mira tu hija, qué antipática y qué cara de malas pulgas tiene. No hubo reacción por mi parte, y mi madre sonrió como diciendo, sí, ya se sabe, los jóvenes son así.

Continué sin decir nada, pero cada vez que el tipo se acercaba a mi grupo de amigas, yo me cruzaba de brazos y me negaba a decir una palabra hasta que se fuera. A veces nos costaba horrores deshacernos de él. Un día me puse a despotricar de él a una de mis amigas. Le dije que no me caía bien y que era un pesado y un cerdo asqueroso. Mi amiga me preguntó si me había hecho algo y le conté lo que había intentado. Entonces ella me contó su historia, que por desgracia era mucho peor que la mía. Con ella sí llegó más lejos, aunque siempre se limitó a toqueteos. «¿Pero por qué le dejaste?», exclamé y hasta quise zarandearla. Ella tenía un año más que yo, pero me confesó que había tenido mucho miedo. El tipo se las arregló para arrinconarla en una de las salas de televisión del club, que se podía cerrar con llave por dentro. Ella pensó que si le dejaba hacer lo que fuera, él acabaría antes y la dejaría en paz sin hacerle daño. Y en efecto, así fue.

Mi amiga me pidió que no se lo contara a nadie, ella solo me lo contó a mí. Por lealtad, nunca dije nada, aunque oí rumores de que el tipo había abusado de otras niñas. Pensé entonces que el anonimato de mi amiga quedaría a salvo e intenté hablar con mi madre. Le dije que «nuestro amigo» andaba por ahí metiendo mano a las niñas. Recuerdo haber usado exactamente esa expresión, «meter mano». Mi madre no me oyó o no me prestó atención porque quizás en esos momentos andaría ocupada con otra cosa. Y yo no insistí porque sentí algo inesperado: vergüenza. A esas alturas todavía existía ese tabú entre nosotras que ella heredó de sus padres y me pasó a mí. Al menos tengo la suerte de que ya hace muchos años que no está, desde que soy adulta, y ya sí puedo hablar con ella de cualquier cosa, incluido el sexo. Para una gran cantidad de mis amigos sigue siendo tema prohibido de conversación con sus padres, y eso que ya somos más que mayorcitos.

Mis padres actuaron de esa manera porque así es como se hacía en muchas familias en aquella época, que era la de la transición española. Pero tengo testimonios de primera mano de historias muy similares a la mía y la de mi amiga, de la misma época, en Estados Unidos y Australia, los dos países aparte de España en los que he vivido durante más tiempo. En un caso, la madre de una chica de mi edad me contó cómo su hija había intentado contarle que un niño del colegio la había violado. Por pudor, la chica dijo que le había pasado a una amiga, no a ella misma, y la madre no sospechó nada hasta que muchos años más tarde su hija le echó en cara que no se diera cuenta de que le había pasado a ella. Así que imagino que la falta de educación sexual por parte de los padres en la gente de mi generación estaba bastante extendida en todo el mundo. Lo que me sorprende es que algunos padres y madres de las generaciones que han venido después insistan en tratar el tema del sexo como algo vergonzoso. Conozco incluso a padres más jóvenes que yo que les niegan información sexual a sus hijos porque creen que eso les protege.

Aunque entiendo ese pudor de los padres a la hora de hablar de sexo con sus hijos, yo no solo no lo comparto sino que creo que es otra gran equivocación. El ocultarles información sexual, sobre todo cuando la piden, no les protege, sino que los hace más débiles y susceptibles a los abusos y más propensos también a ocultar información. Una amiga me contó hace tiempo que su hijo de tres o cuatro años encontró el preservativo usado que ella y su marido habían olvidado de tirar a la basura. El niño le preguntó qué era, y ella, muerta de vergüenza, se inventó una historia apropiada para su edad. Yo le dije que no veía por qué no le podía haber respondido: «Es un preservativo que papá se pone en el pene cuando hacemos el amor para que yo no me quede embarazada. No queremos tener más hijos porque ya somos muy felices contigo y con tu hermana». La verdad. Sin eufemismos ni tonterías. Lo más seguro es que el niño se habría quedado satisfecho con eso, pero en caso de que hiciera más preguntas, esa habría sido una oportunidad de oro para satisfacer su curiosidad, de manera natural y sincera. No sé si su hijo todavía no ha recibido educación sexual directamente de su madre, pero a juzgar por esa primera oportunidad perdida, yo diría que como mínimo a mi amiga es algo que le costará un gran esfuerzo hacer con naturalidad. Los niños notan ese pudor en los padres y lo hacen suyo. Es una lástima, porque si el tema de la sexualidad se trata de manera abierta desde que son pequeños, se pueden ahorrar muchos problemas después.

Mis hijos saben, desde que me preguntaron a los tres o cuatro años, cómo se hacen los bebés. Además, han visto cómo lo hacen algunos animales. Les parece algo natural y nunca se han tapado la boca para ahogar risitas cuando hablamos del tema. También saben que es algo que solo hacen los adultos. Aun así, nunca les he hablado de posibles hombres malos que les acechan por las calles. Tampoco les he dicho que si vamos a Japón podríamos morir en un terremoto, o que si salimos a la calle podría atropellarnos un coche, o que si se suben a un árbol podrían caerse y matarse, o que si se acercan tanto a la piscina sin flotador podrían caerse y ahogarse... Es mi trabajo estar alerta cerca de la piscina sin meterles miedo a ellos y es mi trabajo asegurar una buena comunicación con ellos, para que, en caso de que alguien intente molestarlos, me lo cuenten sin miedo ni vergüenza.

Al vecino plasta nunca lo denunció nadie, que yo sepa. La verdad es que daba un poco de pena. Ese es otro problema con los pedófilos, que muchos niños callan porque en su cabeza encuentran maneras de justificar el comportamiento del agresor, o ver su lado bueno y hacer balance. A mi amiga no se cómo le fue en la vida, imagino que «normal». Hace muchos años que perdimos el contacto. La última vez que la vi fue porque nos encontramos por casualidad, y fuimos a tomar algo juntas. Yo tenía veintiún años y ella veintidós. La encontré feliz y sonriente, como siempre había sido, con trabajo y novio desde hacía tres años. Con él había perdido la virginidad pocos meses antes, después de que el pobre, desesperado, le pusiera un ultimátum. Me sorprendió que hubiera esperado hasta los veintidós años para dar ese paso —no era religiosa— pero no se me ocurrió preguntarle si el episodio con el amigo plasta había tenido algo que ver. Tampoco sé qué otros hechos de su infancia pudieron influir. Me dijo que había esperado tanto porque el sexo la aterraba.

Algunas personas que fueron víctimas de pedófilos deciden contarlo e incluso denunciar a su agresor para evitar que siga haciendo daño y ayudar a otras posibles víctimas. Pero lo hacen solo muchos años después, ya de adultos. Por fortuna, yo no tengo nada más que contar al respecto, pero lo he hecho también con la esperanza de que le sirva a alguien: a los padres y madres que, como yo, hoy tienen niños pequeños. Creo que la buena comunicación con nuestros hijos es más efectiva que la sobreprotección, que de hecho es dañina. Y para que nuestros hijos sigan comunicándose con nosotros de manera activa en sus años adolescentes tenemos que hacer un esfuerzo por escucharles y dejar de lado el paternalismo, los castigos, los sobornos... en fin, la falta de respeto en la que caemos tan fácilmente.

sábado, 14 de septiembre de 2013

Los peligros de la obediencia

Los que me conocen un poco sabrán que entre ser obediente o consciente, yo me decanto por lo segundo. Detesto seguir órdenes y por eso he huído toda la vida de personas controladoras y autoritarias, por eso trabajo para mí misma a riesgo de tener menos seguridad financiera y por eso no envío a mis hijos al colegio. Allí los enseñan a pasar por el tubo, y si a mí no me gusta que me hagan eso, ¿cómo voy a hacer que se lo hagan a las dos personitas que más quiero en el mundo? Eso de no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti es una de mis máximas. Así que tampoco me gusta mandar. Vive y deja vivir, esa es otra máxima. Yo solo cuento lo que hago y lo que pienso, por si a alguien le interesa. Pero resulta que hay gente a la que le gusta mandar, pero que no le manden. Seguro que todos conocemos a muchos de esos. Y luego hay otros a los que no les importa seguir órdenes, sin consultarlo mucho con su conciencia. Apostaría a que la gran mayoría de gente diría, no, yo no soy así, a mí tampoco me gusta obedecer.
Pues no, parece ser que la mayoría de los adultos son obedientes. Para mucha gente eso es una buena noticia, porque la obediencia está muy valorada, y no es de extrañar: con un colectivo obediente se consigue orden y progreso. Con ese fin se originó el sistema educativo prusiano a finales del siglo xviii, del cual todavía se conserva la estructura, con tests estandarizados, un sistema de premios y castigos, etc. Aunque en algunos casos se admire la rebeldía, la originalidad o la diferencia, la mayoría de adultos también prefiere que los niños sean dóciles, que sigan las normas, que trabajen, que no den problemas… Yo cuando veo un niño así, tan buenecito, tan conformista, me pregunto: ¿es así porque sí, porque es parte de su esencia? o ¿es así porque en sus pocos años el sistema ya ha conseguido moldearlo?
Es una de esas preguntas eternas que se hacen los psicólogos, psiquiatras, sociólogos, filósofos y también alguna gente como yo: ¿somos o nos hacen? ¿Naturaleza o cultura, y cuál de las dos tiene más fuerza?
De que se nos educa para obedecer a la autoridad no hay duda, y hoy en día la autoridad científica es tan poderosa como la religiosa. Pero hay gente más obediente que otra, más conformista. ¿Por qué son así?, ¿porque han tenido menos libertad de elección, menos opciones? No lo sé, pero lo cierto es que hay más obedientes que díscolos, y a mí eso me preocupa. Yo creo que hay que educar para pensar, no para obedecer «a los que saben más», pero estamos aún muy lejos de que eso suceda.

En 1961, un psicólogo estadounidense, Stanley Milgram, inició una serie de experimentos que se hicieron muy famosos, en parte porque se realizaron muchas veces más en las décadas siguientes y siempre con resultados similares, sin importar el país, la época, o el estamento social, nivel de educación y sexo de los participantes. Estos eran voluntarios a los que se les hizo creer que el estudio era para medir la efectividad del castigo en el aprendizaje. Según esto, los participantes, que hacían de maestros, castigaban a los alumnos con descargas eléctricas que iban en aumento cada vez que no respondían a unas preguntas de memoria correctamente. En realidad el objetivo de Milgram era otro: determinar cuánto dolor eran capaces de causar los participantes solo porque se lo pedían para un experimento científico. Las descargas eran ficticias y los alumnos eran actores a los que los participantes (los verdaderos sujetos del estudio) acababan de conocer. Milgram asoció el experimento al Holocausto, después del reciente juicio y condena a muerte de Adolf Eichmann, que en su defensa declaró que «solo seguía órdenes», es decir, cumplía con su deber. Después se argumentó que los experimentos de Milgram no recreaban fielmente las circunstancias del Holocausto, así que no sirven para determinar por qué tantos millones de personas fueron capaces de infligir tanto dolor a otros. Pero el principal descubrimiento del experimento, como escribió el propio Milgram, fue «la extrema buena voluntad de los adultos de aceptar casi cualquier requerimiento ordenado por la autoridad». Antes de realizar la primera prueba, Milgram hizo una encuesta entre sus estudiantes de psicología y colegas psiquiatras, psicólogos y profesores, y todos opinaron que solo una minoría de sádicos llevaría a cabo el experimento. El resultado fue apabullante: el 65% administró la descarga eléctrica máxima de 450 voltios, a pesar de que con cada descarga el actor-alumno gritó y rogó que no siguiera. Aquí dejo un vídeo que explica los detalles.



El experimento de Milgram resultó muy controvertido y se llegó a decir que no era ético y había tenido consecuencias traumáticas para los participantes, aunque la mayoría de ellos expresaron que se alegraban de haber participado y haber sido conscientes así de su naturaleza humana.
Imagino que mucha gente pensará «yo no lo haría», pero claro que lo harían y lo siguen haciendo. No hace falta hacer más experimentos porque la vida misma lo demuestra cada día.
Voy a poner solo un ejemplo de cómo el ciudadano medio, en su mayoría, obedece antes a la autoridad, en este caso científica, que a su conciencia. Es un caso que a mí me afectó mucho, como ya saben los que me conocen, porque las víctimas fueron y continúan siendo el colectivo humano más vulnerable y al que más aprecio, admiración y apego le tengo: los niños.

Era más o menos el año 2003 cuando oí hablar por primera vez del famoso método que miles de padres estaban siguiendo en España para ayudar a sus hijos a dormir. Un neurólogo y fisiólogo catalán, Eduard Estivill, le puso su nombre, aunque no fue él quien lo inventó; por desgracia hace décadas que se practica en el resto del mundo occidental y es muy popular, aunque también tiene muchos detractores. El gobierno australiano hace años que lo desaconseja porque cree que pone en peligro la salud emocional del niño.
A mí, ver el libro Duérmete niño en la lista de los más vendidos —llegó a más de tres millones y se tradujo a veintidós idiomas— me horrorizó hasta un punto que no soy capaz de describir. Dejar a un bebé llorar durante periodos de tiempo controlados, reconfortarle con la voz sin abrazarle, abandonarle de nuevo para que se duerma solo en su cuna, limpiar su vómito sin alarmarse ni prestar atención a esta forma de «chantaje emocional» (en realidad el vómito es síntoma de un alto nivel de cortisol, la hormona del estrés) constituyen actos de maltrato psicológico. No podía creer que esto estuviera pasando en el siglo xxi y tan abiertamente; el doctor no paraba de salir en televisión y conceder entrevistas. Sobre todo, no me cabía en la cabeza que tantos padres y madres se negaran a dar cariño a sus hijos, ignorando su propia conciencia,  y obedecieran a un doctor porque sí, porque él decía que eso era lo que tenían que hacer, por su bien y por el del niño. Así mismo se lo dije a una amiga, pero ella me respondió como todos los padres desesperados porque sus bebés los despiertan por la noche: «Tú no tienes hijos, no sabes lo que es no poder dormir por culpa del niño y tener que ir a trabajar al día siguiente. El doctor dice que el método no perjudica al bebé, al contrario, y además, funciona». El dato a destacar es que, el doctor, que es el experto, asegura que esa crueldad no es perjudicial a largo plazo; los padres y el niño lo pasan mal mientras implementan el método, pero una vez conseguido, ya está, todos dormirán bien y serán felices. En otras palabras: el fin justifica los medios.
En el experimento de Milgram también se les dijo a los participantes que el alumno no sufriría ningún daño a largo plazo, por mucho que llorara y gritara a consecuencia de cada descarga eléctrica.
Cada vez que iba de visita a España se me revolvían las tripas por este tema, pero pensé que igual los padres tenían razón. Yo no estaba en su situación, no sabía qué suponía ser madre y no dormir por las noches. Hasta que lo supe, en 2006, y acabé de convencerme de lo inhumano del método. Entonces estuve segura de que pasará a la historia como un grave error, como cuando la compañía farmacéutica alemana Bayer promocionó la heroína para curar los catarros de los niños a principios del siglo pasado.
Por suerte, otro pediatra catalán, Carlos González, se hizo también famoso con su libro Bésame mucho. Descubrir que un experto esté de acuerdo con mi filosofía fue como encontrar una mina de oro. Lo mejor era que al menos ahora los padres podían ver las dos caras de la misma moneda y decidir a quién hacer caso. En defensa de Carlos González, al que admiro mucho, tengo que decir que él aboga por la intuición. Ahí es donde radica gran parte del problema, que desde pequeños se nos educa para obedecer y no para ser conscientes, seguir nuestra propia intuición, cometer nuestros propios errores y aprender de ellos. Si fuera de otra manera no serían tan necesarios y populares los libros de autoayuda.
He leído en algún blog que Estivill se retractó hace un año más o menos y ahora resulta que su famoso método ya no es tan bueno, aunque no sé qué hay de cierto en ello. En cualquier caso, yo le perdono, después de todo, es humano como todos y creo que se equivocó. Los padres que siguieron el método quedan absueltos de todo pecado, claro, ellos no tuvieron la culpa, ¡solo seguían las órdenes del médico! Pero el doctor solo les dijo que tenían que continuar, cada noche, no desistir, y se lo dijo amablemente, sin levantar la voz ni insultar, claro, porque lo hizo a través de un libro. En el experimento de Milgram también se les dijo a los participantes (solo cuatro veces) que tenían que continuar, siempre sin levantarles la voz ni amenazarles.
            Eso es lo alarmante de verdad, como escribió Milgram en 1974: «La gente ordinaria, que simplemente hace su trabajo y sin hostilidad particular por su parte, puede llegar a ser agente activo en un proceso destructivo terrible. Incluso cuando los efectos destructivos de su trabajo son patentes y se les pide que lleven a cabo acciones incompatibles con sus estándares fundamentales de moralidad, poca gente tiene los recursos necesarios para resistir a la autoridad».

jueves, 15 de agosto de 2013

Fomentar la lectura es fácil

El otro día mi amigo César me hablaba de una «idea nueva» para fomentar la lectura que han tenido en una escuela de su barrio. Se trata de animar a los alumnos a leer mediante una competición. A lo largo del semestre, quien haya leído más libros recibirá un premio. La iniciativa estaba teniendo gran éxito porque ¿a quién no le gusta ser el número uno y ganar un premio, aunque sea leyendo? Me contó César que la bibliotecaria del colegio ayudaba a algunos de los participantes buscándoles libros más cortos para que así pudieran leer más.
Cuando yo iba al colegio no existían estos retos. Ahora, en Australia, sí los hay, pero son personales, no para competir contra otros, y normalmente los organizan las bibliotecas. Yo me he apuntado a algunos, pero no me acaban de convencer y ya hace muchos años que si un libro no me atrapa desde el principio, no pierdo tiempo con él. Si alguna vez alguien me ha mirado con ojos como platos y ha exclamado: «¡Que no te has leído este libroooo?» como si fuera idiota, no tengo reparo en responder que no. Confieso que no suele pasarme con los libros (con las películas sí); la cuestión es que leo lo que quiero, no lo que hay que leer para dar la imagen de persona culta o intelectual. Por ejemplo, no leo el periódico, en gran parte porque no me creo casi nada; demasiadas veces la prensa me ha demostrado que no lo cuenta tal como ocurrió. Y por eso tampoco soy aficionada a seguir listas del tipo: «1001 libros que hay que leer antes de morir».
Una vez me apunté a un reto organizado por un grupo de bookcrossers que se proponía leer veinticinco, cincuenta o cien libros en un año. El reto era personal así que cada uno se ponía su propio límite. El mío era de cincuenta libros, y terminé leyendo cincuenta y dos, o sea uno por semana. Nunca más he vuelto a hacerlo porque el resultado no fue del todo satisfactorio. Muchos libros no los disfruté pero escogí leerlos porque eran cortos y pude terminarlos en un par de días. De una sorprendente gran cantidad me olvidé hasta el punto de que semanas más tarde de haberlos leído no recordaba absolutamente nada de ellos, ni siquiera el título o el autor. Al final resultó que había invertido muchas horas en leer algo que no me sirvió para nada porque estaba más interesada en superar el reto que en las lecturas en sí.
Por eso le dije a César que la «novedosa idea» de esa escuela no me parecía tan buena. La verdad es que me enternece ver que hay gente que sigue pensando en maneras de hacer que los más pequeños lean para que el día de mañana sigan siendo lectores, pero no deja de sorprenderme cómo se complican la vida en los colegios para alcanzar ese fin. A veces incluso consiguen todo lo contrario.
La lectura es un placer y por tanto no debería ser obligatoria. Si el tiempo que se emplea en los colegios enseñando a los niños a leer y escribir las letras correctamente se dedicara a contarles más historias, de mayores todos leerían. A todos los niños les encanta que les lean. A todos, sin excepción. El placer de contarse historias unos a otros es inherente al ser humano. Yo lo he comprobado muchas veces, y cada vez se me ponen los pelos de punta; es algo mágico. Me siento en el área infantil de la biblioteca pública y me pongo a leer un cuento. A menudo lo hago para mis hijos, pero como en las bibliotecas australianas no se impone el silencio sepulcral que sí hay que respetar en las bibliotecas españolas (o al menos las catalanas), lo hago lo suficientemente alto para que otros niños me oigan. Y entonces ocurre el milagro: en pocos minutos tengo a un corro de niños alrededor, escuchándome y mirando las ilustraciones. Algunos estaban jugando con la tableta o haciendo puzles, pero en cuanto empiezan a oír una historia que parece interesante, lo dejan todo. Además, exagero las voces, le echo realismo (para eso y para chapurrear idiomas no tengo vergüenza). Algunas madres me miran con esa mezcla de admiración y recelo que recibo tan a menudo. ¿Qué hace esta loca?, piensan. Pues hago lo que deberían hacer en los colegios: fomentar el amor por la lectura. Pero no soy la única; he visto a algún otro padre y madre hacerlo. Y también hay sesiones organizadas, el primer y tercer martes de cada mes, en las que una de las bibliotecarias lee cuentos, pero solo para los más pequeños, los que todavía no van al colegio ni saben leer. 

Yo supongo que aprendí a leer a los cuatro o cinco años. Y lo odiaba. No me gustaba porque en el colegio me obligaban a leer unos libros que no me interesaban en absoluto. Y no tengo el recuerdo de que nadie se sentara conmigo y me leyera jamás. En clase nos hacían leer uno por uno y en voz alta para corregirnos. Pero tuve mucha suerte, porque a los ocho años mi tía me regaló un cómic y a partir de ahí me enganché a la lectura. Como toda la gente de mi generación que conozco, leí tebeos y libros de aventuras al margen de lo que imponía el colegio. Y fueron esos los que me iniciaron en el camino para convertirme en una persona culta, con ganas de explorar el mundo y con pensamiento crítico. Mi amiga Rosa me decía el otro día que en su caso no es así; a ella nadie le regaló un cómic, ella lee gracias al colegio. No lo podía creer, era el primer caso que me encontraba y le pedí que me lo explicara.
—Empecé a leer porque en el colegio había una biblioteca y tengo el recuerdo de ir allí un día y coger al azar un libro de Los cinco. Lo empecé y… no podía parar. Desde entonces leo.
Ah, pero eso no fue porque en clase le dijeran: «Tienes que leer Los cinco». No, porque en el colegio no nos hacían leer ese tipo de libros. No sé qué leíamos. Yo no recuerdo nada y cuando mi madre me enseña los libros encuadernados de mis dibujos y trabajos —escritos sobre cultura catalana, música y las estaciones del año, que copiaba de la pizarra— tengo que preguntarle si está segura de que eso lo hice yo. En cambio, sí recuerdo los tebeos que nos pasábamos por debajo de los pupitres y leíamos a hurtadillas y sobre todo, lo mucho que disfrutaba con ellos. Y también leí todos los libros de Los cinco y Los Hollyster, que me compraban mi madre y mi tía.  Mi madre me cuenta que ella se aficionó a la lectura a los siete años, en misa, porque se aburría.
Todos mis amigos lectores tienen historias parecidas. En los años de instituto e incluso en la facultad, nos pasábamos el curso haciendo ver que leíamos las lecturas obligatorias —buscando resúmenes o haciendo que alguien que sí las había leído nos las contara— y nos congratulábamos unos a otros si conseguíamos pasar un examen de comentario de texto sin haber leído el libro. Cuando llegaba el verano, por fin, podíamos leer lo que se nos antojara, y disfrutarlo. Tengo un recuerdo especialmente entrañable del verano en el que leí El amor en los tiempos del cólera. Tenía diecisiete años y hacía un calor espantoso. Cuando en casa todos se tumbaban a echar una siesta, yo leía. Otra lectura que me enganchó de principio a fin fue La regenta de Clarín. No era obligada en el instituto porque era demasiado larga, así que para el examen solo teníamos que saber de qué iba y a qué época pertenecía. Precisamente por no tener que leerla, sentí curiosidad. La encontré en la biblioteca de mi madre, empecé a leer y ya no pude parar. Eso me pasó con casi todos los libros que tenía mi madre. Me gustaban todos, menos los que era obligado leer.
Siempre me he sentido muy afortunada por haber descubierto el amor a los libros de pequeña y haber leído tanto. Conozco a gente que no lee porque quizás nadie le regaló un tebeo o un libro de aventuras cuando estaban en edad escolar, pero más a menudo es porque el colegio ya había conseguido que aborrecieran la lectura hasta el punto de no querer tocar un libro en la vida.
De mi sobrina Mar, de diez años, me dicen que «no le gusta mucho leer», pero cuando está conmigo sí que lee: lo hacemos los cuatro juntos tumbados en la cama, en voz alta, a veces lee ella y a veces leo yo; mis hijos solo escuchan porque dicen que no saben leer. Leemos cómics o cuentos que les interesen a los tres. Hace unos días Mar me dijo que no lee lo que dan en el colegio porque «es aburrido»; en cambio El diari d’una penjada (en castellano Diario de Nikki) se lo terminó en dos días.
Mis hijos no leen, al menos no de manera convencional. No me siento con ellos y les hago leer, mientras yo escucho atentamente y corrijo su pronunciación. No les enseño las letras ni les hago leer carteles para cerciorarme de que lo hacen bien. No les hago escribir para que practiquen (Dave ya lo hace, empezó sin que yo le dijera que tiene que hacerlo). Lo único que hago es leerles, como hago a veces para otros niños en la biblioteca pública. Y cuando me preguntan «¿qué pone aquí?», que es muy a menudo, se lo digo. Soy su lectora ambulante y siempre dispuesta. Hay quien no está muy convencido de mi método y se preocupa de que mis hijos ¡a su edad! todavía no lean, pero estoy convencida de que ellos tienen más posibilidades de ser buenos lectores adultos que miles de niños que ya saben leer a los cinco años pero que no tienen a nadie que lea con ellos; ¿para qué?, si ya saben. Mis hijos entienden que la lectura no tiene por qué ser siempre un acto solitario y silencioso. Alex aún a veces me mira extrañado si me ve con un libro entre las manos y no estoy «haciendo nada con él». Me dice: «¿No has dicho que ibas a leer? ¡Pues no estás diciendo nada!».
Y si alguien se pregunta por qué estoy tan segura de que tendré éxito en esta particular empresa, es porque ya logré, y sin siquiera proponérmelo, que adultos que no leían se aficionaran a la lectura, y eso es mucho más difícil que hacer que los niños lean.
Un caso es el de un amigo guatemalteco que hice en los años que viví en Estados Unidos. Pasábamos muchos ratos juntos, pero a veces no teníamos nada de que hablar. A veces yo leía y él… no hacía nada. O me miraba, hasta que un día me dijo:
—Tú siempre estás leyendo. ¿Sabes?, yo no he leído nunca un libro.
No me extrañó porque ya me había dado cuenta de que era casi analfabeto. Apenas sabía escribir, y por eso durante muchos años se negó a enviarme cartas o correos electrónicos. Sin embargo, es una de las personas más empáticas y emocionalmente inteligentes que he conocido en mi vida. Tampoco era la primera persona que me confesaba que no ha leído jamás un libro, aunque eso es muy improbable, así que le respondí:
—No puede ser que no hayas leído ni un solo libro o cuento… o algo. Hay algunos que se leen muy rápido, por ejemplo este.
Tomé uno que acababa de salir publicado y yo había leído en mi vuelo reciente de Barcelona a Boston, y se lo di.
—Del amor y otros demonios —leyó mi amigo, lo abrió y empezó a leer. Al despedirnos, me lo pidió prestado.
Durante varios días no lo vi ni supe nada de él. Cuando reapareció, le brillaban los ojos. La novela le había cautivado hasta el punto de querer leerla por segunda vez. Me preguntó:
—¿Ha escrito algo más este hombre?
Y así fue como empezó a leer. Otro amigo que me visitó más tarde me confesó que él tampoco leía mucho. Cuando estaba conmigo sí lo hacía y no podía explicarse por qué: al verme a mí siempre con un libro, también le entraban ganas. Los niños que ven leer a sus padres también tienen más posibilidades de ser lectores que los hijos de padres que no leen.
Pero el caso del que me siento más orgullosa es el de mi hermano, que llegó a los treinta años diciendo también que él no se había leído un libro en su vida. A esa edad lo operaron y estuvo varios días postrado en el hospital sin apenas poder moverse. Se me ocurrió que para hacerle pasar las horas de aburrimiento podía regalarle un libro, pero si regalas un libro a alguien que no lee tiene que ser sobre algo que de veras le apasione, y a mi hermano lo que le apasiona es el mar. Me puse a buscar en la sección de literatura oceánica del Fnac y encontré Miedo a la oscuridad de Albert Bargués.
Para mi hermano ese fue el golpe de suerte que yo recibí a los ocho años. Lo leyó y le gustó tanto que lo leyó otra vez, y luego otra. Le compré otro libro sobre la misma temática y a partir de ahí se puso a leer uno tras otro. Han pasado trece años y mi hermano ya no lee solo sobre veleros y navegantes solitarios sino que lee de todo, aunque ahora mismo tiene predilección por la novela histórica. Y es una persona culta después de haber arrastrado durante años el estigma de inculto y de «no llegarás a nada en la vida porque no estudias» que le hicieron creer en la escuela.
            El aprendizaje solo es efectivo si el aprendiz tiene interés por aprender. Aun así, sigo oyendo con demasiada frecuencia a gente que dice que sí, que sí, pero hay cosas que tienen que aprender. Insisto: solo las aprenderán si les interesan, si no, las olvidarán. Los colegios siguen siendo guarderías bastante prácticas, pero no son el mejor lugar para fomentar el amor a la lectura (ni siquiera a las matemáticas, ¡pero eso ya es otro tema!). Esa labor siguen teniéndola los padres, tíos, abuelos y profesores que se salgan del currículum y que se tomen el tiempo para leer con ellos y para ellos por puro placer.

domingo, 14 de julio de 2013

Viajar en solitario y presentación de HACIA TIERRA AUSTRAL

Hace tiempo que no viajo completamente sola y la verdad es que no lo echo de menos. Mis circunstancias han cambiado mucho en los últimos años. Ahora tengo hijos y viajo, casi siempre, con ellos. Viajar con niños es muy interesante, tanto por lo que veo que ellos sacan de la experiencia como por la reacción y percepción que tiene de nosotros la gente de los diferentes países y culturas con la que nos relacionamos.

Es fascinante comprobar lo influyentes que pueden ser las personas que te acompañan en un viaje y lo diferente que este resultaría si lo hicieras en solitario. Yo puedo decir que en cuanto a la compañía se refiere, he viajado de casi todas las maneras posibles: en grupo, con una amiga, en pareja, con niños y sola. Todas tienen sus ventajas y su momento y circunstancias adecuadas, y en mayor o menor medida he disfrutado siempre de cada una de las personas que me han acompañado en mis viajes. Pero la mejor de las maneras para mí es sin duda sola, y la segunda mejor, en pareja.

Solo una vez he viajado en grupo organizado. Cuando Brad y yo nos casamos ninguno de los dos teníamos trabajo fijo ni casa ni una idea clara de dónde íbamos a vivir. Con tales perspectivas, nuestros amigos y familiares nos regalaron lo que seguramente nos ayudaría más y no abultara mucho en nuestro equipaje: dinero. Pero en vez de guardarlo, decidimos que lo más sensato sería gastarlo en un viaje, y fue así como disfrutamos de una espontánea luna de miel en Egipto.

Al hacer la reserva me aseguré de poner en el apartado de observaciones cuál era el motivo de nuestro viaje. Sabía por la experiencia de haber trabajado en una compañía aérea que en la industria del turismo también triunfa el romanticismo, igual que en las películas y en literatura. Y en efecto, al facturar, la diligente empleada de la compañía aérea nos informó de nuestro upgrading a primera clase, de la que gozamos completamente solos mientras que el resto de pasajeros del avión se hacinaba en la clase turista. Al llegar a El Cairo nos separaron del resto del grupo para hospedarnos en un hotel de cinco estrellas, mientras que los otros se quedaban en el de cuatro.

Egipto nos impresionó muchísimo a los dos pero la experiencia de viajar en grupo organizado fue demasiado para nosotros, nada acostumbrados a acatar las órdenes de un guía. Aun así, yo me alegré mucho de haberlo hecho, para saber de primera mano lo que es.

La anécdota más curiosa de ese viaje ocurrió el día que fuimos a visitar las pirámides de Giza. Estábamos en pleno mes de agosto y había tantos españoles que si no fuera por el paisaje hubiéramos jurado que seguíamos en España. Yo iba con los ojos y los oídos bien abiertos, convencida de que en cualquier momento me toparía con alguien conocido.

—Estas cosas siempre pasan —le aseguré a Brad—, solo me pregunto quién de mis conocidos está también aquí en este preciso momento.

En el interior de la pirámide el calor era sofocante y apenas había aire para respirar. De repente todas esas voces que hablaban español se callaron y avanzamos lentamente en la penumbra uno detrás de otro, sudando a chorros. Ahora ya solo se distinguía una voz, con un acento que Brad reconoció.

—Me consuela saber que no soy el único australiano aquí capaz de soltar veinte tonterías por minuto —dijo en un tono de voz lo suficientemente alto para que el otro le oyera.

El aludido le contestó con la campechanía habitual de los australianos aunque no se conozcan de nada, y se pusieron a conversar por encima de las cabezas de los españoles silenciosos, abatidos por el calor. De nuevo bajo la luz de los implacables rayos del sol y después de media hora ya de cháchara, se vieron por fin las caras y dijeron eso de «yo a ti te conozco de algo». Enseguida establecieron que ambos provenían no solo de la misma ciudad de la lejanísima Australia, sino también del mismísimo barrio. Habían pasado casi quince años desde que ambos trabajaran en el mismo hipermercado para ganar su primer sueldo de adolescentes. Nunca más se habían vuelto a encontrar, pero ahora sí lo hacían, nada más y nada menos que en el interior de la pirámide de Keops. Qué casualidades tiene la vida… y yo muerta de envidia, porque en todo el viaje a Egipto continuamos inmersos en un mar de españoles y catalanes, pero nadie a quien yo conociera, ni siquiera algún famosillo. De australianos no volvimos a ver ni oír a ninguno más.

Durante el viaje a Egipto aprendí que, como en Marruecos, allí viajar con un hombre no era garantía de protección contra los otros. En ambos países, en cuanto mi compañero se daba la vuelta, el acercamiento sexual por parte de otros era tan intenso y descarado que se me hacía insoportable. A Marruecos había viajado años antes con César, con el que me une ya casi treinta años de una fuerte amistad, pero nada más. En aquella ocasión fingimos ser pareja, y al principio César se divertía negociando la venta de su esposa a cambio de una buena suma de camellos, pero pasados unos días la insistencia de algunos marroquíes se nos hizo tan cansina que ya no hacía gracia.

En gran parte por eso, la primera vez que decidí viajar durante meses y sola, escogí Asia y preferentemente países con religiones budistas. Por un lado, me atraían los países en los que una mujer sola pueda sentirse segura, porque llamar la atención del sexo opuesto con fines románticos o sexuales era lo último que deseaba. Y por otro, sabía que viajando sola tendría más posibilidades de conocer a gente nueva y sacar el máximo partido de mi viaje.

En efecto, viajar en solitario significa hacerlo con más intensidad. Todo el tiempo que no inviertes en ponerte de acuerdo con tu pareja, lo empleas en hacer algo que quieres tú y nadie más que tú. Y aun así, nunca estás sola, porque el mundo que te rodea está más dispuesto a aceptarte cuando no te acompaña nadie. Es algo muy curioso que le pasa a todo el mundo, hombres y mujeres, aunque somos minoría los que lo hemos experimentado porque somos pocos los que nos atrevemos a dar el paso. Pero es así: si estás emparejado el mundo no se preocupa por ti, ya tienes a alguien que te quiere. En cambio, si no tienes compañía el mundo quiere arroparte, asegurarse de que estás bien, y eso, cuando viajas, se traduce en la posibilidad de conocer a mucha gente. Y si conoces a gente nueva cada día tienes más probabilidades de encontrar a alguien muy diferente, interesante, admirable; de quien puedas aprender, que te marque, que te inspire o que te enamore. Si te fascina la especie humana, como a mí, viajar en solitario es lo mejor para conocerla en el marco de sus diferentes culturas.

Aunque entiendo a las personas que tienen miedo a viajar solas, no puedo evitar sentir algo de compasión por ellas, porque de verdad, no saben lo que se pierden. Conozco a algunas que han sentido ese temor, pero lo han querido superar y se han lanzado a hacer un viajecito en solitario. El inconveniente de eso es que es una experiencia tan enriquecedora que puede ser adictiva. Eso fue lo que me pasó a mí después de mi Amanecer en el Sudeste Asiático, que a las pocas semanas de regresar, ya estaba pensando en volver a marcharme.

Los que me conocen y los que hayan leído mi primer libro de viajes sabrán que a Brad lo conocí dos semanas antes de volver, en una pequeña isla de Indonesia a la que fui a descansar, pensando que estaría desierta… Quién me iba a decir a mí que durante los meses siguientes, mientras escribía y revivía mi aventura, y volvía a pensar en África como próximo destino, encontraría también un hueco para el amor, que al final haría dirigir mis pasos una vez más hacia el este, pero esta vez mucho más allá, hacia tierra austral.

Tengo que confesar que al enamorarme tuve miedo de perder mi libertad y posibilidades de viajar extensamente y en solitario. Estaba preparada para amar, pero también quería seguir viajando sola, algo que en principio parecía incompatible. Pero enseguida encontré la solución: acepté ir a vivir a Australia con Brad durante seis meses iniciales, pero no iría en avión, sino por tierra y cuando esta se terminara, por mar.

Y así fue como una tarde de agosto me dirigí a la estación de Sants de Barcelona y compré un primer billete de tren a Cerbère y cuatro meses más tarde llegué a la estación de Perth. Resultado de ese viaje es mi nuevo libro Hacia tierra austral. Un viaje en tren de Barcelona a Perth, que saldrá publicado en Amazon y La Casa del libro muy pronto. Aquí os dejo la portada y la sinopsis. El final ya lo he contado: me casé con él y nos fuimos de luna de miel a Egipto. Si aun así hay alguien que lo quiera leer, se puede inscribir aquí para recibir el aviso de su publicación. Durante la primera semana el ebook tendrá un precio especial de €0,98. Aprovecho para comunicar que Amanecer en el Sudeste Asiático está de oferta durante esta semana también por €0,98.


Tras un emocionante viaje de siete meses por Asia, Carmen Grau regresó a su Barcelona natal, donde se entregó a la tarea de plasmar aquella aventura en el que sería su primer libro de viajes Amanecer en el Sudeste Asiático.

Un año más tarde volvió a echarse la mochila a la espalda. Esta vez el objetivo era Australia, donde la esperaba Brad, el hombre del que se había enamorado y a quien había conocido en Asu, una isla de Sumatra, tan minúscula que ni siquiera aparece en los mapas.

En una odisea de más de 20.000 kilómetros, Carmen atravesó Europa —deteniéndose en Francia, Alemania, Austria, Eslovaquia y Polonia—, Rusia, China, Laos, Tailandia y Australia hasta llegar a Perth, usando el tren como medio de transporte predilecto, en especial el legendario transiberiano y el Indian-Pacific, que cruza Australia de Sídney a Perth.

Durante su periplo, Carmen se interesó por la gente, la cultura e historia y la gastronomía de los países por los que pasaba. Todo apuntaba hacia un largo viaje de seis meses en solitario, hasta que llegó el fatídico 11 de septiembre. Los atentados terroristas que conmocionaron al mundo la sorprendieron en Siberia. A pocos días de reunirse en Pekín, Carmen y Brad se replantearon su travesía, que tomó un rumbo inesperado hacia su nueva vida en tierra austral.

jueves, 13 de junio de 2013

Los médicos no lo saben todo

En Australia, si eres una mujer sana que jamás ha tenido ninguna complicación ginecológica, debes hacerte un pap cada dos años. Recuerdo que en España era anual. Vete a saber por qué esta diferencia. No será por una cuestión de salud, eso seguro.
Yo tuve a mis dos hijos muy seguidos. Durante sus primeros años las circunstancias de la vida me hicieron criarlos completamente sola, sin ningún tipo de ayuda. Cuando quise darme cuenta, habían pasado cuatro años sin que me hiciera la citología. Además, se había muerto Michael Jackson y habían pasado un montón de cosas más de las que no me enteré. Por fin un día conseguí que alguien me vigilara a los pequeños durante una hora y fui a ver a la ginecóloga.
Estaba un poco nerviosa ante la posibilidad de que me pegara la bronca —raro es el médico que resista la tentación de caer en el paternalismo— por haber tardado tanto tiempo en visitarla, pero es que en general, no soy aficionada a las visitas médicas. Aunque razones de agradecimiento hacia ellos no me faltan, por ejemplo, a raíz de la confusión, el miedo y la poca profesionalidad con que llevaron mi primer parto, el segundo decidí que sería totalmente natural, sin epidural ni drogas de ningún tipo, con la única ayuda de una comadrona.
No me metió la bronca. Lo que me metió fue un terror y ansiedad que me duró ¡dos días! (para mí eso es mucho). Repasando mi historial médico, comentó lo que llama la atención de todos los médicos: los casos de cáncer que hay en ambos lados de mi árbol genealógico. ¿Pero hoy en día en qué familia no los hay?
—Perteneces a un grupo de alto riesgo —me dijo sin ningún miramiento—. Todo apunta a que podría ser genético. Podrías hacerte una prueba para determinar si tienes el gen defectuoso, pero antes tendría que hacérsela tu madre. Si el resultado fuera positivo, te enviaría a un psicólogo. Las posibilidades de que no desarrolles el cáncer de mama u ovarios en caso de ser genético son casi nulas. Algunas mujeres optan por hacerse una mastectomía doble e histerectomía cuando aún están sanas…
—Un momento, un momento —la interrumpí—. ¿Me estás diciendo que yo no puedo hacer nada para prevenir el cáncer de mama u ovarios? ¿Comer bien, hacer ejercicio, ser positiva y optimista, cosechar buenas relaciones, trabajar en algo que de veras me apasiona, vivir en el campo, dar de mamar durante casi SIETE AÑOS…? ¿Todo lo que llevo haciendo durante años no va a servir para nada?
—Si es genético, no. No hay nada que tú puedas hacer.
Estaba claro que esta doctora no creía en la Epigenética.
Pero es que yo sí, y esa fue una de las razones por las que antes de tener hijos, investigué sobre la lactancia materna y descubrí que dar el pecho durante seis años reduce en dos terceras partes las posibilidades de desarrollar el cáncer de mama (y muchas otras enfermedades). ¡Qué mejor medida preventiva! No solo es gratis sino que además, los bebés estaban contentos y me ahorré miles de dólares en las medicinas infantiles y biberones que nunca compré.

Cuando salí de la consulta me flaqueaban las piernas. Me senté en el coche un rato sin encenderlo. Estaba tan aturdida que no podría haberme concentrado en la conducción del vehículo. Una hora antes había sido una mujer sana y joven —lo único halagüeño que me dijo la doctora fue que era demasiado joven para hacerme la prueba y tendríamos que esperar un par de años— y ahora me sentía como si me hubieran leído mi sentencia de muerte.
Al llegar a casa llamé a mi madre. Ella se había recuperado de un cáncer, o al menos eso creíamos entonces. Le hablé del gen maldito y le pedí que lo consultara con su oncóloga. Lo hizo, pero esa no le dio la importancia que le dio mi doctora, para no decir ninguna. A eso estábamos acostumbradas: mientras viví en Singapur, otro doctor me dijo que debería vacunarme contra el virus del papiloma humano; mi madre lo consultó con sus médicos de Barcelona y estos le dijeron que eso era una tontería, el virus está altamente extendido en la población y si ya has tenido relaciones sexuales seguro que lo has contraído en algún momento y luego tu sistema inmunológico se ha deshecho de él.
Al final, como en todo, hay más opiniones e intereses ocultos y gente dando palos de ciego en busca de la verdad, que la certeza absoluta. Pero aparte de eso, el cáncer es un negocio que mueve millones, y es muy rentable. Por supuesto que hay gente investigando continuamente y tratando de encontrar curas y causas. Pero también hay muchos productos cancerígenos que la sociedad materialista en la que vivimos nos empuja a consumir desmesuradamente. Uno de ellos es el azúcar, que se encuentra en casi todos los productos alimenticios procesados, y es puro veneno; no solo conduce a la obesidad, enfermedades cardiovasculares, hipertensión, y problemas dentales entre otros, sino también a muchos tipos de cáncer. Es tan malo como el alcohol o el tabaco. Y luego está la industria farmacéutica, otra de las causantes principales de que el cáncer se haya convertido en la plaga del siglo XXI.

Yo pertenezco a una generación en la que nos enseñaron que el dolor se quita rápidamente con una pastilla. Cuando era pequeña eran las aspirinas infantiles de color rosa las que nos daban al menor síntoma de malestar. Mis hermanos y yo nos las tomábamos con mucho gusto, claro, tenían un sabor muy apetecible para el paladar de los más pequeños. Su color rosa, además, era muy atractivo y es el preferido de todos los niños y niñas porque tiene efectos calmantes. Incluso a veces hacíamos cuento, sin malicia, hasta nosotros mismos nos llegábamos a creer que estábamos pachuchos, «pero una aspirinita rosa me hará sentir mejor, mami».
Muchos años más tarde, cuando mi querida sobrina Mar tendría unos seis o siete años (ahora tiene diez y medio), la vi representar con mi madre esa escena que yo había protagonizado tantas veces de niña.
—No me encuentro muy bien, Yaya. Me duele la cabeza y la garganta. Creo que me estoy poniendo mala, necesito un poco de Dalsy.
Cuando se quedaba a dormir en casa de sus abuelos y sobre todo siendo muy pequeña, siempre llevaba en la bolsa el socorrido Dalsy, que yo conocía gracias a mis amigas españolas también con hijos pequeños. Se ve que ahora es lo que está de moda. Pero ese día no se había traído la bolsa y mi madre le dijo:
—Pero yo no tengo Dalsy… A ver —le tocó la frente—, no tienes fiebre.
Mar insistió en que no estaba bien y se alarmó: si no había Dalsy en la casa, ¿cómo iba a curarse? Pero enseguida se animó.
—No pasa nada. Puedo tomar el Dalsy de Dave y Alex.
Se quedó boquiabierta cuando le dije que Dave y Alex no han tomado nunca Dalsy ni nada parecido, que de hecho habíamos venido desde Australia sin botiquín.

Mis hijos tienen ahora cinco y siete años y no han tomado nunca paracetamol o ibuprofeno, ni ningún otro derivado. Dave tuvo anginas cuando tenía un año y vivíamos en Malasia. En un momento de flaqueza hice caso a un médico, que le recetó antibióticos que no necesitaba y le provocaron una reacción alérgica a varios compuestos del fármaco. Todavía no sé si Alex es también alérgico a la penicilina y sus derivados, como lo es su padre, porque Alex no ha tomado nunca nada. Los dos han vomitado o tenido fiebre alguna vez, pero en vez de correr a tapar los síntomas, yo he preferido siempre dar una oportunidad a su cuerpo para defenderse y fortalecer así su sistema inmunológico. Como los dos tomaron el pecho durante años, siempre he tenido la confianza de saber que sus defensas son fuertes. Solo una vez estuve tentada de recurrir a las medicinas cuando Dave alcanzó durante un par de horas los 40º de fiebre. A ellos mismos les explico que esa temperatura es la reacción de su cuerpo para combatir a las bacterias que les han provocado una infeccción. El calor las matará, pero si eliminamos ese calor con medicinas, les estamos quitando a nuestros hijos la oportunidad de crecer sanos y fuertes. Como siempre lo he hecho así, en las contadas ocasiones en que se han sentido indispuestos (la más reciente hace solo tres semanas, en Indonesia), ellos se tumban, duermen, y a las pocas horas se levantan como si nada.
Yo también tengo el sistema inmunológico fuerte. Odio ponerme enferma, así que llevo años sin hacerlo. Me alimento bien, no consumo fármacos y limito al mínimo el contacto con productos químicos cotidianos como los detergentes, champús, perfumes y cosméticos varios. Hace unos años me hice un análisis de sangre para averiguar a qué alimentos era intolerante. Los principales fueron la leche y la harina de trigo. Dejé de tomarlos y desde entonces no he vuelto a sufrir un catarro o nada parecido. Las únicas visitas que hago a los profesionales de la salud son la periódica a la ginecóloga, y al dentista. No tengo ni he tenido jamás grandes problemas dentales, pero a los niños siempre los he llevado a ver al amigo Ben, como lo llamamos. Y ya que le visita a ellos, desde hace un par de años yo también me dejo hacer. Antes de empezar a verle no tenía ninguna queja, pero ahora él insiste en que las muelas del juicio me van a causar muchas molestias.
—Hay una que te está creciendo de lado. Esa te va a provocar un dolor insoportable. Voy a recetarte unos antibióticos para el viaje, porque cuando viajas es cuando tus defensas están más bajas y en esos países a los que vas, vete a saber lo difícil que puede ser curar un dolor de muelas.
Esas palabras exactas me dijo otro dentista en España hace catorce años. Todavía tengo el juicio creciéndome de lado y las dos recetas que nunca usé.

Los niños llevan cuatro años (desde que eran bebés) sin padecer siquiera un resfriado. Esto es algo que ha notado mucha gente, que me pregunta alarmada:
—¿Cómo es que tus niños no se ponen enfermos?
No es porque no vayan al colegio, como algunos tienen la tentación de argumentar. Al contrario, siempre que una amiga me advierte de que sus hijos están pasando alguna enfermedad que podría ser contagiosa, le respondo que eso a nosotros no nos preocupa y no es razón para que dejemos de relacionarnos durante unos días.
Con todo esto, no quiero dar la impresión de que desestimo la opinión de todos los médicos. La verdad es que tengo muy poco contacto con ellos, pero cuando ha sido realmente necesario acudir en su ayuda, lo he hecho. Como la vez que Alex, con solo un añito, se quemó las manos. Pasé con él una de las peores noches de mi vida, en un hospital de niños rodeada de criaturas que maldormían, lloraban, gemían de dolor y llamaban a sus mamás. Alex estuvo inconsciente durante veinticuatro horas.
—Tendría que haberse despertado hace horas —me dijeron los médicos, perplejos—. La morfina es una droga muy segura, le hemos dado la dosis adecuada para su edad y constitución, pero parece que fue excesiva. Es la primera vez que pasa.
—Es que es la primera vez que se droga —dije entre lágrimas—, nunca antes había tomado absolutamente nada medicinal aparte de mi leche.

Más que a los médicos, le tengo declarada la guerra a la industria farmacéutica. Nos hemos convertido en una sociedad que consume fármacos cuando en la gran mayoría de los casos no solo no son necesarios sino que a la larga son muy perjudiciales para la salud. Sí, creo que a lo largo de una vida, los miles de pastillas que una persona llega a consumir para paliar el dolor y tapar los síntomas contribuyen a la proliferación de cánceres. Y no voy a entrar hoy en el tema de los tranquilizantes, antidepresivos, antiansiolíticos y demás drogas legales que consumen a diario una gran parte de la gente que conozco, porque para eso tengo pensado otro artículo, que se titulará Un mundo feliz. No me parece casualidad que los diez países con más casos de cáncer del mundo sean también los más ricos, entre ellos Dinamarca (el primero), Australia (el tercero), Nueva Zelanda, Noruega, Francia, Estados Unidos y Canadá (España está en el puesto 31 y los casos son mucho más numerosos en los hombres que en las mujeres—los datos los he sacado del World Cancer Research Fund). Dicen los expertos que esto se debe a que en los países más ricos hay más investigación y es más fácil llevar un control de los casos de cáncer, pero además, en estos países también hay más obesidad y consumo de alcohol. Y yo añado que la gente que tiene más dinero también gasta más en medicamentos.

Después de esa visita a la ginecóloga hace tres o cuatro años, pasé unos días de incertidumbre. Hablé con mi madre y con una amiga que se había hecho una prueba genética similar y que me dijo: «Antes de tomar la decisión de ir por ese camino, tienes que planear ya todo el recorrido. Si te haces el análisis, sale positivo y te quedas ahí, no solo te habrás gastado un montón de dinero sino que a partir de entonces tu miedo alimentará al gen maligno y tendrás más posibilidades de contraer el cáncer». Opté por no querer saber y seguir viviendo la vida de la manera sencilla y natural que me hace sentir bien ahora y además contribuye a fortalecer mi sistema inmunológico para no dejar que los cánceres potenciales que llevamos todos dentro me ataquen. Es más, cambié de doctora, y la siguiente jamás me ha vuelto a mencionar la prueba.

Mi madre acaba de terminar otra fase de quimioterapia. Hasta que Angelina Jolie no dio a conocer su caso, su oncóloga no le mencionó nada del gen. Ahora sí lo han hablado, claro, y la oncóloga coincide con mi ginecóloga de hace años en que pertenecemos al grupo de alto riesgo. Así que por el bien de mi hermana y el mío, mi madre ha decidido hacerse el análisis. Tenemos la fe ciega de que saldrá negativo, pues solo un 1% de los cánceres de mama y ovarios son genéticos. Sigo aferrándome a la certidumbre de que el entorno, los hábitos y la disposición mental de cada una tienen mucho más que decir. Pero en el caso de que mi madre fuera portadora del gen y también lo fuéramos mi hermana y yo, la oncóloga de mi madre le ha asegurado que existe medicina preventiva y no es necesario tomar la misma drástica decisión que la famosa actriz. Le pregunté qué tipo de medicina, porque, como quizás habréis ya adivinado, yo antes me gasto el dinero en una mastectomía doble que en un pastillero, pero hasta allí no habían llegado en sus conversaciones. Seguiré informando... Mientras tanto, si alguien se encuentra en una situación similar, me interesará saber vuestra opinión. Gracias.

sábado, 11 de mayo de 2013

Oda a los abuelos


Hay algo muy especial en la relación entre abuelos y nietos, una complicidad que no existe entre padres e hijos. Una de las grandes suertes que yo he tenido en la vida ha sido la de conocer no solo a todos los míos, sino también a tres de mis bisabuelos.
Tengo recuerdos de todos, aunque de cuatro de ellos muy pocos, porque nos fueron dejando uno tras otro cuando yo aún era pequeña. Por el lado de mi padre fallecieron tres: primero mi bisabuelo, al que llamábamos Papi y él a nosotros —la bandada formada por un nieto aún niño y muchos biznietos que le gastábamos bromas pesadas— nos gritaba «¡bordes!»; siempre sospeché que no sabía nuestros nombres verdaderos. Siguió mi abuelo y poco más tarde mi bisabuela, que era ciega y lamentaba la muerte de su único hijo sollozando: «¡Mi hijo, mi hijo, ¡solo tenía cuatro años!». Por el lado de mi madre nos dejó la suya, que era sorda y desde muy pequeña me animó a que me comunicara con ella a través de la escritura en forma de pequeñas notas de papel.
Cada año visitábamos el cementerio para enterrar a alguien. Con nueve o diez años llegué a creer que la muerte era algo cotidiano, que pasaba en todas las familias al menos una vez al año, como en la mía. Me acostumbré a ver a mis padres llorar; siempre lo hacían en los entierros, aunque en esa época, cuando aún no habían tenido su crisis existencialista-religiosa común, me decían que los muertos que nos miraban desde el cielo preferían que no lloráramos su ausencia. Mis abuelos, además, perdieron a tres hijas al nacer, y cuando murió mi abuelo, el enterrador tuvo que sacar los diminutos ataúdes para hacer sitio. Mi abuela gritó: «¡Mis niñas!» y se abrazó a alguien, hecha un mar de lágrimas. Ver a los adultos sollozar tanto me provocaba mucha inseguridad, porque ellos eran los que nos decían siempre que no teníamos que hacerlo. En otra ocasión fue el féretro de la madre de mi abuela el que retiraron para hacer sitio. Mi abuela sabía que estaría en avanzado estado de descomposición y nos obligó a todos los niños a ponernos de espaldas, para no verlo. No sé si mis primos, hermanos y tío pequeño acataron la orden, pero yo no; me giré como buena pecadora, justo a tiempo para ver, con mis ojos abiertos como platos, un cráneo negro entre la madera carcomida.
De repente un año no hubo ninguna muerte en la familia. Fue raro, como si hubiéramos estado afectados por la peste bubónica y por fin se hubiera terminado. Hasta años más tarde no me di cuenta de cómo esa presencia tan persistente de la muerte en mi niñez condicionó mi manera de asimilar las que llegaron después y la consciencia de mi propio paso efímero por esta vida. Algo, dicho sea de paso, que considero saludable para el alma, al menos para la mía: el de saber que tenemos una vida, que es esta y que el momento de vivirla es ahora porque mañana puede que no llegue nunca.
Durante años no se murió ningún abuelo más y después dos de ellos lo hicieron con muchos años de diferencia. Fueron la Pina y el Avi, a los dos que más quise, porque fue con los que más relación tuve, y a los que más recuerdo y sigo llorando. La Pina era mi bisabuela; murió a los noventa y siete años. Preparaba el café con leche y galletas más delicioso que he probado en mi vida y tenía siempre pegada a los labios una frase que a mis primas y a mí nos hacía partirnos de risa, porque ella estaba tan sana y lúcida de mente, que yo llegué a pensar que era inmortal: «Més valdria morir-se», le oía decir al menos cuatro veces al día durante los diecinueve años que tuve el gusto de compartir la vida con ella. Como mi otra bisabuela, tuvo la desgracia de haber sobrevivido a sus hijos. Me costó años acostumbrarme a su ausencia; cada vez que iba a casa del Avi, me sorprendía esperando que fuera ella quien me abriera la puerta.
Mis dos abuelos —el Yayo y el Avi— tuvieron en común tener dieciséis años cuando estalló la Guerra Civil Española y morir los dos en el mes de mayo, el mismo día con veintidós años de diferencia. Mi abuelo paterno, el Yayo, era hijo único. En 1937 se lo llevaron al frente como a muchos otros y sus padres no supieron nada de él durante siete años. Les dijeron que estaba «desaparecido en combate» y lo dieron por muerto. En realidad, estaba cumpliendo el servicio militar, que le obligaron a hacer después de la guerra, pues antes había sido demasiado joven. Uno de los pocos recuerdos que conservo de él es el del tatuaje que tenía en el brazo. Era de una serpiente y tenía escrito el nombre de una mujer que no era mi abuela. Esa serpiente me fascinaba, más que nada porque él me aseguraba que le salió así sin más, como un sarpullido, después de que le picara una exactamente igual en África. También me contó que a veces, después de haber estado pegándose tiros, hacían un alto el fuego y compartían cigarrillos con el enemigo; luego, seguían matándose. De él sé más cosas por lo que me contaron mis padres y mi abuela después que por lo que recuerdo. Como murió tan pronto, lo mitifiqué o me quedé solo con lo bueno de él. No me importaba que fuera mujeriego y adúltero, despilfarrador, bebedor y fumador. Hasta me reía cuando mi padre me contaba que el suyo le usaba como tapadera para liarse a la sirvienta. Su nivel de estudios era mínimo, pero era cultísimo porque su mayor afición, por encima de las mujeres y de todo lo demás, era leer. De pequeña mi madre siempre me decía que había sido autodidacta, algo que yo envidiaba. Ella me lo contaba como ejemplo de persona que a pesar de no haber tenido acceso a la educación, llegó a hacerse a sí mismo y adquirir un nivel cultural superior. Pero yo pienso que fue así precisamente porque vivió la vida en primer plano. Era un bon vivant que, como muchos otros hombres que he conocido, despertaba admiración y cariño en mucha gente y sin embargo, no siempre trataba bien a sus más allegados: sus padres, su esposa y sus hijos. Es una paradoja que he visto en muchos hombres, tanto en la Historia como en mi propia vida. Hombres encantadores y a menudo muy atractivos, que me estimulan intelectualmente y de los que atesoro su amistad, siempre mezclada con el gran alivio de no ser yo pareja suya.
Mi abuelo materno, el Avi, no murió hasta hace poco. Bueno, hace ocho años ya; ayer, como quien dice. Mi madre me había contado que durante la guerra estuvo escondido, así que oficialmente fue un desertor. A mí me enorgullecía mucho tener un abuelo que no quiso hacer la guerra y desde siempre quise saber más de ese episodio de su vida. Durante un tiempo iba cada jueves a comer a su casa, en el barrio de l’Eixample, cercano al edificio histórico de la Universidad de Barcelona donde estudiaba. Me preparaba siempre una paella exquisita. Después de comer seguíamos una especie de ritual. Yo le pedía que me contara su vida y sobre todo los años de la guerra y él, siempre sonriendo, me contestaba «poc que me’n recordo —literalmente: poco que me acuerdo». Entonces se sentaba en su sillón para ver las noticias y se quedaba dormido. Algo saqué, pero muy poco, y con los meses dejé de insistir. Nunca creí que realmente no se acordara. Me debatía entre no dejar pasar la oportunidad de conocer de primera mano pedazos de historia vividos en la familia o respetar su decisión de rendir al olvido una época de pocas alegrías. Antes de irme, me ponía a hurgar en las cajas llenas de postales de muchos años atrás que se enviaban en la familia, algunas de mi madre. Me chocaban mucho porque estaban todas escritas en castellano, cuando en casa de mis abuelos solo se hablaba el catalán.
Mucho tiempo más tarde, pocos meses antes de que él muriera pero sin nadie sospechar que pronto lo haría, tuve la inmensa suerte de convivir con él durante cuatro meses, después de haber estado yo años dando vueltas por el mundo. Una de las cosas que hicimos juntos fue visitar al sacerdote —entonces seminarista— que se había escondido con él durante la guerra. Su hija pequeña —mi tía Anna— había conseguido localizarlo después de varios meses de investigación. Ella y yo orquestamos el encuentro sin poner en antecedentes a ninguno de los dos, y esperamos su reacción. Después de más de sesenta años de no verse, no se reconocieron. Así que los presentamos. La sorpresa, incredulidad y alegría de ambos fue digna de ver; un momento muy emocionante. Al contrario que el Avi, el sacerdote tenía la mente muy clara y despierta, y recordaba muchas cosas de la guerra, que nos contó encantado. Yo fui con una libreta y un bolígrafo, y lo anoté todo.
Estuvieron los dos escondidos en un cuarto de cuatro metros cuadrados de una casa particular durante trece meses, después de que el Avi consiguiera escaparse de recibir instrucción en el Collell por parte de los republicanos; lo que le tocó. Pasaban los días jugando al ajedrez, haciendo punto de malla, garlitos de cañas de pescar o zuecos con piñones de olivas; no tenían suficiente espacio para hacer ejercicio. También dibujaban y escuchaban la radio de galena. Conocieron la noticia de la batalla del Ebro gracias a Queipo de Llano, que emitía desde Sevilla.  Durante ese tiempo, solo salieron una vez a la calle, una noche a buscar leña, y pasaron muchísimo miedo. Otra vez fue la policía a inspeccionar el piso. La señora de la casa cerró la puerta de su cuarto, el único que daba a la cocina y no a un patio central, y la policía no se dio cuenta. Ellos se escondieron detrás de un montón de leña pero de haberse percatado de la existencia de ese cuarto, seguro que los habrían pillado porque se notaba mucho que ahí había alguien «que mataba moscas».
—Nos habrían enviado al frente. De una buena nos libramos, ¿eh, Josep? —dijo el cura dándole una palmada en el hombro.
El Avi rió como hacía años que no le veía hacerlo. Siempre había sido taciturno; ahora ya llevaba muchos años que lo único que decía era «bueno, bueno». Esta vez, sin embargo, parecía que los recuerdos estaban muy vivos en su memoria, y quiso añadir algo. Anna y yo abrimos mucho los ojos y afinamos los oídos, pero las palabras se le enredaron en la boca y no consiguieron salir.
Cuando terminó la guerra, se presentaron a los nacionales, que los hicieron caminar desde Girona hasta Barcelona junto a otros prisioneros que no se habían presentado a filas. De ahí los llevaron a un campo de concentración y de ahí a hacer la mili. El Avi estuvo dos años en Melilla, donde aprendió a conducir camiones.
Años más tarde fue conductor de autocares. Una de las imágenes más vívidas que tengo de mi niñez es la de subir las escaleras del autocar y allá arriba, detrás de aquel volante horizontal tan enorme, ver al Avi, siempre sonriente y fumando un puro. Un día subí con mi hermana, que lloraba. «Plora, plora, m’encanta la música de les nenes quan ploren», dijo el Avi. Mi hermana, tan sorprendida como yo, dejó de llorar. A mí esa frase no se me olvidó nunca. Volví a tenerla muy presente el día que él murió, y le hice caso, lloré mucho. Él se fue sin hacer ruido, nunca lo hacía. Dejó todo dispuesto para que nadie más tuviera que preocuparse de los trámites posteriores a su muerte, pero no dejó escrito en ningún sitio que no le lloráramos.
A mí también me gustaría ser abuela algún día y ya dejo escrito que no me iré al cielo y que sí me gustaría que me lloren.
            Amén.